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Shortbus: ¿Quién le tiene miedo al sexo? PDF Imprimir E-mail


Resulta que, con mucho retraso y no pocos problemas, finalmente se estrena en nuestro país Shortbus, un film de John Caneron Mitchell que nos gustó moderadamente. Lo que no nos gustó (ni moderadamente) es el texto que publicó en La Nación sobre la película Claudio D. Minghetti, que básicamente pide que traten este film adulto como una porno. Y lo peor es que se ofende con el porno. En síntesis: aquí va nuestro comentario sobre el asunto, el link a la crítica de Minghetti, y la crítica de la película que escribió hace meses nuestro especialista en moralidad y buenas costumbres Diego Brodersen. ¿Se acaba el mundo? Ya saben qué hacer.


La crítica publicada en el diario La Nación de la película Shortbus (que puede leerse acá) nos provocó una gracia ofuscada, además de una extraña sensación de viaje en el tiempo. Creíamos impensable que en el año 2007 surgieran voces a favor de la censura -que no otra cosa es el pedido para el film de una calificación "condicionada"- y que alguien pudiera ofenderse por el uso del sexo explícito en un largometraje que, claramente, no es pornográfico, al menos no en el sentido genérico al que estamos habituados. El autor del texto, Claudio D. Minghetti, además, no argumenta sus adjetivaciones más duras sobre la película ("aburrida", "pretenciosa") sino que, en un caso digno de estudio semántico, intenta disfrazar su ofensa moral de honestidad objetiva. Cosas similares se dijeron, hace unas tres décadas, de El imperio de los sentidos, canonizada por el paso del tiempo y el hecho de tener como trasfondo una sociedad temporal y geográficamente diferente de la nuestra.

Las diferencias conceptuales y artísticas entre el film de Nagisa Oshima y el de John Cameron Mitchell son demasiadas, y ni siquiera creemos que Shortbus sea una gran película. Sin embargo, su mera descalificación como pornografía pretenciosa y hueca, ideal para "cierta elite de la crítica, habituada al regodeo intelectual 'entre ellos'" (Minghetti dixit), nos parece un despropósito de jerarquía. Como desagravio hacia el film, y hacia la crítica en general, publicamos aquí debajo la reseña que saldrá publicada en el próximo número de El Amante. El texto fue escrito hace varios meses y esperó en parrilla hasta que el estreno de Shortbus finalmente se produjo:

Todo lo que necesitas es amor

por Diego Brodersen

 

Es como en los 60, sólo que con menos esperanza.

Con esa precisa frase Justin Bond –según dicen, un reconocido drag queen del off neoyorkino que se interpreta aquí a sí mismo- define el ambiente del Shortbus, local donde conviven las proyecciones de cine artie, las performances musicales más diversas y las expresiones de la sexualidad humana en su nivel máximo de libertad. Un boliche para descontrolar, podría pensar un malpensado, y no estaría tan errado. O tal vez sí, y mucho. Porque Shortbus, el establecimiento pero también la película, lejos del reviente y la permisividad efímera, entienden la búsqueda de la plenitud sexual –sexo como necesidad, pulsión, sublimación del amor y del deseo, amancebamiento, fornicación, declaración física y espiritual- como un territorio utópico que bien vale la pena investigar, aunque se lo intuya perdido. El “amor libre” como camino condenado al fracaso, o al menos con escasas certidumbres de éxito, pero no por ello menos rico o valioso que otros senderos amorosos más trillados. No parecen pocas las ambiciones del segundo largometraje de John Cameron Mitchell, particularmente en estas épocas de conservadurismo disfrazado de desfachatez (me refiero en particular al cine norteamericano contemporáneo, aunque la ecuación podría trasladarse a expresiones culturales y sociales de otras latitudes), y no es casual que entre sus imágenes se puedan encontrar algunas de las escenas de sexo más divertidas –el sexo también es diversión, claro- de la historia del cine.

A su manera, Shortbus puede funcionar como vital respuesta al sexo funcional de, por ejemplo, una serie como Sex and the City, con sus mujeres profesionales en busca de una verga que reúna autoridad, destreza, valores de mercado, funcionalidad antropométrica y belleza. Lejos del anhelo de esa quintaesencia fálica, Sofia anda tras el elusivo orgasmo; mientras que Severin, para quien alcanzar el clímax resulta tan fácil como chasquear los dedos, no puede interactuar con otro ser humano si no es de manera superficial, literalmente epidérmica (gran gag: Severin es un apodo de guerra, su verdadero nombre es Jennifer Aniston). Los hombres no la tienen más fácil con sus factibles eyaculaciones, criaturas anhelantes y algo tristes, corriendo detrás de un indicio de felicidad obcecadamente esquivo. Así el film va perfilando un acercamiento a sus personajes, muy cercano en esencia a la teoría queer en su afirmación de la diferencia dentro de las categorizaciones en grupos sexuales, escapándole al mismo tiempo a la idea de “rareza” o “perversión” tolerada y santificada por la comunidad y los medios masivos, que suele darse cuando éstas no se corren demasiado de los estereotipos al uso. Todo ello en una ciudad como Nueva York -ciudad redentora, como afirma uno de los habitúes del lugar-, simbolizada en una secuencia de animación naïf que funciona, a la vez, como separador y vínculo entre las diversas historias y personajes. Mitchell también se suma y parodia al cine con múltiples personajes, utilizando una seguidilla de problemas en el servicio eléctrico y un extenso apagón como puntos de inflexión del relato.

Shortbus se propone, en ese sentido, como una luz en la oscuridad, un faro humano, imperfectamente humano, entre tanta deshumanización. Y su mayor hallazgo es ese tono juguetón y algo desordenado que lo atraviesa de principio a fin, logrado en gran medida gracias al trabajo con el reparto -los actores improvisaron escenas y diálogos que luego serían incorporados al guión final- y el uso del sexo no simulado como materia prima de empatía emocional. Hay una sensación que va ganando terreno con fuerza a medida que el film se acerca a su desenlace, y que el realizador no puede o no quiere –caben las dos posibilidades, e incluso ambas a la vez- esconder detrás de aseveraciones categóricas: no hay respuestas, sólo búsquedas, en su mayoría infructuosas. Lejos de ofrecerse como panacea cinematográfica a las soledades e insatisfacciones de la vida en las sociedades modernas, Shortbus se planta y resuelve no decir nada importante sobre el mundo. Es una elección que puede sonar un tanto cobarde, y que carga inevitablemente al film de ciertas resoluciones un tanto ingenuas, pero que en el fondo guarda cierto grado de sabiduría. Al fin y al cabo, el cine está lleno de Babeles empecinadas en explicarnos las razones de los males que nos aquejan. A eso, Shortbus responde, sin enrojecerse y con una sonrisa franca y contagiosa: ¡a coger que se acaba el mundo!

 
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JULIO 2010
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