Festival de Rotterdam 2017

Nosotros, los trabajadores
Por Jaime Pena 
 

Hay pocas formas tan sutiles y evocadoras de introducir una historia como la que nos proponen Affonso Uchoa y João Dumans en Arábia. Sus primeros minutos están dedicados a un adolescente, Andre, al que le llega la noticia de la muerte de un vecino suyo en una fábrica cercana. Estamos en Ouro Preto, Brásil, y Arábia parece proponernos en ese prólogo una historia coming of age, a lo sumo vinculada a un discurso social o medioambiental. Sin embargo, Andre descubre entre las pertenencias de ese obrero, Cristiano,  un diario manuscrito en el que relata su vida, en realidad su vida laboral, desplazándose de un lado a otro del país, siempre buscando trabajo y sin asentarse en ningún lugar en particular; algo así como una vida nómada de otro tiempo, la de alguien que no tiene lazos de ningún tipo y que simplemente trata de vivir al día o, dicho de otra manera, de sobrevivir. Punteada por la voz en off, Arábia es el relato en primera persona de la vida de Cristiano, una vida tan modesta como tangencial y transparente resulta el modo de abordarla por parte de Andre, quien desaparece de la historia y queda reducido a un mero rol de mediador, quizás un trasunto de los propios cineastas.

Arábia es una de las mejores películas vistas en la competición de los Tigres de Rotterdam en los últimos años, una competición reformulada en 2016 y que, pese a la reducción significativa de títulos, sigue sin encontrar una identidad precisa, no ya en el panorama internacional de festivales (y más concretamente frente a su competidor más directo, Berlín y su Forum), sino incluso dentro del propio Festival de Rotterdam. Es la pregunta que se repite año tras año: ¿qué motiva que unas películas estén en los Tigres y otras se tengan que conformar con Bright Future?

Dicho esto, al menos este año en los Tigres había otra buena película, la norteamericana Columbus, dirigida por kagonada, otra historia sobre una adolescente, Casey, que acaba de terminar el instituto y que, en lugar de marchar a la universidad, opta por quedarse en Columbus, Indiana, trabajando en la biblioteca municipal. Es así como entra en contacto con un traductor, Jin, de origen coreano, que acaba de llegar a la ciudad para cuidar a su padre, un arquitecto que se encuentra en coma tras sufrir un ataque. La película es tan modesta como la de Uchoa y Dumans y también se inclina por una forma absolutamente tangencial de abordar su verdadero objeto de interés, pues antes que incidir en la relación que se establece entre Casey y Jin se centra en un recorrido histórico y arquitectónico por la ciudad de Columbus, conformando algo así como un cruce entre una película de temática indie y un documental arquitectónico de Heinz Emigholz.

Al lado de estas dos películas poco más se podía encontrar en los Tigres, al menos no en la sorprendente ganadora, la apagada road movie india Sexy Durga (Sanal Kumar Sasidharan), ni en la aparatosa producción chilena Rey (Niles Atallah), ni mucho menos en el moralista thriller español Demonios tus ojos (Pedro Aguilera). Los Tigres se habrían visto beneficiados con la inclusión de otras películas que tenían su premiere internacional o mundial en Bright Future, caso de la canadiense Mes nuits feront écho (Sophie Goyette) o la muy discutible argentina Los territorios, con la que Iván Granovsky inaugura algo así como el subgénero del documental en primera persona de turismo sentimental-político. Y el festival en su conjunto ganaría mucho si fuese capaz de encontrar un espacio adecuado para películas que merecerían una mayor visibilidad. Estoy pensando en el documental chino We the Workers, en el que Wen Hai sigue a un grupo de abogados laboralistas que intentan defender a los trabajadores de su país de las infames condiciones que han de sufrir en sus trabajos y de defenderse ellos mismos, al mismo tiempo, de los ataques y amenazas de las autoridades gubernamentales: la gran paradoja del milagro económico en un país comunista que ha adoptado las peores prácticas del capitalismo. Y qué decir de La flor (primera parte), la brillante continuación por parte de Mariano Llinás de Historias extraordinarias, cuyo estreno internacional tuvo lugar en Rotterdam y una película cuyo único defecto, si se le puede llamar así, es que no se presente en su integridad. Ese juego que se establece a partir de la utilización del mismo cuarteto de actrices para todas las historias de la película merecería ser contemplado en su totalidad, con sus seis historias y no se sabe si nueve o diez horas (cómo sea, no importa), pues a la vista de las dos primeras unas parecen complementarse en las otras, combinando géneros (aquí una película de terror a lo Amando de Ossorio y una intriga conspiranoico-musical) y retorciendo sus mecanismos genéricos, convirtiendo los cliff-hangers en un fin en sí mismo, razón por la cual estos dos primeros episodios reclaman no tanto una clausura como un complemento inmediato, al fin y al cabo, aunque los personajes cambien, las actrices son las mismas y su destino uno solo.

Entre esas otras películas que merecerían mayor visibilidad se encuentra Tonsler Park, de Kevin Jerome Everson, un habitual de Rotterdam que en esta edición de 2017 presentó una película rodada el 8 de noviembre de 2016, justo el día de las elecciones norteamericanas que darían el triunfo a Trump. Everson filma a los encargados de una mesa electoral de Tonsler Park, un distrito afroamericano de Charlottesville, Virgina; los filma desde la posición del votante, frontalmente, recogiendo en blanco y negro sus rostros y sus comentarios, una síntesis de hora y veinte de toda una jornada electoral, como diciéndonos: la democracia y el compromiso ciudadano son esto. Everson apenas interviene, sus imágenes son imágenes crudas y en bruto, casi como si se tratase de imágenes de archivo que se hubiese limitado a ordenar cronológicamente. En realidad, en buena parte de las secciones paralelas de Rotterdam, sus películas experimentales y las incluidas en Regained (cine sobre cine) sobre todo, las películas que se servían de las imágenes de archivo o del found footage se encontraban entre las más destacadas.

En 1978 se descubrieron en Dawson City (Canadá) medio centenar de latas de película que el permafrost había conservado casi intactas a lo largo de varias décadas y que contenían más de trescientas películas, muchas de las cuales se consideraban perdidas. Este es el material del que se sirve Bill Morrison para Dawson City: Frozen Time (estrenada en Venecia 2016), el relato de ese descubrimiento y del devenir de una ciudad que a finales del XIX fue el epicentro de la fiebre del oro del Klondike realizado a partir de fragmentos de un tercio de aquellas películas, entrevistas y abundante material de archivo. La historia es fascinante, pero es difícil sustraerse a la decepción que provoca la película más convencional de Morrison, la que concede a sus imágenes un papel meramente subsidiario del discurso narrativo. A buena parte de los cineastas experimentales que se sirven del found footage el digital les ha facilitado tanto su trabajo que sus películas parecen el resultado de un proceso de producción en cadena. Le está pasando a Ken Jacobs, que aún así asume ciertos riesgos (sus experimentos tridimensionales), pero a pocos como a Morrison que, con sus últimas películas, se está convirtiendo en el cineasta favorito de aquellos cinéfilos que no tienen la paciencia suficiente para adentrarse en el verdadero cine experimental.

 

La historia de People Power Bombshell: The Diary of Vietnam Rose no es menos legendaria. John Torres rescata el material de una película inacabada de Celso Advento Castillo (fallecido en 2012) cuyas latas había guardado bajo la cama durante más de treinta años su joven protagonista, Liz Alindogan. Es así cómo Torres hace suyas las imágenes de Castillo, transformando una historia de inmigrantes vietnamitas (The Diary of Vietnam Rose) en un episodio paralelo a la Revolución del Poder del Pueblo de 1986 (People Power Bombshell) gracias al añadido de planos complementarios y una banda sonora que, con comentarios de los miembros supervivientes del equipo, renuncia a cualquier pretensión de sincronía en beneficio de la autorreflexividad. El resultado es como un cruce entre la película soñada por el Raya Martin de Independencia y una oda a la degradación matérica de las imágenes que Bill Morrison habría firmado de buen grado.

Desde una perspectiva más ensayística, Mark Rappaport indaga con no poco humor en Sergei/Sir Gay en las huellas de la homosexualidad de Eisenstein en sus propias películas, mientras que Kristy Guevara-Flanagan disecciona en What Happened to Her la mirada masculina en su sucesión de cadáveres femeninos desnudos, una de las iconografías características del cine criminal del último cuarto de siglo, apoyándose en las declaraciones de una modelo,  “interprete” ocasional de uno de esos cadáveres.

Menos ambicioso, para Stuart A. Staples las imágenes científicas del pionero Smith quedan reducidas a mera (y bella) ilustración de las miniaturas musicales de Tindersticks en Minute Bodies: The Intimate Worl of F. Percy Smith. Justo lo opuesto de la violencia sonora y visual de Answer Print de la española Mónica Savirón, esta sí una ejemplar muestra de found footage que utiliza breves fragmentos de película en color que ya ha virado al magenta, los estertores sincopados de unas imágenes que se resisten a morir. Por su lado, en 025 Sunset Red, una de sus mejores películas, Laida Lertxundi intercala los paisajes y las historias californianas con la memoria de la militancia en el Partido Comunista del País Vasco de su padre, Roberto Lertxundi, en los años de la Transición. Otro español expatriado, Emilio Romero, trabaja el archivo em The I Mine un línea que podríamos emparentar con Chris Marker, combinando la reflexión documental (la paleoantropología y la minería en Sudáfrica) con lo puramente novelesco a partir del diario de un historiador que escribe la biografía de una subastadora, la inventora de la “subasta alegórica”, que no subasta objetos sino “las historias que dan valor y significado a esos objetos”.

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