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Gimme Shelter, 30 años después PDF Imprimir E-mail
El famoso documental de 1971 de los hermanos Maysles que registra el asesinato de un asistente a un recital de los Rolling Stones en Altamont, se presentó en Mar del Plata en su nueva versión remasterizada. (Publicado en El Amante/Cine No 120)

 

El 6 de diciembre de 1969, unos escasos meses después de los famosos tres días de paz y amor celebrados en Woodstock, los Rolling Stones dieron un concierto gratuito en Altamont, San Francisco, como parte de su gira por los EE.UU. Superando todas las previsiones concurrieron medio millón de personas que desbordaron el lugar. La seguridad había sido encargada a los Hells Angels, una violenta banda de motociclistas de San Francisco. A diferencia del de Woodstock, el concierto estuvo plagado de incidentes que culminaron en el asesinato a cuchillazos de Meredith Hunter, un espectador negro de 18 años que portaba un revolver, por parte de uno de los Angels. El asesinato, producido a escasos metros de donde cantaba Mick Jagger, está registrado en la película Gimme Shelter, dirigida por los hermanos Maysles y Charlotte Zwerin.

Mucho más allá del registro periodístico de un hecho violento, la película –que se presentó en Mar del Plata en su nueva edición, remasterizada y con algunas pocas imágenes que habían quedado fuera del corte final en 1971—es un retrato notable del fin de una era. La aparición de la violencia en plena cultura hippie, desbaratando la imagen idílica del "flower power", fue seguramente un proceso y no un acontecimiento repentino y puntual. Hay un millón de teorías conspirativas que indican que la aparición de un ácido lisérgico barato en la costa oeste de EE.UU en aquella época fue una maniobra casi militar del gobierno de ese país (o de alguna de sus infinitas agencias secretas) para disolver un movimiento fresco, contestatario y con una enorme vitalidad. Lo cierto es que, simbólicamente, uno puede precisar el fin de esa era en el preciso momento en que el enorme cuchillo del Hells Angel penetra en el cuello de Meredith Hunter.

Hubo otras tres muertes en Altamont (también hubo muertes en Woodstock por sobredosis). Dos personas que dormían en bolsas de dormir fueron arrolladas por autos accidentalmente y una tercera se ahogó. La novedad absoluta era el hecho policial, el asesinato. Que el hecho violento haya quedado registrado en una película es algo –por decirlo inapropiadamente—afortunado. Pero que los que lo registraron hayan sido los hermanos Maysles, es definitivamente feliz y convierte a la noticia, gracias a su magistral dominio del documental, en un retrato generacional. Los Maysles, junto a Drew, Wiseman, Pennebaker y otros, son los creadores del "Direct Cinema", un movimiento del cine documental norteamericano que, como sus colegas del "Cinema Verité" francés o del "Free Cinema" inglés, aprovechaba la aparición de equipos más ligeros con capacidad de registrar el sonido directo para convertir a la cámara en un observador distante, casi sin opinión sobre lo que registraba, extremando la cualidad voyeurista del cine. Las películas de este tipo de documentalistas suelen estar centradas en gente común, generalmente ignorados, marginados del mundo glamoroso de las películas. Sin embargo, esa intromisión en la cotidianeidad en carácter de puro observador también abarcó a personajes públicos. Pennebaker, en su notable Don’t Look Back, siguió la gira de Bob Dylan por Inglaterra en 1966 y los mismos Maysles registraron a los Beatles, a Truman Capote y a Muhammad Ali, además de los Rolling Stones.

Gimme Shelter

Quien haya presenciado en persona o por televisión los conciertos de los Rolling Stones en Buenos Aires, apreciará que algunos detalles de la película muestran una diferencia abismal en las presentaciones del grupo. Gimme Shelter transcurre durante su mejor época, cuando el guitarrista Mick Taylor (el Stone menos conocido) reemplazó a Brian Jones, luego de su trágica muerte. En esa época los Stones, experimentando no solo con el rock’n roll sino con el blues y una forma moderna del country encarnada en Gram Parsons, graban sus tres mejores discos: Let It Bleed, Sticky Fingers y Exiles on Main Street. Luego, Taylor se retiró de la banda por decisión propia y fue reemplazado por Ron Wood, comenzando la etapa farandulesca y decadente del grupo. Pero no es solamente la crudeza y el vigor que tiene la banda en la película lo que marca una diferencia con su evolución posterior. Es el preludio al gigantismo inaccesible, son las últimas escenas en las que se puede ver a los músicos al alcance de la mano de sus fans.

Las imágenes del concierto de Altamont, antes de los incidentes, muestran un escenario pegado a los espectadores, prácticamente en contacto con los músicos. En un momento increíble, vemos al grupo de espaldas, tocando, y, más allá, las típicas miles y miles de cabecitas que conforman el público. En el escenario, a los costados de la banda, se ubican algunos Hells Angels, enormes, fornidos, con sus camperas llenas de inscripciones. De pronto, por el escenario cruza un perro. Delante de Jagger, delante de todos, como si fuera el patio de la casa de una vecina. Ese perro errabundo y sin dueño, paseando, es la imagen de lo que ya no puede ser, es como la última alucinación del LSD antes de que el alucinógeno sea reemplazado por la cocaína y luego por el agua mineral en la preferencia de los músicos de rock. Ese perro nunca más se va a subir al escenario de una superbanda. En otro impactante momento (reminiscente de una escena de American Psycho, donde Patrick Bateman clava sus ojos en Bono) la cámara se ubica detrás de Jagger y, en la misma dirección, uno de los Angels le clava la mirada al cantante. El teleobjetivo achata las distancias, así que la imagen los pone prácticamente uno al alcance del otro, aunque en la realidad haya seis o siete metros entre los dos. La mirada del Angel es tremendamente perturbadora y su cercanía con el cantante más que inquietante. Unas secuencias más adelante, mostrado con el mismo teleobjetivo, un fan, subido al escenario y al lado del mismo Angel, baila aparatosamente al compás de la música. El custodio lo deja un rato y, una vez que se cansa de él, lo arroja de nuevo al público como una bolsa de papas. La sensación que provoca la película es que en aquélla época (hasta aquella época), cualquier cosa puede suceder sobre el escenario. Y que cualquier cosa sucede fuera del escenario. Pero esa confianza infinita en las posibilidades del amor y la comprensión, y del poder liberador y no agresivo de las drogas experimentales, se ven destruidas por la creciente violencia del concierto.

Antes de que llegue la noche, en los recitales previos ya se habían registrado incidentes. En la presentación de los Jefferson Airplane, su guitarrista, Paul Kantner, había increpado a los Angels que no paraban de apalear espectadores. El líder de los motociclistas subió al escenario, tomó el otro micrófono y comenzó a discutir con el músico ante la presencia de medio millón de personas y las cámaras de los Maysles. Al llegar la noche y tocar los Stones, la batahola era incontenible, con los Hells Angels golpeando a diestra y siniestra con unos palos largos. Una imagen confusa cobra sentido cuando la vemos, junto a Mick Jagger en la moviola. Es un joven negro con un revólver en la mano, que es acuchillado por uno de los motociclistas en el cuello. Luego es pateado en el suelo por varios de los Hell’s Angels. Las imágenes posteriores muestran a los Stones y a sus acompañantes dejando Altamont en helicóptero, una imagen muy parecida al del éxodo de los últimos norteamericanos en Vietnam, en 1975. El documental termina meses después, en el estudio, con el rostro demudado, sin respuestas de Mick Jagger, luego de presenciar el asesinato.

La inquietante experiencia de presenciar un asesinato real, el clima de pesadilla creciente en el recital, la irrealidad de ese escenario al alcance de todos, la noche oscura y medio millón de personas "bajo la influencia" separadas del escenario por una banda de forajidos violentos; ver Gimme Shelter es sumergirse en un mundo distinto y que, sin embargo, presagia el que vendría después: las muertes de Jim Morrison, Janis Joplin y Jimi Hendrix, todos vivos en ese entonces, la aparición de armas donde antes había drogas, y en el final del túnel, la visión del asesinato de John Lennon. La música elegida por los Hermanos Maysles para el cierre es tan apropiada que hasta parece que la hicieron años depués, con el conocimiento de todos los hechos posteriores. "Gimme Shelter", la canción, tiene la más apocalíptica de las letras de los Rolling Stones. "Violación, muerte. Están a un tiro de distancia". Es una canción extraordinaria que presagia con toda justicia tiempos peores y que solo atina a pedir refugio.

, que sigue con una tensión dramática digna de la mejor ficción la gira estadounidense de los Stones y culmina con la siniestra noche de Altamont, tiene una elegante solución al dilema que se les presentaba a los directores. Por un lado, es innegable que parte del atractivo de la película es el carisma demoníaco de Mick Jagger y los demás Stones. Pero la celebración de esa cualidad mediática y masiva va un poco en contra del estilo austero y distante del "Direct Cinema". Una operación continua para resolver esta disyuntiva en Gimme Shelter es la de sacar a los Stones del escenario y ponerlos en otro ámbito escuchando su propia música o sentados frente a la moviola de los editores de la película viendo escenas de sus recitales, y particularmente, del concierto en Altamont y del asesinato. Una escena ilustra la brillante combinación de esos dos mundos opuestos. Mick Jagger comienza a cantar "Love in Vain", un blues lento de Robert Johnson. Las imágenes se desfasan del sonido y acompañan a Jagger en cámara lenta, haciendo coincidir el ritmo perezoso y melancólico de la canción con sus morisquetas y movimientos sensuales. Es una escena hermosa pero que, al mismo tiempo, viola todos los preceptos de los documentalistas "duros", especialmente en lo que hace al tratamiento de la imagen (que nunca es modificada en posproducción ya que es un registro de la "realidad") y el sonido (que siempre es sonido directo, no modificado). Pero súbitamente la película, manteniendo el sonido de la canción, cambia la imagen: ya no es la de Mick Jagger en ralenti, sino la de los propios Stones en un estudio, escuchando la grabación en vivo de "Love in Vain". Viendo a Keith Richards tirado en el suelo, acompañando con sus labios la letra de la canción, con la mirada perdida en un mar de Jack Daniels y heroína, sentimos nuevamente esa intimidad propia de este tipo de películas. El documental institucional, apologético, se convierte en "Direct Cinema" manteniendo el sonido en forma continua: para los que gustan de la jerga, súbitamente el sonido extradiegético se convierte en diegético.

 
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