Cannibalismos 3. JP

No es la primera vez que esto ocurre y lo cierto es que suele darse con cierta frecuencia. Después de The Master llega Arnaud Desplechin con JIMMY P. (Psychotherapy of a Plains Indian), una nueva película sobre el psicoanálisis u otras formas de terapia. Antes ya estuvo A Dangerous Method para dar el pistoletazo de salida a este pequeño ciclo sobre los procesos de terapia psíquica. Porque como las películas de Paul Thomas Anderson y David Cronenberg, la de Desplechin también se centra en el método seguido por un psicoanalista de origen francés, Georges Devereux, aplicado a un caso concreto, el del Jimmy Picard del título, un indio aquejado de un síndrome traumático a su vuelta de la Segunda Guerra Mundial. Este es el otro punto en el que Anderson y Desplechin coinciden: en mostrar la posguerra como una tabula rasa, una época en la que el contador se ha de poner a cero. Estamos ante el segundo proyecto de Desplechin rodado en inglés luego de la ya lejana Esther Kahn. Ahora mismo no recuerdo si aquella película de época y sobre el mundo del teatro estaba rodada con la misma distanciada frialdad de esta Jimmy P., en la que Desplechin se aleja de la exuberancia habitual de su cine. Este es otro punto de contacto con The Master. Desplechin parte del libro de Devereux en el que describía el caso y lo que nos propone, como Anderson, insisto, es una película de ficción que se preocupa más por la exposición científica que por los mecanismos dramáticos. Las sesiones de terapia permiten reconstruir la tormentosa vida de Jimmy Picard, de tal forma que cuando Devereux coincide encajar todas las piezas del rompecabezas en el que se ha convertido la mente de su paciente también Desplechin puede organizar su relato y darle sentido a una historia que, retomando de nuevo The Master, renuncia en todo momento a buscar la empatía emocional del espectador.

La fiesta del cine francés continúa con Gran Central. Belle épine, la primera película de Rebecca Zlotowski, era tan prometedora como poco consistente, una aplicada e irregular formulación del joven cine de autor francés. Grand Central es menos prometedora (sus créditos de producción apuntan a una película más académica) pero infinitamente más consistente. Sorprende la capacidad de mejora que demuestran los jóvenes directores franceses al saltar de la primera a la segunda película (lo veíamos ayer con Suzanne), algo que no suele darse en otras cinematografías en las que las segundas películas no suelen responder a las expectativas de las óperas primas. Será una cuestión derivada del I+D o de las bondades de un sistema de producción único a la hora de sacar provecho del talento propio (y el ajeno). Zlotowski se rodea ahora de un gran grupo de actores de renombre, encabezados por la protagonista de su primera película, Léa Seydoux, más Tahar Rahim, Olivier Gourmet y Denis Menochet. En el centro de su película hay un triángulo amoroso, lo que justifica el registro pasional inherente a todo este joven cine de autor francés que se diría continuador de Assayas, Desplechin y tantos otros. Me interesa mucho más, en cualquier caso, el entorno, el grupo humano conformado por una brigada que trabaja en una central nuclear en labores de limpieza. Grand Central nos habla de su trabajo cotidiano, de los peligros a los que se enfrentan, de sus reuniones, de sus salidas nocturnas. Resumiendo: puro Howard Hawks.

Inside Llewyn Davis es algo así como el Stranger tan Paradise de los Coen, sustituyendo la escena no wave de la película de Jim Jarmusch por los ambientes bohemios de la música folk del Greenwich Village allá por 1961, justo cuando Dylan acababa de aterrizar en el Gaslight Café. Aparentemente, estamos ante un Coen menor, salvo que se consideren películas como A Simple Man como el centro de su filmografía. No estoy muy seguro de que en realidad no sea así y que su peculiar sentido del humor no se manifieste mejor en estas películas que en otras más celebradas. Lo cierto es que hay poco que reprochar a una película que desde la primera secuencia encuentra el tono más adecuado para su historia, entre amargo y cómico, al fin y el cabo este cuento está protagonizado por un entrañable perdedor, un músico que malvive durmiendo en los sofás de los amigos e intentando sacar adelante su carrera musical luego de algunas operaciones fallidas promovidas por la industria discográfica y que, pese a estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, verá como la historia pasa de largo y elige a otros protagonistas. El Llewyn Davis del título, del que el actor Oscar Isaac hace una composición extraordinaria, está inspirado por un cantante folk real, Dave van Ronk.

La pregunta que planteaba sobre el futuro del cine en la primera crónica de Cannes 2013 quizá pueda responderse con dos películas con más puntos coincidentes de lo que cabría augurar. The Congress significa el esperado retorno del cineasta israelí Ari Folman tras Vals con Bashir, una convulsa producción que parte de un relato de Stanislaw Lem para proponer un nuevo híbrido entre imagen real y animación, ahora con forma de díptico. El punto de partida es fascinante: la actriz Robin Wright recibe una oferta para escanear su imagen, pero también sus gestos y sus expresiones de alegría o tristeza, de forma que pueda retirarse y dejar en manos de ese doble digital su trabajo como actriz. La segunda parte se desarrolla veinte años después, al vencimiento del contrato de cesión de derechos, con Robin Wright, o su doble animado, asistiendo a un Congreso Futurológico. Entiendo que esta es la parte que deriva directamente de Lem, pero su sentido se me escapa por momentos, o al menos no alcanza a tener la fuerza de la extraordinaria metáfora que propone en su arranque, un inicio que en sus diálogos críticos sobre la imagen y la función del cine remite de inmediato a Jean-Luc Godard.

Es probable que la película más extraña de esta edición de Cannes no sea otra que la que clausura la Semana de la Crítica el próximo jueves (aunque los primeros pases en el Mercado ya han tenido lugar). 3X3D es una iniciativa de Guimarães 2012 Capital Europea de la Cultura, una película de episodios filmada en 3D y que es el resultado de una invitación a Edgar Pêra, Peter Greenaway y Jean-Luc Godard. Greenaway propone en su episodio, Just in Time, un recorrido a lo Russian Ark por la historia de la ciudad y sus personajes más ilustres que, innegablemente, resulta muy efectivo en su utilización del 3D, pero cuyo sentido cinematográfico no parece tener más utilidad que la que le pueda dar la Oficina de Turismo de Guimarães. Por su lado,  Pêra nos sirve un delirio titulado Cinesapiens y en el que se nos habla del “krypto-celuloide” y para el que no encuentro las palabras que permitan describirlo. Finalmente, los 15 minutos de Les trois desastres constituyen por sí solos todo un acontecimiento y la justificación de todo el proyecto. Godard reconoce que esta es una película “llena de letras y números”, supongo que un anticipo de su próxima Adieu au langage. Prosiguiendo con el modelo narrativo de las Histoire(s) du cinéma, Godard descubre el 3D, en un primer momento acentuando simplemente la profundidad de sus imágenes (sus características imágenes impuras de vídeo degradado) y limitando los efectos estereoscópicos al grafismo (y, es preciso señalarlo, a un sonido que explota al máximo las posibilidades del estéreo). En muchos momentos, especialmente en aquellos en los que Godard trabaja con las sobreimpresiones y collages, llegamos a lamentar que el 3D no estuviese ya en sus manos en la época de las Histoire(s). Por fin aparecen las primeras imágenes filmadas por Godard en 3D y entendemos que ex profeso para este proyecto. Es muy sintomático que esa imagen originaria no sea otra que la de la propia cámara reflejada en el espejo, la doble Canon montada sobre una estructura artesanal y que Godard propulsa hacia el frente, como queriendo meterla en el ojo del espectador. En muchas ocasiones el 3D no ha sido más que eso, así que no es extraño que Les trois désastres denuncie que “el digital acabará convirtiéndose en una dictadura”. A propósito, después de tres días y medio de festival y 19 películas, creo no haber visto ninguna proyección en 35mm. Jaime Pena

 

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