EL CINE Y LO QUE QUEDA DE MÍ – HERNÁN MUSALUPPI

1999

“El día que cumplí veintisiete años decidí que mi vida iba a cambiar.” Primera frase de Silvia Prieto, mi película favorita del cine argentino y el comienzo de mi historia como productor. Se escucha la voz en off de Rosario Bléfari sobre un plano detalle de un cartel que reza: Café Bar Okey. El bar está ubicado en la calle paralela al túnel que desemboca, desde Pacífico, en la Avenida Cabildo, de la mano que va hacia el norte, haciendo esquina con Concepción Arenal. Hace unos años cambiaron el cartel por otro más pretencioso y menos cinematográfico. Y hace un par de meses cerraron el bar. Cuando se estrenó la película, casualmente un 27 de mayo de 1999, yo también tenía veintisiete años y repetía esa frase todo el tiempo. Lo mismo me sucedió con otra frase que me dijo Martín en aquella época y que nunca olvidé, aunque tampoco supe bien, entonces, qué me quería decir, y que finalmente comprendí cuando me convertí en productor: “El mundo se divide entre los que trabajan y los que hacen que trabajan”. A Rejtman le debo, entre otras cosas, mi formación como espectador de cine. No es poco.

En esa época hicimos un viaje juntos a Nueva York. Recuerdo que yo estaba como loco con los discos, compraba todo lo que encontraba. Compré uno muy corto de Portishead que solo tenía distintas versiones del tema “Sour times” y la banda de sonido de una obra de teatro en la que ellos mismos habían intervenido, cuyo título era To kill a dead man. Martín compró XO, de Elliot Smith, que incluye el tema “Waltz # 2”, la canción de amor más bella y triste del mundo. Vivíamos en un departamento prestado cerca de las Naciones Unidas. La dueña de casa, que estaba de vacaciones y a quien nunca conocimos, vivía con un gato o una gata y el lugar estaba lleno de juegos, trampas y demás cosas para diversión de su mascota. No se podía caminar por los pasillos, ni abrir del todo ninguna de las puertas del departamento. Era como vivir en un parque de diversiones en miniatura. Presentamos Silvia Prieto en el Lincoln Center, a sala llena todas las funciones. Eran mis primeros viajes como productor y todo me parecía fascinante. De producción, en realidad, no entendía nada de nada. En esos viajes aprendí algo muy importante: que escuchar es mejor que hablar. Un poco lo había aprendido, de muy niño, viendo a los amigos de mi padre jugar al truco en San Bernardo, la localidad balnearia. En esta sociedad sorda, esos años me enseñaron a escuchar, a tratar de entender, y a saber que existen segundas oportunidades para casi todo.

Dos años después alquilamos un auto en Thessaloniki, Grecia. Nos habían invitado al festival de cine y Martín me pro- puso tomarnos un día de turismo. Manejé tres horas (con indicaciones griegas a lo largo de toda la ruta) hasta el legendario Monte Athos, una península rocosa que alberga unos veinte monasterios ortodoxos clavados en las piedras (griegos, rumanos, rusos, búlgaros, serbios y georgianos), y que conforman un territorio autónomo bajo soberanía griega, llamado Estado Monástico Autónomo de la Montaña Sagrada, según la explicación que encuentro ahora en Wikipedia. A lo largo del viaje, Martín me leyó la historia completa (que había conseguido vaya uno a saber cómo) del cisma de Oriente y Occidente, que dio origen a la Iglesia Ortodoxa Griega durante el Imperio Romano.

Estacionamos el auto frente a una embarcación tipo ferry que estaba a punto de zarpar. Dejamos el auto abierto y, suponiendo que el barquito nos llevaría a ver los monasterios, saltamos literalmente adentro. El ferry nos llevaba a los monasterios, eso era correcto. Pero no sabíamos ni cuánto costaba el viaje, ni cuánto duraba, ni siquiera si regresaba a tierra el mismo día. Lo que sí descubrimos fue que éramos los únicos pasajeros, además de un inmenso contingente de ortodoxos búlgaros, que se dirigían en viaje religioso o místico (tipo ofrenda) a ver los monasterios. ¿O serían rumanos? Durante todo el viaje, que duró horas, pudimos admirar las construcciones medievales clavadas en las rocas, algo realmente increíble, mientras el frío nos helaba los huesos, desde la cubierta de la embarcación. A cada rato nos preguntábamos si el barco volvería o no, o si pararía en otro puerto, no teníamos idea acerca de nuestro futuro inmediato. Naufragábamos en un paisaje maravilloso, en medio de cánticos, oraciones y alabanzas búlgaras. Nos mantuvimos al margen de la celebración hasta que el hambre pudo más que nosotros. Nos acercamos al grupo y nos convidaron galletas, pan, golosinas y alguna que otra bebida sin alcohol. No entendíamos ni una palabra de lo que nos decían, pero igual intentamos conversar y nos sacamos fotos que prometimos enviarnos por correo. Nos pasamos las direcciones. Volvimos al puerto casi entrada la noche. Manejé otras tres horas de vuelta. Nos hospedábamos en un hotel de lujo. Llené la bañadera y me quedé metido hasta el cuello, como una hora, dentro del agua humeante.

Al recordar aquellas largas barbas ortodoxas, en mis primeros años como productor, pienso que la comparación es perfecta: hacer una película es como tomarse un barco que no sabés adónde te va a llevar. El cine, como la vida, es una embarcación que parece darte las comodidades de un turista cuando, en realidad, naufraga a la deriva sin que uno pueda hacer nada para impedirlo.

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