Cannibalismos 2017 – 3

Cannibalismos 2017 – 3
Por Jaime Pena

 

Como si se tratara de una secuela de Les glaneurs et la glaneuse, Agnès Varda se embarca en un viaje por toda Francia acompañando al fotógrafo JR (con sombrero y gafas oscuras casi toda la película). Ambos firman Visages Villages, que más bien parece un proyecto de JR filmado por AV, que, con todo, no carece de atractivo: JR fotografía a agricultores, trabajadores y gente común para imprimir esas imágenes en tamaño gigante y pegarlas en grandes muros, fachadas o una gigantesca torre compuesta por contenedores del puerto de Le Havre. Se trata en definitiva de darle una dimensión icónica a gente anónima, convertida de inmediato en billboard faces. Aunque en diálogo permanente con el fotógrafo, la presencia de AV parece por momentos secundaria, si bien su voz a los 88 años sigue teniendo un poder de fascinación y seducción innegable. El conjunto puede parecer un tanto menor (y sin duda lo es), pero el final, con una visita a Jean-Luc Godard en Rolle, es antológico. JLG deja un pequeño mensaje en clave dirigido a AV y la cineasta no puede contener las lágrimas. El último plano, al lado del lago de Ginebra, sospecho que es lo más godardiano que veremos este año en Cannes.

También Barbara parte de un diálogo a cuatro manos. Un cineasta, Yves, al que interpreta Mathieu Amalric, quiere hacer una biopic sobre la cantante Barbara, para lo que contacta con Brigitte, a la que interpreta Jeanne Balibar. Asistimos a numerosas interpretaciones de las canciones de Barbara, así como a escenas de su vida. Cada cierto tiempo se rompe la cuarta pared e Yves y el equipo e rodaje entran en escena. Llegado un momento ya no sabemos si la biografía que rueda Yves trata sobre Barbara o sobre Brigitte, si no es que simplemente Barbara, la película, es una mera disculpa para que Amalric filme a una Balibar en todo su esplendor, siguiendo esa maravillosa tradición del cine francés en la que un director (Godard, Garrel, quién sea) consagra sus películas al rostro de una actriz. Por momentos da la impresión de que Barbara es un documental sobre Balibar en la misma medida que lo era Ne change rien de Pedro Costa. Solo lamento no conocer mejor a Barbara (la chanson francesa nunca fue mi especialidad) para así haber disfrutado mucho más de una película que, sospecho, maneja muchas claves que se me escapan.

Como no podía ser menos, Un beau soleil intérieur está consagrada a una actriz, en este caso Juliette Binoche filmada por Claire Denis. Con una inclinación hacia la comedia inédita en la filmografía de Denis, Un beau soleil intérieure, película que inauguró la Quincena de los Realizadores, retrata las patéticas relaciones sentimentales de Isabelle, una mujer que nunca acierta o a la que los hombres nunca le dan lo que ella quiere, ni sus amantes ni su exmarido. La película es una sucesión de estrellas del cine francés, de Xavier Beauvois o Josiane Balasko a, en las escenas finales, Valeria Bruni-Tedeschi y Gérard Depardieu, todas las cuales se han de enfrentar a Binoche en elegantes duelos dialécticos. Durante mucho tiempo epítome del llamado “cine del cuerpo”, la Denis de Un beau soleil intérieur se reconvierte en una cineasta de la palabra, profundamente estilizada, tanto como no lo era al menos desde Vendredi soir. Y con la música de Stuart A. Staples creando un colchón sonoro que confiere a la película un aire de piano bar.

Las mujeres que filma Garrel en L’Amant d’un jour son en realidad dos, su propia hija, Esther Garrel, y Louis Chevillote. En la ficción ambas son la hija y la pareja de Gilles (Éric Caravaca), un profesor universitario, las dos de 23 años. Desde su última colaboración con el escritor Marc Cholodenko en La jalousie (2013) (sustituido a partir de L’ombre des femmes por, ay, Jean-Claude Carriere), el cine de Garrel ha perdido un cierta densidad y buena parte de su halo romántico, que en L’Amant d’un jour está presente principalmente en la discreta y fatalista voz en off. Por lo demás esta es una película sobre los amantes ocasionales y sobre el concepto de fidelidad, algo que siempre ha obsesionado a Garrel. Tratándose de él, cabe la posibilidad de que en esta nueva película esté volcando muchas experiencias personales, también un comprensible miedo a envejecer y a no sentirse amado. Quizás por esa razón en Gilles se acaba imponiendo su condición de padre a la de amante (por cierto,las escenas de sexo son una novedad en el cine de Garrel, ¿verdad?) y el propio cineasta en tanto que padre le regala a su hija (Jeanne, Esther Garrel) un final feliz en toda regla.

Fuera de esta extraordinaria nómina de cineastas franceses, el estreno de Okja posibilitó que por fin se pudiese hablar de la película de Bong Joon-ho y se dejase aparcado el affaire relativo a su productora, Netflix. Pues bien, Okja constituye todo un divertimento que combina a Babe, The Host, King Kong y comentarios grotescos en torno a la industria alimentaria que parecen salidos de una película de Paul Verhoeven. Poco más, si es que eso parece poco para una película que navega entre la producción fantástica dirigida al público infantil y el virtuosismo de alguna de las escenas de acción. Una de ellas, la persecución del cerdo gigante por las calles de Seúl, es digna heredera de la primera aparición del monstruo en The Host.

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