Cannibalismos 2017 – 1

Cannibalismos 2017 – 1
Por Jaime Pena 

Las crónicas de Cannes no van a ser lo mismo después de la publicación de Sélection officielle, el diario de la 69 edición con el que Thierry Fremaux, director artístico (o más estrictamente, Delegado general) del festival, repasa día a día todo lo acontecido entre la finalización de la 68 edición, que culminó con el triunfo de Dheepan, de Jacques Audiard, hasta la entrega de premios de la 69, que consagraron a I, Daniel Blake, de Ken Loach. En realidad, las crónicas no deberían ser las de siempre, puesto que en ese diario se desvela buena parte de la mecánica interna del festival, desde el proceso de selección a la última reunión del jurado, por ejemplo, y esta mecánica trasluce lo poco que sabíamos de Cannes, la cantidad de leyendas urbanas que circulaban en torno a su funcionamiento, a sus criterios de selección o, incluso, a los plazos o condiciones en las que los seleccionadores suelen ver las películas.

El diario tiene mucho de mera crónica de viajes, la mayoría en el TGV Lyon-Paris, pues Fremaux compatibiliza la dirección del Instituto Lumière en Lyon con Cannes, cuyas oficinas centrales están en París. Como se encarga de repetir machaconamente, esto le permite estar a un tiempo en el centro responsable de la conservación del legado Lumière y en el evento que, hasta cierto punto, define el cine contemporáneo. Hay muchas anécdotas, muchos cotilleos, cenas y recepciones con multitud de famosos a los que Fremaux parece adorar. El name dropping es constante y ayuda a entender ciertas decisiones que se toman en Cannes. Quizás ese sea uno de los aspectos más singulares de Fremaux, como también su estrecha vinculación con una forma de entender el cine francés que se ha dado en torno al Instituto y que tiene a Bertrand Tavernier como una suerte de gurú intelectual. Como él mismo reconoce, Fremaux tiene una relación bastante conflictiva con la Nouvelle Vague y, por lo general, con la crítica de cine, campo del que no procede, a diferencia de su antecesor, Gilles Jacob. Que Cannes pivote en torno a la recepción crítica de las películas es algo que Fremaux no acaba de llevar del todo bien, una contradicción difícilmente explicable.

Obviamente, el libro resulta especialmente interesante (casi diría que adictivo) cuando entra de lleno en la selección propiamente dicha de las películas de la edición de 2016, proceso que se inicia hacia diciembre del año anterior, cuando, por ejemplo, se elige la primera película de competición, en este caso la de Cristi Puiu. En los meses siguientes Fremaux nos va desgranando la selección de buena parte de las películas que integrarán bien la competición bien las secciones paralelas, las discusiones en torno a determinadas películas, caso de Toni Erdmann que, con precaución, es ubicada inicialmente en Un Certain Regard, antes de dar el salto final a la competición; o la decidida apuesta por películas que se saben polémicas de antemano, como Personal Shopper o The Neon Demon; y también un caso muy singular, uno de los mayores fiascos que se recuerdan en Cannes en los últimos tiempos, el de The Last Face, de Sean Penn, y en el que merece la pena deternerse ampliamente.

 

La película va apareciendo en distintos episodios del diario, en un primer momento, en el verano de 2015 cuando Penn pasa por París de camino a África, donde está rodando. Después, en febrero, cuando Fremaux la ve en un primer montaje en Los Angeles que dista mucho de convencerle. En marzo Penn le reclama con insistencia que le dé una respuesta y Fremaux accede a incluirla en competición. No la ha vuelto a ver, pero confía en que un director como Penn solvente los problemas que la película tenía. Y, como no oculta, también porque se trata de una película con mucho potencial para la alfombra roja… Fremaux vuelve sobre ella la víspera de su presentación en Cannes, cuando le llegan noticias de París de un desastroso pase de prensa, circunstancia que se repite el último viernes del festival: la película genera sonoras carcajadas de burla y al terminar la sesión las redes sociales se encargan de sepultar una película que nunca debió de presentarse en competición en un festival como Cannes. Cuando Fremaux se encuentra con el equipo de la película antes de la rueda de prensa, las caras ponen en evidencia que la película está condenada y que Cannes puede ser tan beneficioso como dañino para muchas películas.

Este es un aspecto que Fremaux debate abiertamente, más allá del error garrafal con la película de Penn. Buena parte de las polémicas previas a cada edición guardan relación con las películas que el festival rechaza o, más exactamente, que no elige, películas que acabarán en otras secciones (la tirante relación de Fremaux con la Quincena de los Realizadores y la Semana de la Crítica) o en festivales posteriores (Locarno, Venecia, Toronto, San Sebastián). En el caso de esta edición de 2016 sabemos por el diario que Cannes dejó pasar las de Kelly Reichardt o Lav Diaz que acabarían en Sundance y Berlín, respectivamente. O que se “rechazó” Nocturama, de Bertrand Bonello, en connivencia con su productor, para evitar la polémica en torno a su tema y por la proximidad de los atentados islamistas en París. De vez en cuando surgen comentarios en torno a ese mismo tipo de conflictos en ediciones anteriores. Por ejemplo, aprovechando un encuentro en Buenos Aires con Pablo Trapero, Fremaux confiesa que Cannes rechazó El clan porque su largo montaje no convenció al comité de selección, lo que llevó a Trapero a remontarla, enviarla a Venecia, donde ganó un premio, y estrenarla con gran éxito en Argentina. Todo en buena medida a la labor pedagógica de Cannes, nos viene a decir Fremaux, que pocas veces es capaz de disimular su enorme vanidad.

Como el diario comienza con el final de la edición de 2015, Fremaux alude a su conflicto con Arnaud Desplechin, que marcó buena parte de aquel festival. Cannes rechazó Tres historias de juventud o solo le ofreció un hueco en Un Certain Regard, algo que los productores rechazaron, optando por enviar la película a la Quincena. Dada la amistad entre Fremaux y Desplechin, se ve que ese encontronazo marcó su relación y quizás ahora explique que su nueva película, Les fantômes d’Ismaël, haya inaugurado la edición número 70 del festival.

Lo cierto es que Les fantômes d’Ismaël tiene mucho de autobiográfica, como Tres recuerdos de juventud, y, hasta cierto punto, tiene un aire de película recapitulatoria y un tanto menor. Es, de todas formas, una película mucho más arriesgada que la anterior, en la medida que combina varias historias cuyo único punto en común es formar parte del universo Desplechin, desde la que protagoniza el Ivan Dedalus que interpreta Louis Garrel a la protagonizada por Ismaël, un director de cine al que pone rostro Mathieu Amalric y que es claramente un alter ego del propio director. Con sus extrañas referencias a Pollock y Picasso, Les fantômes d’Ismaël es más una película de ideas más o menos abocetadas, más o menos logradas, que una película que se esfuerce en redondear el conjunto. Más allá de que hay otra versión de la película con veinte minutos suplementarios que afectan mayormente al personaje que interpreta Lászlo Szabó, y que bien podrían modificar la impresión inicial, Les fantômes d’Ismaël presenta como mínimo dos notables personajes femeninos, uno interpretado por Charlotte Gainsbourg, el otro por Marion Cotillard, precisamente la hija de Szabó en la ficción, una espía que había desaparecido veinte años atrás y había sido dada por muerta y que ahora reaparece causando un profundo desconcierto tanto a su padre como a su exmarido (Amalric). Tengo la sospecha que esta es la típica película que hoy no nos parece que haga avanzar la carrera de su director, pero que aún así dentro de unos años puede ser central en el conjunto de su filmografía, aunque solo sea porque su propuesta especular complementa el resto de sus películas.

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