“El cielo está sobrevalorado”, dice uno de los personajes de
Uncle Boonmee Who Can Recall His Past
Lives, la gran obra maestra en la competición de Cannes 2010. Sin embargo
Apichatpong Weerasethakul nos propone una especie de paraíso fílmico, un
territorio en el que todo es posible, habitado por fantasmas del pasado y
personas reencarnadas en animales, un lugar en el que también a nosotros nos
gustaría vivir como espectadores eternos de una de las grandes películas de los
últimos tiempos. El progreso constante, de película a película, que muestra su
director entra también en el terreno de lo sobrenatural. Quizá ha sido toda la
experiencia del proyecto Primitive,
compuesto de videoinstalaciones y cortometrajes, lo que ha facilitado la
destilación de este largometraje, de nuevo ambientado en la selva del norte de
Tailandia, en la frontera con Laos. Esa idea de la frontera está presente
permanentemente, en la separación del mundo rural del urbano, de lo humano y lo
inhumano, de la vida y la
muerte. Este es el gran tema de Uncle Boonmee, el del tránsito hacia el otro mundo, que
Weerasethakul nos expone con serenidad y voces susurrantes, como un trayecto de
resonancias legendarias, creando para ello un clima sobrecogedor a partir de
una banda sonora que hace hablar a la selva.
Que Uncle Boonmee
nos parezca la mejor película del festival no quiere decir que tenga muchas
posibilidades con hacerse con alguno de los principales premios. Su propuesta
parece demasiado radical para una decisión consensuada entre los variopintos
miembros del jurado. Se habrá perdido en ese caso una oportunidad de hacer
historia, como ya ocurriera en 1999 con Rosetta
o en 2003 con Elephant. Habrá que
confiar en todo caso que los premios no vayan a parar a títulos como Hors la loi, de Rachid Bouchareb,
correcto film en la línea de Indigenes
sobre la actividad terrorista del FLN argelino en el París previo a la independencia
del país magrebí; Tender Son. The
Frankenstein Project, nueva muestra de la incapacidad de Kornél Mundruczó y
de la inutilidad, excepto para los seleccionadores de Cannes, de todo su cine;
o la
multimillonaria The Exodus-Burnt by the Sun 2, de Nikita Mikhalkov, una
película ruidosa de un cineasta que, como los fantasmas de Uncle Boonmee, parece retornar de entre los muertos, en este caso
para atormentarnos con su cine pesadillesco.
El cine
asiático, tan decepcionante en los primeros días del certamen, levantó cabeza
en el último tramo, no sólo por la irrupción espectacular de Apichatpong
Weerasethakul. Woo Ming Jin presentó una de las pocas películas destacadas de
la Quincena, The Tiger Factory, una
producción lo fi en la que el
director de The Elephant and the Sea
sigue alejándose de Tsai Ming Liang y acercándose al estilo, más abierto, menos
opresivo, de Tan Chui Mui. Hahaha
suponía, además del mejor título de película del festival, el reencuentro
anual, esta vez en Un Certain Regard, con el cine de Hong Sangsoo, como siempre una divertida
comedia estructurada a partir de una comida entre dos amigos que se cuentan sus
respectivas vacaciones en una isla, dejando que sea el espectador quien saque
las conclusiones precisas de sus encuentros y cruces con los mismos personajes,
por mucho que ellos nunca lleguen a saberlo. Menos melancólica que en otras
ocasiones, rodada quizá con excesiva premura, Hahaha sigue demostrando la extrema habilidad de Hong para retratar
las relaciones humanas.
Una de las razones del bajo nivel que está mostrando el
festival de este año podría deberse a la precaria representación del cine
norteamericano. Malick aparte, eran muchas las películas de conocidos
directores que se especulaba con que podrían llegar a tiempo al festival. Pero
ésta ha sido una edición muy extraña, en el que incluso ha faltado la ración
habitual de animación de Pixar o Dreamworks y una estrella como Sean Penn, una
de las pocas que se esperaba en la Croissette, excusó a última hora su
presencia. Con el cine
norteamericano nunca se sabe: si el festival ha rechazado las películas, si
éstas no estaba realmente acabadas o, como parece más probable, si los estudios
no tenían claro un lanzamiento en Cannes y declinaron la invitación, apostando
por un lanzamiento comercial directo sin pasar por la pasarela de la alfombra
roja. Así, dentro del concurso oficial nos hemos encontrado con una solitaria
representación del cine de
Hollywood (segundo escalafón: Summit), un thriller político debido a Doug Liman
y que aborda el conocido caso Valerie Plame (aquí Naomi Watts), Fair Game. La película ha tenido un paso
bastante discreto por el festival, tratándose como se trata de una película tan
estimable como menor, quizá un producto más acorde para los criterios de una
selección fuera de
concurso. El proyecto ofrecía sin embargo posibilidades que
no fueron aprovechadas, puesto que en las entrañas de Fair Game late un gran retrato del proceso de destrucción de una
familia por culpa de las presiones externas derivadas de la acción de todo un
gobierno. Liman opta por la historia oficial, la misma que se puede encontrar
en cualquier reportaje periodístico o televisivo. Quizá en este último aspecto
radica lo más interesante de la película. Sospecho que debido a su ajustado
presupuesto, Liman combina a sus actores (Penn, Watts) con metraje televisivo
de archivo: en un alto porcentaje Fair
Game presenta una faceta documental inusual, también ahí radica su verdad.
Proyectada dentro de las sesiones de medianoche, Kaboom, de Gregg Araki, presentaba esa
combinación de sexo y comedia que había caracterizado la selección del año
pasado, pero en esta edición defendía su cruzada en solitario. Lo hacía en todo
caso dignamente y proporcionando un divertimento más que agradecido, dado el
panorama. Como curiosidad, en sus diálogos se hacía referencia a la “escala de
Kinsey”, con la que el entomólogo norteamericano establecía el grado de
heterosexualidad-homosexualidad de los varones, compartiendo cita con Les amours imaginaires de Xavier Dolan.
Los que estén interesados en otro tipo de escalas, la de la puntuación entre 0
y 10 que le vamos dando a las películas vistas en Cannes, pueden consultar el
ímprobo esfuerzo que está llevando a
cabo el amigo Álvaro Arroba en http://letrasdecine.blogspot.com/
No ha ofrecido muchas más novedades el cine americano, como no sea
las de Blue Valentine, de Derek
Cianfrance, prototípica película indie producida por los Weinstein y sustentada
en el gran trabajo de sus actores, especialmente Michelle Williams. Rebecca H. (Return of the Dogs) es un
esforzado trabajo de Lodge Kerrigan rodado en Francia, también apoyado en sus
dos actores protagonistas, Géraldine Pailhas y Pascal Gregory, pero a la que se
le notan en exceso sus referentes, algo así como una combinación de el Nobuhiro
Suwa de H Story y el Pedro Costa de Ne Change Rien. Por último, la sorpresa
de encontrarnos este año con Frederick Wiseman con invitado en la Quincena no
se ha saldado con uno de sus grandes documentales. Boxing Gym es un Wiseman en piloto automático y rodado en digital,
muy alejado del nivel que había ofrecido el año pasado con La Danse.
El status del documental en Cannes es ciertamente
complicado, dominado por los documentales de factura más clásica y temática
política. Contrasta este hecho con el predominio del documental observacional
en los festivales especializados o en los generalistas protagonizados por el cine independiente.
Sorprendía por esa razón la presencia de Wiseman, el máximo representante de
este tipo de documental tan refractario a los mercados. Pero más aún la absoluta
revelación de un documental de archivo presentado en la sección oficial fuera
de concurso, al lado de documentales más, digamos, televisivos como Inside Job o Draquila. Autobiografia lui
Nicolae Ceausescu es exactamente lo que su título indica: una suerte de
“autobiografía” del dictador rumano realizada a partir de la recopilación de
materiales de archivo oficiales, desde el momento en que toma el poder en 1965 hasta
los instantes previos a su ejecución en el marasmo de la revolución rumana de
1989. Compuesto preferentemente de noticiarios oficiales, Andrei Ujica elabora
por lo tanto una biografía autorizada con aquellas imágenes que, se supone, en
su día recibieron el visto bueno del dirigente. A este principio tan sólo se
escapan las imágenes que abren y cierran las tres horas de película, las
escenas del juicio sumarísimo al que fue sometido el dictador en compañía de su
mujer y de las que Ujica entresaca únicamente los parlamentos en los que
Ceaucescu se defiende y justifica. Montada preferentemente en orden
cronológico, esta autobiografía fílmica nos ofrece un amplísimo desfile de las
distintas personalidades que dominaron el bloque soviético en sus últimos 25
años de vida, pero también algunas escenas particularmente significativas. Por
ejemplo, un viaje a Los Angeles y una visita a los estudios de la Universal,
entre cuyos decorados pasea toda la comitiva, un escenario ad hoc para un
dictador acostumbrado a modelar su entorno a su antojo. O, por encima de todo,
los viajes a Corea del Norte, auténticas apoteosis de lo kitsch, el ejemplo
supremo de la desconexión de esta clase de políticos con un mundo que sólo
entendían como un gigantesco y hollywoodense decorado.
El cine latinoamericano ha tenido que conformarse este
año con una presencia más en segundo plano. En la Quincena la apuesta ha sido
por una serie de películas de género y bajo presupuesto que no han sido
recibidas con alborozo, por lo demás como el resto de la sección. Ausente
de la oficial a concurso, las cinematografías latinoamericanas han encontrado
en Un Certain Regard su refugio particular, gracias a tres películas, una
peruana y dos argentinas. Octubre
está dirigida por los hermanos Diego y Daniel Vega que narran, en un estilo
cercano al de Whisky, la nueva lingua franca del cine latinoamericano,
varias semanas en la vida de un solitario prestamista que, muy a su pesar, se
encuentra de improviso con una familia con todas las de la ley. Como Los labios,
la película de Iván Fund y Santiago Loza presentada ya en el Bafici, UCR parece el escenario
más adecuado para este tipo de propuestas tan estimulantes como modestas (los
rumores apuntan a que estuvo en un tris de hacerse con el premio Fipresci de la sección). No
podemos decir lo mismo de Carancho,
con la que Pablo
Trapero regresaba a Cannes luego de haber presentado a
concurso Leonera hace dos años.
Podría parecer un paso atrás y ciertamente lo era. Por dos motivos, el primero,
saltar de la competencia a UCR es muy evidente; el segundo alude a la propia
película, digamos que demasiado sometida a las leyes del género, a una
sobreescritura, a cierta concepción del star system local que nos hace dudar de
la conveniencia de un actor como Darín, también a una espectacularización que
contrastaba con la modestia de otras producciones. Carancho no es una mala película, ni nada que se le parezca, aunque
sí muy inferior a Leonera. Y Cannes
no parecía el lugar más idóneo para su presentación. Jaime Pena