Otro entusiasmo argentino

Sobre Por sus propios ojos (Argentina/2007; 80’).
Dirigida por: Liliana Paolinelli.

Contra la miopía

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Contra todos los prejuicios relativos a “película seria sobre tema importante” (alimentados especialmente por el propio trailer de la película, debo decirlo), la crítica de Marcela Ojea (MO) en EA196 me llevó a ver Por sus propios ojos. No puedo estar más agradecido; y como el lunes 22 de septiembre, a las 18:25, en el Cinemark de Palermo sólo la vimos 3 espectadores, aquí va una especial recomendación para no quedar ajenos a esta experiencia.
Frente a la supuesta primavera de la comedia romántica que se dice que estalla ante nuestros ojos con Un novio para mi mujer/Motivos para no enamorarse/El frasco (aunque los resultados recuerden más al plan económico de Sorrouille que a la estación del año que comenzamos a transitar), propongo aguzar la mirada frente a esta muy inteligente película, rara avis en el NCA.
Como marcaba MO, la propia “cordobesidad” (valga el neologismo) genera una primera y evidente diferencia. La otra es que, contra todo prejuicio, la película es sencilla sin ser simple, profunda sin ser ambiciosa, sensible y no sensiblera. Liliana Paolinelli nos cuenta –en la superficie- el proceso de filmación de un documental sobre la situación de los familiares de las personas presas. Eso lo hace con ascetismo y sin golpes bajos. Pero ello es sólo una excusa. El film indaga no sólo sobre la relación entre documental y ficción, sino también sobre otros conflictos que lo atraviesan. Así, clase media y clase baja, mundo exterior y carcelario, relaciones familiares y las que las exceden y hasta luz-penumbra y cine-video son algunas de las aparentes dicotomías que se exploran en la obra.
Con un pudoroso acercamiento y basada en actuaciones impecables de la primera a la última, Por sus propios ojos nos enfrenta a esa sensación de extrañeza que provoca la percepción de que todas las fronteras son arbitrarias.
Así, lo documental parece imponerse en la repetida escena de la revisación que precede a los ingresos a la cárcel. Sin dramatismo, junto con la protagonista se desnuda lo inhumano de una práctica que subsiste pese a las recomendaciones al respecto de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.  El tono no es el de denuncia, no se intenta mezquinamente generar empatía con la protagonista, no se subraya, no se comenta. No hace falta.
En la antológica escena final, la cámara que documenta acompaña a la protagonista hasta la puerta de los pabellones. Allí la vemos ingresar a ellos, cerrándose las puertas tras de sí, enmarcando las sucesivas rejas su figura que se hunde en las profundidades de la prisión. Ya en la celda, el terreno de la ficción explota con un encuentro que parece desmentir todas las supuestas dicotomías antes reseñadas. Pero luego, afuera, en la luz, la cámara nos devuelve a la protagonista que emerge corriendo y sollozando de la oscuridad. No es el clímax de un melodrama, es la simple constatación de que no existen verdades, no hay cierre o sutura; lo que surge es la evidencia de que toda certeza se ha desvanecido.
Fernando E. Juan Lima