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Como un avión estrellado PDF Imprimir E-mail
La crítica de La Nación de la última película de Ezequiel Acuña despertó una serie de enojos que toman cuerpo en esta nota.

Fiel al espíritu combativo que caracteriza a su sección de crítica de cine, La Nación sale con los tapones de punta contra un film argentino independiente. La independencia no es sinónimo de calidad, está más que claro, pero a algunos críticos del diario más reaccionario de la Argentina parece inquietarlos cualquier cosa que huela a espíritu independiente. Con la misma excitación que les provocan los éxitos masivos (Luna de Avellaneda ha sido para algunos de ellos caballito de batalla de lo que "se debe hacer"), se ensañan esta vez con Como un avión estrellado, la película de Ezequiel Acuña premiada en el último Bafici (donde ya no estaba Quintín, centro permanente de la ira del especialista ocasional en cine Pablo Sirvén) y que ha tenido distinta suerte en otros diarios (Clarín y Página/12 publicaron reseñas favorables, pero como son dos medios que no piensan en "la gente"...).

Por empezar, no es cierto que en Como un avión estrellado no haya historia. Simplemente hay que saber verla. Por las dudas, se la contamos a Claudio Minghetti, quien firma la crítica del film de Acuña y señala que "casi" no la hay: un adolescente conflictuado por la muerte de sus padres se enamora de una chica que conoce casualmente, intenta conquistarla con bastante torpeza (son claramente sus primeras experiencias amorosas); además, hay un par de tramas paralelas: la de la ríspida relación con su hermano y la de amistad incondicional con otro chico. Con mucho menos, se hicieron grandes películas en la historia del cine. Siguiendo la línea de razonamiento de esta nota, ¿El sol de membrillo será, por ejemplo, una película que no se "justifica"? (Minghetti se pregunta por la "justificación" del film de Acuña, y yo recuerdo que él ha trabajado para el festival oficial del INCAA, el de Mar del Plata, y tiemblo pensando que con esta lógica sólo filmarán los Campanella de este mundo...).

Por otra parte, a esta altura no sólo me irrita, sino que también me resulta francamente enigmática la preocupación permanente de algunos periodistas por, en palabras de Minghetti, "el precio que invierte el público en la entrada para ver cine". ¿Por qué un periodista o un crítico debería preocuparse por eso, como si el sueldo se lo pagara la “industria”? Para eso está la Secretaría de Defensa del Consumidor. Mucho más bizarra es la preocupación por "la industria".¿Qué cazzo tiene que ver la calidad de una película con su perfil industrial o su resultado en la taquilla? Cuando veo un partido de fútbol, no lo juzgo bueno o malo de acuerdo a la cantidad de gente que hay en la tribuna. La historia de rock, la pintura y la literatura, por citar otras disciplinas, está llena de artistas geniales a los que sigue un número reducido de personas. Con el criterio de Minghetti, la Velvet Underground -hoy reconocida como una de las bandas más importantes de la historia del rock- sería un grupo menor porque no llenó nunca el Madison Square Garden.

Minghetti, asegura, además, que "no queda en claro cuál es, exactamente, el propósito de Acuña al contar la historia de este chico perdido en su propia nada". ¿Cuál debería ser el propósito de contar una historia? Esta noción utilitaria del cine es más propia de Mauricio Macri que de un crítico. Supongo que uno de los propósitos que Minghetti aplaudiría sería el de llenar salas para que los shoppings facturen más guita... También se preocupa por los "devaneos personales" del director, contradiciendo una vez más buena parte de la historia de cualquier disciplina artística. ¿Qué se supone que debería hacer Acuña? ¿Consultar a un equipo de asesores para que le diga cuáles son los temas que le interesan a Minghetti y a "la gente", de la cual, además, se arrogó repentinamente la representación absoluta? El cine que no responde a "devaneos personales" es el que se define con la ayuda de focus groups, el que responde a las expectativas del "público", el que produce Suar, el que, en definitiva, se nutre del cálculo, llena salas y entusiasma a los capitanes de la industria de La Nación.

Al margen del discurso de barricada a favor de un cine atado al marketing, hay poco en la "crítica" de Minghetti. Lo cito textualmente: "No obstante, es interesante cómo el mismo cineasta encuadra (formalmente, se entiende) a sus criaturas, cómo las fotografía y, en la medida en que pasan los minutos, las hace crecer a pesar de todo lo observado. Quizá sea por estos aciertos mínimos que el todo no parezca tan chato como lo es en realidad". Sería mucho más interesante que Minghetti explique por qué le resultan interesantes esos encuadres y esa fotografía, pero parece que se quedó sin espacio en este nuevo brulote a favor de la salud de la bendita industria, el tema que lo desvela tanto como a Carnevale y que hace que me pregunte de tanto en tanto si se trata de negocios o de simple y llana estupidez.

Por Alejandro Lingenti

 
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