Festival de Rotterdam 2018
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Dormir, tal vez soñar
Por Jaime Pena

Las dudas sobre lo que me iba a encontrar realmente allí, también el ahorrarme los 75 euros que costaba cada noche, pudieron más que la curiosidad por experimentar el SLEEPCINEMAHOTEL  de Apichatpong Weerasethakul. Aún así, fui dos veces a visitarlo en horario diurno, quizás porque, si bien para dormirme ya tenía mi hotel, sí quería conocer cuáles eran esas imágenes con las que el cineasta quería acompañar el sueño de los huéspedes de su hotel. ¿Qué es en realidad el SLEEPCINEMAHOTEL? Resumiendo, se puede decir que una mezcla de hotel e instalación artística. Más que un hotel, sería un hostal, con todas las camas (creo que eran ocho) en un mismo espacio y repartidas con andamios en distintas alturas. El espacio era un gran salón de un hotel de Rotterdam, este de verdad, una especie de amplio salón de baile o banquetes con un gran ventanal que daba a la calle. Delante de ese ventanal estaba colocada una pantalla circular sobre la que se proyectaban imágenes de archivo las 24 horas de los cinco días que se prolongó el experimento, desde imágenes de viejas películas mudas en blanco y negro hasta planos aéreos en color de paisajes, imágenes que creo que había cedido la filmoteca holandesa, el EYE, y que aparentemente no se repetían nunca, por lo que estaríamos hablando de más de un centenar de horas de proyección.

La gran paradoja de este proyecto es que estas imágenes tenían como única finalidad acompañar el sueño de los huéspedes del hotel, es decir, no se trataba de “verlas” ni de fomentar el sueño, sino de influir en los sueños de los que allí dormían. Weerasethakul lo expresa de una forma tan bella como intrigante: ¿Cuál es la fuente de luz que ilumina nuestros sueños? Ahí radica también mi desconfianza: una vez que te quedas dormido, ¿quién te asegura que tus sueños se verán condicionados por esas imágenes y no por tus preocupaciones o vivencias cotidianas? Y si duermes muy profundamente y al despertarte no te acuerdas de nada, ¿te sentirás estafado? En cualquier caso, para el cineasta tailandés la experiencia guarda mucha relación con nuestro hábito de dormirnos en el cine o ante la televisión, independientemente de las imágenes que se estén proyectando, sean estas muy lentas o muy rápidas, las de una película de largos planos estáticos o las de una gran superproducción de acción de Hollywood (Weerasethakul ponía el ejemplo de War of the Planet of the Apes, en la que se había dormido media hora). Sobre todo, SLEEPCINEMAHOTEL invierte nuestra concepción de esa relación entre imágenes y sueño. Weerasethakul, uno de los pocos cineastas (o artistas visuales) preocupados por la verdadera función de las imágenes, nos está proponiendo una nueva categoría de imágenes: aquellas que fomentan (o, mejor, iluminan) nuestros dulces sueños.  De algún modo, Cemetery of Splendour ya hablaba de estos temas.

Ya que no me decidí a reservar una cama (tampoco sé si lo hubiese logrado, el hotel se llenó todas las noches), me contenté con esas dos visitas diurnas y con pasar todas las noches, de camino a mi hotel, por delante del SLEEPCINEMAHOTEL. A través de su gran ventanal se podían ver las imágenes que en ese momento se proyectaban sobre la pantalla circular. Esas imágenes que acompañaban el sueño de los huéspedes, pero que también parecían proyectarse sobre todas las calles de la ciudad. En esos momentos en los que te preguntas qué estaría sintiendo o soñando la gente que duerme en el hotel me recordaban lo mismo que experimenté viendo Readers, una película en la que James Benning filma a cuatro amigos en el acto de leer un libro. Cuatro personas y cuatro planos de unos 26 minutos cada uno en los que somos testigos impotentes de una actividad que no podemos compartir. También nos preguntamos qué estarán sintiendo esas personas (tres mujeres y un hombre, de unos 20, 40, 60 y 80 años, aproximadamente), aunque despiertas, qué estarán soñando. Después de cada plano, Benning inserta una cita del libro que leen, de D.H. Lawrence a un tratado sobre la locura, y esa es la única posibilidad que tenemos, y de forma retrospectiva, de compartir esa experiencia. Pero salvo esas cuatro citas, nuestra función como espectadores se limita a fijarnos en los gestos más intrascendentes. Por ejemplo, todos los lectores, desde la joven del primer plano a la anciana del último (que padece Párkinson y cuyos temblores nos causan una cierta inquietud), en algún momento avanzan sobre las páginas de sus libros respectivos, buscando algo, anticipando algún acontecimiento.

Sin duda, si viésemos Readers en nuestro ordenador estaríamos tentados de avanzar y saltarnos partes de la película, buscando una información que Benning nunca nos proporcionará, como no sean los gestos puntuales de cada lector, sus manías, sus tics. Evidentemente, la película tampoco se puede reducir a sus citas literarias. Su finalidad es otra y, precisamente, como para ganar tiempo, cuando la ves te la imaginas como una instalación con cuatro pantallas, cada una dedicada a un lector, y a su lado el texto de cada cita. Las instalaciones no buscan normalmente espectadores, sino visitantes (salvo que se te ofrezca la posibilidad de dormir en ellas) y eso condiciona la experiencia y, por encima de todo, limita su discurso. Es lo que ocurre con un proyecto fascinante, Journey to Russia, de Angela Ricci Lucchi y Yervant Gianikian, un encargo de Documenta 14 que se podía ver en el Witte de With formando parte de uno de los programas del festival, A History of Shadows. A finales de los ochenta, Ricci Lucchi y Gianikian viajaron hasta la Unión Soviética buscando a los últimos supervivientes de la vanguardia rusa de los años veinte y treinta. De allí volvieron con muchas imágenes, alguna entrevista espectacular (como la de la viuda de Grigoro Kózintsev), muchos dibujos o un rollo de diez metros pintado con acuarelas y que reconstruye todo el itinerario de su viaje, sus digresiones, pero que también puede leerse como si se tratase del story-board de la instalación. Además de este rollo expuesto en un panel, la exposición se compone de seis pantallas sonde están troceados 88 minutos de imágenes en seis monitores. Como a cada monitor le corresponden únicamente dos pares de cascos, ver las imágenes de Journey to Russia se convierte en un ejercicio desordenado, condicionado por la asistencia que te encuentres, en todo caso mucho más dificultoso que el de sentarte en la butaca de un cine para ver los 108 minutos de Readers.

Volviendo al SLEEPCINEMAHOTEL, si tuviese que elegir unas imágenes con las que dormir (y, por favor, que se entienda esto como un elogio), esas serían las de la parte central de la película alemana DRIFT, opera prima de Helena Wittmann que se había estrenado en la Semana de la Crítica de Venecia y que en Rotterdam estaba integrada en Bright Future Main Programme, que aunque se tratase del programa central, no era más que una de las cinco secciones de Bright Future, uno de los cuatro grandes contenedores del festival, alguno dividido en hasta siete secciones… un lío, la verdad, que confunde más de lo que orienta al espectador. Como sea, DRIFT narra un viaje de dos mujeres que, en un determinado momento, una de ellas abandona. La que queda se embarca rumbo a unas islas (según los créditos del rodaje, las Azores) y durante media hora Wittmann solo filmas las olas, a veces más intensas, otras más calmas, al amanecer o a la puesta de sol. Las imágenes parecen mecer la cámara, como si su única pretensión fuese la de acunar a sus espectadores. Hay pocas cosas que me hayan gustado más el último año y estoy por proponerle a Weerasethakul y Wittmann un SLEEPDRIFTHOTEL. ★, de Johann Lurf, respondería quizás mucho mejor a ese prototipo de película (e imágenes) que asociaríamos con el acto de dormir. Lurf recopila planos del cielo, de las estrellas, entresacados de toda la historia del cine, desde el primitivismo naif de Zecca y Porter al hiperrealismo digital de las últimas producciones de ciencia-ficción, hasta totalizar las más de 570 películas que aparecen citadas y que ellas solas precisan de seis minutos de créditos (sorprendentemente no hay nada del Malick de El árbol de la vida o Voyage of Time).

El cortometraje Confort Stations fue presentado por Anja Dornieden y Juan David González Monroy como una película encontrada, sendos negativos de imagen y sonidos que habrían hallado sin etiquetar en una cinemateca alemana. Junto a las latas habrían encontrado también el texto de una declaración para leer antes de la proyección y las transcripción de los diálogos entre varios espectadores de una proyección de la película (la declaración la leyó Dornieden, las 18 páginas de la transcripción se entregaron impresas tras el pase). Confort Stations sería por lo tanto algo así como un experimento de psicología perceptiva al que los espectadores deberían abandonarse. De nuevo, como sucede con el SLEEPCINEMAHOTEL, unas imágenes que, subliminalmente, impactarían en el espectador. En este caso, la propuesta puede basarse en una falsedad (tan evidente como divertida), pero sus imágenes y su música tienen la particularidad de evocar un mundo contemporáneo al de All my Life de Bruce Baillie, una especie de edad dorada del celuloide (el 16mm) y la vanguardia californiana.

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