67° Berlinale

Que se note la diferencia
Por 
Fernando E. Juan Lima y Laura N. Vitali

1. ¡Es la economía, estúpido!

El mercado europeo de cine (EFM, según la sigla en inglés) puede dar fe de la validez del conocido y antiguo adagio que sostiene que no hay nada que una más que la existencia de un enemigo común. Así, lo cierto es que los efectos de la asunción de Donald Trump no sólo habrían tenido impacto en lo discursivo, en lo que los participantes del Festival Internacional de Cine de Berlín en su 67° edición dijeron en relación con los nuevos tiempos que se comienzan a transitar, más cargados de discriminación, xenofobia e individualismo. El propio director de la Berlinale, Dieter Kosslick, afirmó sobre el inicio de la muestra que Donald Trump sería el presidente más sobrevalorado de todos los tiempos (en respuesta a lo que el recién asumido primer mandatario de los Estados Unidos dijo en relación con la enorme actriz Meryl Streep). También opinaron de manera similar las estrellas que pasaron por el festival (Diego Luna, Stanley Tucci, Richard Gere y siguen las firmas), en un impulso del que solo el presidente del jurado, Paul Verhoeven, supo abstraerse (al menos en lo discursivo, al decir que él propondría premiar las películas por sus bondades intrínsecas y no por su mensaje político). Más allá de los demagógicos discursos, emitidos con un ojo puesto en la tribuna, lo más llamativo tiene que ver con cómo los cambios impactaron no sólo en el mercado que tiene lugar coetáneamente al festival, sino hasta en la selección de este año de la Berlinale. La conjunción de estas últimas circunstancias puede ser un indicador de lo que nos espera para el futuro.

En lo que hace al mercado, lo del “enemigo común” tiene que ver con el hecho de que, de manera indirecta y en algún punto paradójica, el nuevo estilo salvajemente egocéntrico e imperialista de la gran potencia mundial ha tenido como consecuencia un mejor posicionamiento del cine europeo y hasta de las pequeñas empresas más relacionadas con el cine arte. Es que, por una parte, las propias compañías norteamericanas, teniendo en consideración que el mundo de la cultura (más allá de que por esas tierras se refieran a ellas como “entretenimiento”) ha planteado claramente su oposición al avance de estas nuevas-viejas políticas. Así, no sorprende que el alicaído mercado europeo haya marcado nuevos récords en relación con los números relacionados con compras y ventas de películas (MGM pagó 17,5 millones de dólares por los derechos de distribución mundial de la película Fighting with my family, con el cada vez más estelar Dwayne-The Rock-Johnson). Además, ya no existe el prejuicio que antes despertaban las operadoras de otro tipo de plataformas: Amazon y Netflix se mueven a sus anchas generando proyectos, haciendo películas y distribuyéndolas en todo el globo.

Por otra parte, no puede dejar de señalarse que estos cambios han tenido lugar justamente en el momento en que se encuentra cerca de finalizar el acuerdo por cinco años firmado con el otro gigante del cine (en constante crecimiento, como lo venimos señalando en estas páginas desde hace años). Ese otro gigante no es otro que la China, cada vez más potente también en este ámbito, cuyas cuotas de importación y distribución de cine extranjero estaban próximas a perimir (lo que acaeció a fines de febrero). Las entonces vigentes eran fruto del acuerdo firmado en 2012 por los entonces vicepresidentes de EE.UU. Joe Biden y China, Xi Jinpig. Pero en ese momento China tenía una taquilla de 2000 millones (2012) y ya en 2015 se había más que triplicado, para superar los 6.400 millones. Es por eso que el momento es perfecto para volver a pensar con quién se negocia y, sobre todo, con quién se acuerda. El nuevo escenario ha tenido un efecto claramente positivo en relación con el cine más mainstream que se realiza en Europa (por ejemplo, la factoría de Luc Besson, generadora de productos comerciales que ya desde El perfecto asesino, Nikita o El transportador pretendían competir con EE.UU. con sus mismas cartas y en su propio territorio), pero también en lo que tiene que ver con las pequeñas casas de arte y ensayo, que podrían ver multiplicados sus ingresos por el apoyo del gigante asiático.

La lucha está así planteada. El avance de Trump como elefante en un bazar ha generado un fuerte reagrupamiento de fuerzas. Veremos si esta unión nacida del espanto antes que del amor puede mantenerse en el tiempo.

2. La competencia (United Colors of Berlinale).

Ya lo hemos dicho hasta el cansancio: la propia idea de competencia, en términos cuasi-deportivos planteada entre productos culturales es una mentira, una contradicción que aceptamos porque tiene que ver con el marketing y los requerimientos del aspecto comercial del cine. Aun en ese contexto, la sección competitiva de este festival suele ser particularmente despareja (en el mejor de los casos, ya que muchas veces es directamente indefendible). La selección de las películas tiende más a contentar a los cinco continentes, a los distintos colores y gustos, a poner el foco en los asuntos sociales, políticos o culturales que estén en el tapete en el año en cuestión que a prestar atención a valores cinematográficos.

Así, no sorprende el bajo nivel del conjunto de la Competencia Oficial de la 67° edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. La propia selección de la película de apertura resulta inexplicable si no se atiende a motivos extra-cinematográficos. Es que, en lo que a este aspecto se refiere, poco hay de interesante en el básico biopic que hace foco en unos momentos específicos de la vida del guitarrista y compositor Django Reinhardt. La película Django, del hasta ahora guionista Etienne Comar (De hombres y de dioses, Mon roi) nunca posee el ritmo que sí tiene el hot jazz en el que brillaba el músico, y casi que parece preferir el Requiem final -más cercano a la música sacra y que también compuso- con el que cierra la narración. Lo que realmente importa al realizador (y a la propia Berlinale, sin dudas) es el hecho de que Reinhardt fuera gitano, y por eso centra la acción en Francia durante la ocupación nazi. Y allí se devela el misterio: esta es la películas que reflexiona sobre el rol de los artistas frente a un régimen totalitario. ¿Queda claro? Se puede compartir la idea y hasta aplaudir el hecho de que desde el mundo del arte se resista cualquier tentación autoritaria; eso sí de cine, poco y nada. Y más triste aún en este caso: de música tampoco.

Menos defendible todavía es la presencia en este sitial privilegiado de The dinner, del realizador israelí afincado en New York Oren Moverman. Se trata, como la película italiana de 2014 estrenada hace muy poco en nuestro país con el título Nuestros hijos, de una nueva adaptación de la exitosa novela del holandés Herman Koch. Si la versión peninsular ya era explícita y concentrada en la necesidad de dejar en claro su “mensaje”, la mirada hollywoodense sólo añade pirotecnia y multiplica la bajada de línea, al tiempo que la hace aún más crasa y explícita. Si esta película logró estar en un lugar tan relevante, seguramente se debe a dos circunstancias: la primera, servir de excusa para que estrellas reconocidas como Richard Gere, Laura Linney o Steve Coogan recorriesen la alfombra roja; la segunda por cuanto, entre los múltiples añadidos de este pasticho, hay una idea muy evidente de re-pensar la historia estadounidense. Así, el avance de la intolerancia en los jóvenes, la exploración de sus razones y el cruce de esta búsqueda con el buceo en las raíces de la potencia imperial conforman un combo en el que poco importa que  la película sea horrible; lo importante es “El Mensaje”.

En ese contexto, conforme lo hasta aquí dicho uno podría pensar que el jurado presidido por Verhoeven e integrado por  Dora Bouchoucha Fourati, Olafur Eliasson, Maggie Gyllenhaal, Julia Jentsch, Diego Luna y Wang Quan’an no estuvo tan mal en otorgar el Oso de Oro a la película húngara On Body and Soul (Testről és lélekről), de Ildikó Enyedi. Una película menor, con algo de humor fuera de época (remedando en algo el deadpan de la uruguaya Whisky), pero lo cierto es que resulta incomparable con las indiscutibles dos mejores obras de la muestra. Lo que comienza con la observación de un mundo extraño y extrañado, el de un matadero en el que el arribo de una nueva inspectora de calidad puede cambiar las reglas, troca en historia de amor imposible entre dos seres que no pueden ser más excepcionales, atípicos, freaks. Del interés por el clima inquietante y los lugares desconocidos a la típica historia buenista en la que las disfunciones físicas o mentales siempre esconden secretos positivos, habilidades superiores. De Mejor imposible para acá hemos visto esta película un centenar de veces (y muchas veces en versiones menos sobre-escritas y predecibles).

Por su parte, el Gran Premio del Jurado para Félicité, de Alain Gomis, puede leerse como una manera de cumplir con el perenne requerimiento de corrección política de la Berlinale (su historia de una cantante en Kinshasa que lucha por la salud de su hijo funciona perfectamente a esos efectos).

Los “premio consuelo” del jurado oficial fueron el de Mejor Dirección para Aki Kaurismäki por The Other Side of Hope (que en una charla con la televisión de su país dijo que se retiraría del cine, y que esta vez eso iba en serio) y el de Mejor Actriz para Kim Jinyoung, protagonista de la genial On the Beach at Night Alone, de Hong Sang-soo. Estas sí fueron las excepciones en la competencia oficial, las que hubieran merecido el premio mayor y quizás las únicas que recordaremos con el paso del tiempo. Es que en el conjunto de insulsas y mediocres producciones, puntuado por horribles artefactos como los antes mencionados, sólo Bright Nights, de Thomas Arslan (premio al actor protagónico), la chilena Una mujer fantástica, de Sebastián Lelio (director de la también inolvidable Gloria que se llevó aquí el premio al mejor guión) y la portuguesa Colo, de Teresa Villaverde pueden aspirar a formar parte por derecho propio de una selección que contiene películas como las de Kaurismäki y Hong.

El Premio Alfred Bauer para Pokot (Spoor), de Agnieszka Holland da cuenta de la inexplicable persistencia de una cierta tendencia en el cine europeo, al tiempo que la mención especial por la Contribución Artística a Dana Bunescu, por la edición de la película rumana Ana, mon amour, de Călin Peter Netzer, nos encuentra con un potente melodrama que, si bien brilla en sus actuaciones y tiene momentos logrados, cae en un grueso psicologismo que puede hacer pensar en algún éxito entre el público porteño.

En definitiva, no puede decirse que haya habido sorpresas, en tanto los directores más esperados por los cinéfilos fueron los que estuvieron a la altura de las circunstancias. El coreano Hong Sang-soo entregó su última película, On the beach at night alone tras llevarse el premio mayor como director en San Sebastián el año pasado por Yourself and yours, una realización muy por debajo de su previa Right now, wrong then. Hong es un director único que cada vez va estilizando más su idea del cine; es capaz de transitar senderos argumentales en apariencia similares, quedándose con personajes que pueden mutar en la deriva narrativa; y eso tiene que ver con que, cada vez más, juega a la manera impresionista con el relato. En este caso, la protagonista ha vivido en Alemania un tiempo (en el capítulo I) y vuelve a Corea, a encontrarse con amigos y poder (o no) trabar algún tipo de relación. El viaje para compartir la vida con un hombre casado, los arranques de ira y un hermoso sueño en la playa conforman una narración de una sensibilidad y una belleza abrumadoras, difíciles de traducir en una breve reseña. Esta es quizás su película más sentida y triste, en las antípodas de la luminosa Our Sunhi (2013), pero no por ello menos bella y encantadora.

Como adelantamos, el otro grande que cumplió con creces fue el finlandés Aki Kaurismäki (La vida bohemia, Juha, Un hombre sin pasado) con The other side of hope. El humor seco y asordinado y los colores fuertes estallan en un mundo que parece quedado en algún punto entre los cincuentas y los sesentas del siglo pasado. Pero la temática es bien contemporánea y tiene que ver con la inmigración y las restricciones actuales a ciertas libertades en todo el mundo. Sin ser discursiva, la película conecta perfectamente con el presente y con la necesidad del mundo de la cultura de curarse en salud frente a la aparente amenaza que el presidente Trump representa o simboliza. Antes de conocerse el palmarés, esta película pintaba como la opción “de manual”. Desgraciadamente, la decisión fue otra.

3. El pasado presente.

Si bien las películas de Hong y Kaurismäki bastarían para justificar un festival por sí solas, quedarse sólo en la selección oficial (más allá de que, fuera de competencia, hubo un puñado de muy buenas películas como las ya estrenadas en estas tierras Logan y T2 Trainspotting y El bar, de Alex de la Iglesia) es un error imperdonable para cualquiera que se acerque al Festival de cine de Berlín. Uno puede disfrutar de la Berlinale sin ver siquiera una película rodada y estrenada en este siglo. Es que, entre homenajes, retrospectivas y recuperaciones la oferta del “cine del pasado” es tan amplia como tentadora.

En la sección Berlinale Classics pueden encontrarse propuestas tan disímiles como Annie Hall (conocida en Argentina como Dos extraños amantes, película con la que Woody Allen tuvo la oportunidad de acercarse a una popularidad masiva), la israelí Avanti popolo (de Rafi Bukaee) o la mexicana Canoa (Felipe Cazals), el germen de todas las películas de zombies, La noche de los muertos vivos de George A. Romero o Terminator 2 (de James Cameron) en su versión en tres dimensiones. Podemos corroborar, además, la obsesiva perfección que exuda toda la obra de Stanley Kubrick, así como su falta de corazón, al acceder en el gran formato, restaurada y digitalizada en 4K, a Barry Lyndon, presentada como parte del homenaje a la diseñadora de moda y vestuarista Milena Canonero (en una sección que incluyó de La naranja mecánica a Gran hotel Budapest). Muchas veces es el tiempo el que determina el verdadero valor de un clásico ya que no siempre los reconocimientos llegan en el momento del estreno. Pensemos -para salir de esta muestra- en películas como Volver al futuro, de Robert Zemeckis o Titanic también de Cameron): éxitos de público pero que fueron consideradas por la crítica mayoritaria, en su momento, como obras menores, productos comerciales sin posibilidad de soportar la prueba del calendario. Ni el éxito popular constituye un demérito para un film, ni el fracaso implica el directo pasaje a la categoría de película maldita. Es el tiempo el que determina cuándo los valores son verdaderos y, por lo tanto, resisten el paso (y el peso) de los años.

Si esta categoría de clásicos importa un porcentaje tan acotado de la enorme producción mundial de cine, el asunto es incluso un poco más restringido y espinoso en el territorio de la ciencia ficción. Adormecidos como estamos por la explosión y perfeccionamiento de los efectos especiales, resulta difícil (sobre todo para las nuevas generaciones) acercarse a este género cuando la gélida perfección del digital no está presente. No todos logran descubrir esa obra maestra escondida detrás de las locaciones de cartón pintado y los monstruos o alienígenas de goma espuma. El terror y la ciencia ficción son, en ese sentido, géneros malditos. Pero eso no es óbice para la Berlinale, que programó la sección “Futuro imperfecto” con la deliberada intención de no incurrir en aquel prejuicio y consiguiente injusticia. Afirmar que 2001: odisea del  espacio de Stanley Kubrick una película a la que hay que prestarle atención constituye a esta altura casi un lugar común. Que Alien, el octavo pasajero, de Ridley Scott ha marcado el cine durante unos cuantos lustros, es una idea que ya tiene algo más de detractores. Pero recuperar, como lo hace la Berlinale, películas como Dark city (Alex Proyas) o Kamikaze 1989 (Wolf Gremm), junto a las más reconocidas La invasión de los usurpadores de cuerpos (Don Siegel) o Cuando el futuro nos alcance (Richard Fleischer) es una osadía que se agradece. Poder ver estas últimas en fílmico, junto con la inolvidable Encuentros cercanos del tercer tipo (Steven Spielberg), una verdadera fiesta. Además, no han de ser pocos los que, avalados por el sello de calidad del festival, se acercarán a estas películas; ni pocos los que ahora les “descubran” algunos méritos que antes ignoraban o no sabían apreciar.

Entre los momentos más hermosos del festival, tres se lo debemos a esta sección. El primero, descubrir de manera completa La invasión de los usurpadores de cuerpos, ya que -hasta ahora- el formato televisivo nos había ocultado el ancho de la pantalla panorámica, dejándonos en un censor fuera de campo dos tercios de las imágenes. El segundo, poder ver, proyectada en sus originales 70 mm, la película de la República Democrática de Alemania de 1972 Eoloma, una fiesta en la que caben la acción y el humor (a veces involuntario) de un protagonista que nos lleva a imaginar las aventuras de Sandro en el espacio. El último, asistir a esa obra maestra absoluta que es la incompleta (por los efectos de la censura) Na srebrnym globie, de Andrzej Zulawski, filmada en 1978 pero estrenada en 1989 en razón de las dificultades y prohibiciones que no pudieron con esta película que adelanta y explica casi todo el cine de ciencia ficción que pudimos ver desde la década del 80.

4. Forum siempre es un remanso.

            Aun cuando siempre hay que acudir al “beneficio de inventario”, la selección más arriesgada y mejor curada de la Berlinale (al menos proporcionalmente, porque siempre hay que bucear por todas las secciones) es Forum. La película con la que se abrió este año la sección fue Casting, de Nicolas Wackerbarth, que vuelve sobre  Las lágrimas amargas de Petra von Kant, de Fassbinder, con el pretexto de la filmación de una remake para la televisión. Más que una reversión, el acento se pone en el pretendido casting para hacerla de nuevo. Lejos del original (no podía ser de otra manera), de todos modos los duelos actorales, los juegos de poder y la tensión sexual funcionan e incomodan.

En el marco de lo solamente interesante o parcialmente logrado, también cabe señalar a Barrage, de Laura Schroeder, cuyo mayor acierto tiene que ver con la elección de Isabelle Huppert como tutora de una niñita a la que obsesivamente pretende entrenar para competir jugando al tenis. Luego, la estridente historia de reencuentro familiar (o de posible reencuentro, o de su búsqueda) abunda en  lugares comunes de familias disfuncionales. También llama la atención Werewolf, de Ashley Mc Kenzie, y su cámara que sigue en primer plano a una pareja que se desespera por la metadona, droga que supuestamente la alejará de productos más fuertes y peligrosos. Aunque por momentos linde con la explotación y hasta el miserabilismo, la proeza del film es la de generar empatía con personajes tan ajenos, distantes, en algún punto, feos. De Simulation, de Abed Abest sólo nos interesó la estilización de los espacios y la teatralidad de una puesta que elude todos los clichés de lo que usualmente se muestra como arquetipo del cine iraní. Es que, en definitiva el tono de las actuaciones y la construcción de los espacios un poco a la manera en que Lars von Trier lo había hecho en Dogville terminan en un vacuo ejercicio de estilo.

De lo mejor de Forum (de lo que pudimos ver, al menos): (1) Strange birds,  de Elise Girard: amour fou y acercamiento tan amoroso como excéntrico al mundo y las medidas de acción directa con voluntad revolucionaria. El interés por los libros y la mirada ácida sobre la actualidad corren lo límites del humor hasta llegar al sinsentido. (2) El teatro de la desaparición, de Adrián Villar Rojas: un viaje por distintos lugares del globo, en una búsqueda que por momentos recuerda a Homo sapiens, de Nikolas Geyrhalter y El auge del humano, de Teddy Williams. Las tres partes del film tienen una estética diferente, que jugando con la cámara en mano la primera y la tercera, centrándose más en los planos fijos la segunda. (3) The Tokyo night sky is always the densest shade of blue, de Yuya Ishii, indagación sobre la mirada y la subjetividad que hace foco en una enfermera (que en algún momento, para conseguir algo más de dinero trabaja en un bar/club nocturno) y un joven albañil que puede ver sólo con uno de sus ojos. El juego alternado entre el impresionismo y el expresionismo encaja perfecto en la libertad temática y formal de la película (que incluye hasta momentos de animación). (4) Adiós entusiasmo, de Vladimir Durán, en la que los personajes van apareciendo en la pantalla, extendida horizontalmente en un formato súper-panorámico que resulta perfectamente funcional a lo que se narra. Los hermanos, los amigos, todo parece normal, pero esa imposibilidad de abarcarlos de manera completa en los primeros planos (por el formato de la pantalla) va enrareciendo la deriva, que también se extraña en lo temático ya que la madre de la familia se encuentra encerrada en un cuarto, del que nunca sale. El fuera de campo, lo elidido, lo no dicho pesan tanto como lo que vemos en pantalla, una coreografía cargada de un particular humor, que en algún punto recuerda al Buñuel de El ángel exterminador.

5. Otros mundos. Despedida.

            La sección Panorama es la más extensa del festival. La cantidad de propuestas es enorme y ciertamente despareja. Pero siempre hay que mirar con cuidado porque allí también pueden encontrarse obras dignas de atención. Habría que dejar de lado (como no lo hicimos nosotros) esa parte de la selección que tiene que ver con el cumplimiento de las reglas implícitas del loteo de intereses que obliga a cumplir con ciertas obligaciones (pretendidamente morales, políticas o económicas) y así evitar films como Ciao ciao, de Song Chuan y The taste of Betel nut, de Hu Jia (producciones chinas, muy menores, en las que sólo sorprende el acento en el componente sexual de las historias). Pero, más allá de esa parte de la selección, siempre hay puntos de interés, como lo tiene la fallida The Misandrists, de Bruce LaBruce. Para quienes no terminamos de entender o disfrutar del cambio de rumbo iniciado con Gerontophilia (2013), esta nueva película sumará otra (parcial) desilusión. El alejarse de la explicitud y la salvajada, el poner todo el acento en el discurso, por inflamado, ácido y desenfrenado que sea, termina en producciones que no poseen la fuerza de los años mozos. Para quienes escriben estas líneas, lo mejor del director canadiense son las películas anteriores a The Raspberry Reich (2004). Sin embargo, aunque el tiempo pase para todos, no podemos dejar de ver con interés cada nueva obra del querido LaBruce.

Eso que en The misandrists está en el guión, en el excesivo vómito de palabras, en Pieles, de Eduardo Casanova, está en la acción y en la imágen. El kitsch que explota la pantalla en rosas y lilas es el territorio que habitan personajes marcados por las deformidades y mutaciones. La ausencia de límites (témáticos o formales) posee el desparpajo del productor de la película Alex de la Iglesia, mas no su misantropía. El humor a veces guarro puede ser muchas veces salvaje, pero nunca carece de cariño hacia los protagonistas de la película.

El recorrido por el Festival de Berlín es siempre subjetivo, parcial, personal. La enormidad de su propuesta hace que uno pueda acceder a un porcentaje ínfimo de su selección, si se intenta apartar en algo del sendero marcado por la competencia oficial. El premio para los arriesgados vale la pena: la Berlinale es una muestra rica y heterogénea, contradictoria y vital, siempre amable en la diversidad. Año a año nos pasa lo mismo: quedamos en minoría frente a lo que ya parece una costumbre, esa de caerle con todo a este festival. Críticos como somos respecto de algunos de sus apartados, allí queremos estar nuevamente en febrero de 2018, para disfrutar de uno de los encuentros más felices del calendario anual de festivales.

 

 

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