Wakolda

Argentina/Francia/España/Noruega, 2013, 93’

DIRECCIÓN
Lucía Puenzo

GUIÓN
Lucía Puenzo

INTÉRPRETES
Àlex Brendemühl, Natalia Oreiro, Diego Peretti, Florencia Bado.

Vivir para contarla
Por Josefina García Pullés

Wakolda habría sido una gran película si no se hubiera puesto a jugar con muñecas. Y es que su directora suele hacer eso, distraerse con muñecas, zanahorias, pescados o cuanta metáfora le siente bien al tema en cuestión. Ya desde el título esta película anuncia una especie de metáfora. En el cine de Puenzo, las metáforas son distracciones (bastante feas, de paso) que debilitan sus guiones, vuelven sus películas demasiado flacas y, a su vez, las llenan de una sinuosidad innecesaria, enemiga de sus historias. Todas esas vueltas –que en Wakolda están bastante más que en XXY y mucho más que en El niño pez–  ocultan el verdadero talento, y el provechoso trabajo, de la directora: en este caso, Wakolda es un relato fuerte oculto bajo una sobrecarga de líneas narrativas (y, de nuevo, metáforas) que lo hacen esfumarse todo el tiempo. Es que Puenzo se preocupa tanto por que nosotros captemos el “significado” de lo que ella nos quiere decir, que se olvida de que está haciendo una película. Y cuando se acuerda, no sólo el personaje principal abandona el relato sino que la película se termina.

Ahí en el medio, entonces, nos deja a nosotros, haciendo dedo en las rutas del sur argentino, todavía esperando (cuando, después de tanto paseo, por fin llegamos a la película propiamente dicha) ver qué pasa con la vida de esa familia, con esos chicos-experimento, con esa comunidad filo nazi y con esa espía israelí que descubre a Mengele (Brendemühl) acá en la Argentina. Pero no, la película termina. Y sí, algo nos dicen después unos títulos al final, pero estuvimos una hora y media mirando a Natalia Oreiro con cara de sufrida como para que la película nos deje sin nada y quiera compensarlo con unas leyendas al final.

Es que Wakolda es el resultado de una directora que confió demasiado en la gran historia que tenía para contar pero que, en el camino, se olvidó de contarla. Puenzo invierte tanto tiempo en cuidar cómo contar lo que quiere contar que, al final, se la pasa merodeando por mil opciones narrativas que son puro condimento. Entonces, la película se le escapa. Y es que el relato merodea tanto entre la confección de muñecas, los obsesivos dibujos y planos, el colegio alemán, el idioma alemán, el bullying “alemán” y la casa de al lado, que no alcanza a darle vida a sus personajes (principalmente a los adultos). Y si ellos no están emocionalmente vivos, es muy difícil ver su dolor. Entonces la atroz prueba científica de Mengele –quien experimenta con la hija y con uno de los mellizos por nacer de la pareja protagonista– queda como en segundo plano. Porque Àlex Brendemühl logra, a pesar del empeño que pone la película en impedírselo, que Mengele tenga el peso dramático exacto. Sin embargo, el relato no consigue que la relación de ese personaje con quienes lo rodean exceda lo puramente individual. En Wakolda hay solamente unidades: una madre, un padre, una hija, un hijo, un médico, un preceptor, un colegio, una hostería… la relación que se establece entre todas esas cosas está perdida, es invisible en la película. Entonces, el gran personaje que construye Brendemühl –un Mengele impecablemente asqueroso, obsesivo y siniestro– parece estar jugando solamente consigo mismo. Y, justamente, el mayor desafío que plantea esta historia no es que captemos o analicemos la esquizofrénica idea de modelar seres humanos, sino que veamos la interacción de esa locura con las personas (en este caso, puntualmente con una determinada comunidad).

Pero el retrato de esa interacción se ausenta en todos los rincones de esta película a excepción de uno: el rincón de los niños. Ellos (y, quizás más de lejos, Elena Roger) son lo mejor que tiene esta película. Ellos llenan espacios que, de otro modo, habrían quedado vacíos. Ellos son los únicos personajes que viven mientras les pasa (a su familia, a su comunidad, a sus amigos) eso de que alguien les trastoque la existencia. Son ellos los mejores personajes de Wakolda porque son los únicos que alcanzan a encarar el peso de la interacción entre la inocencia y la locura criminal. Y no, no tiene que ver con que “son chicos y entonces todo parece peor”; tiene que ver con que ellos son los únicos personajes que tienen vida (y emoción, que es lo mismo) en la película. Solo en ellos se materializan los efectos de la interacción cotidiana con Mengele; los chicos nos hacen ver y sentir la perversión de ese médico. Lilith –debutante y perfecta Florencia Bado, un verdadero hallazgo que hace actuar hasta a sus dientes– cuya ciega confianza e inmensa admiración hacia el médico es tan extrema que, desde el inicio, se vuelve atroz (verlos juntos da escalofríos una y otra vez). Sus hermanos y vecinos, quizás más de costado, también hacen lo suyo: su adaptación al nuevo contexto y su forma lúdica de vivir esa transición (incluso la del hermano adolescente) logran que Mengele resulte mucho más retorcido en su interacción con ellos que con los adultos, embarazados o no.

A pesar de todo esto, el último largometraje de Lucía Puenzo –basado en una homónima novela de la directora– tiene rudimentarios esbozos de algo interesante. Porque el cine nacional que se aleja de las propuestas del Nuevo Cine Argentino, ese cine neoclásico del que habla Diego Lerer en su nota sobre esta película en micropsia, podría haber tenido un camino en Wakolda. “Podría”, pero el cine del cuentito aquí no lo logra, se queda trunco porque no sabe contar una historia sin perderse en cómo contarla y, por las dudas, correr a sobrecargarla de significados. Y claro que no solo es importante el argumento, pero este cine no podrá contar nunca nada si no decide, primero, qué es lo que quiere contar y, después, simplemente sale a contarlo.

Nota de El Amante 256

http://revista.elamante.com/numero/256/

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