Voley
voley

Mal ejemplo
Publicada originalmente en El Amante #271
Por Maia Debowicz

Atención: se revelan el final y un dato crucial del argumento

En la breve filmografía de Martín Piroyansky, como buen autor, habita un gran tema: el amor. El amor como una pintura abstracta, con manchas amorfas que escapan a la figuración, y a todo terreno conocido. Porque, en definitiva, el amor es tan difícil de comprender como un cuadro de Basquiat. Por eso Piroyansky habla de lo que sí conoce: las relaciones. Relaciones que nacen desde las incontables expectativas, mutan, mueren, renacen, y vuelven a morir desangradas por el veneno de la desilusión. Despedidas y bienvenidas, como un aeropuerto gigante gobernado por emociones desbordantes donde los vínculos se rompen o se reencuentran. Así es como llegamos al segundo gran tema de la filmografía de Piroyansky: los viajes. Los viajes externos y los viajes internos. En No me ama (2009), su maravilloso cortometraje, los protagonistas viajan a Colonia, Uruguay; en Abril en Nueva York (2012), los protagonistas viven en la Gran Manzana de manera transitoria; en Voley, los protagonistas se mudan unos días a El Tigre para recibir el año nuevo. No es casualidad que convivan esos dos temas, porque el amor también es una forma de viaje. Una forma de viaje a destinos inciertos para descubrir nuevas costumbres. Piroyansky dibuja, en cada uno de sus trabajos fílmicos, mapas para que sus personajes puedan recorrer como turistas el paisaje visitado. Sea en bicicleta, caminando o en alfombra mágica. Y los personajes siempre pierden el rumbo, porque los mapas son tan difíciles de comprender como el amor.


Ni un pedo de tonto

Wim Wenders decía que había dos maneras de hacer una película: la primera reside en tener una idea firme para luego ser expuesta en la película. La segunda, en cambio, consiste en construir la película para descubrir lo que se quiere decir. Piroyansky probó ambas formas. Su cortometraje No me ama encaja en la primer fórmula, ya que toda la narración persigue ese golpe final bordeando los límites de la publicidad. Abril en Nueva York y Voley responden a la segunda manera de hacer una película, por eso son sus trabajos más vitales. Voley repara todo lo que fallaba en Abril en Nueva York, como si su anterior película hubiera sido un ensayo para filmar su mejor obra. Pero, más allá de los defectos y aciertos de sus trabajos, lo importante es que su segundo largometraje refleja, como un vidrio de huesos pequeños, su evolución como cineasta. Desde lo formal hasta lo narrativo. No me ama es una historia de amor, Abril en Nueva York una histeria de amor, y Voley una historia de desamor. Los tres trabajos se tocan por todos lados, pero la evolución más significativa de Piroyansky radica en que en su cine hay cada vez más preguntas y menos respuestas, porque la curiosidad es el camino a la sabiduría. Y, a diferencia de Abril en Nueva York, Voley no necesita del peso dramático para hablar de temas importantes, porque la comedia es tan enorme y poderosa como las hormigas radioactivas de Them!, y Piroyansky sabe, como actor y director, que un gag puede ser más vigoroso que cien mil lágrimas. Lo más valioso es que entendió, como nadie, cómo funciona el humor de la Nueva Comedia Americana y de qué manera puede adaptarse a una película argentina. Desde el ritmo hasta la pasión por los pedos. Voley basa el estilo de comedia en dos ejes: el humor escatológico y el gag impredecible, chistes que, como en el cine de Todd Phillips, amenazan con aterrizar en una esquina pero, finalmente, caen en la opuesta. Como salidos de una película de Apatow, los protagonistas de Voley (hombres y mujeres) hablan de vulvas, pitos y diarrea con naturalidad. Como debe ser. Pero, además, lo hacen con gracia, como si esas palabras, tantas veces discriminadas, danzaran como bailarinas clásicas aéreas cuando salen despedidas de sus bocas. “El problema es que nada puede interponerse en el camino de la risa”, dijo una vez Woody Allen. Piroyansky le otorga un lugar privilegiado a cada chiste, como si fueran actores que se paran delante de cámara para dejar sus vidas en esa interpretación. Eso es dominar la comedia.

Desbarrancar para madurar

Las virtudes de Voley son muchísimas (el montaje para acentuar los chistes, la utilización de los planos secuencia para las escenas de sexo, el ritmo vertiginoso, el uso expansivo del espacio) pero una de las principales es la estructura de los personajes: un puñado de seres humanos que no tienen vergüenza de desnudar toda su miseria. Lograr que personajes tan amorales provoquen empatía, y hasta cariño, en el espectador no es tarea fácil. Piroyansky los presenta con toda su podredumbre, pero con tanto afecto hacia ellos que es imposible juzgarlos. Sobre todo al personaje interpretado por el propio director. Nicolás es la antítesis del personaje interpretado en No me ama: se mueve respondiendo las órdenes de la cabeza de abajo, mientras que Martín era esclavo de la de arriba. Una de las escenas más hermosas de ¿Cómo saber si es amor? sucedía cuando Matty (Owen Wilson) reparaba en que estaba enamorado de Lisa (Reese Witherspoon): de un momento a otro, porque sí, se reía espontáneamente como si se hubiera acordado de una travesura. Enseguida se asusta y le pregunta a un compañero del equipo cómo sabe que está enamorado. “Cuando me pasa ya sé que estoy frito. Sé que estoy enamorado de alguien cuando uso condón con las otras chicas”, le contesta a Matty. No hay mejor respuesta que esa, ya que estar enamorado significa, entre otras cosas, que, de repente, el resto del mundo se ve chiquito y hasta feo al lado de esa persona que se volvió más bella de un día para el otro. Ese fenómeno es el que sufre (y goza) Nicolás cuando descubre que, a su pesar, se enamoró de Manuela (Violeta Urtizberea), la novia de su mejor amigo. Al Homo Sapiens, porque, como dice Manuela, Nicolás se quiere coger a todo lo que camina, le ocurre lo mismo que le sucedía a Lisa con George (Paul Rudd): al principio, Manuela le parecía una tonta, y ahora todo le parece tonto menos ella. Porque eso es el enamoramiento. Piroyansky es tan valiente como director que elige un final piadoso por sobre uno feliz, haciéndole honor a esa extraordinaria frase de Vonnegut que dice que el mundo necesita menos amor y más amabilidad. Cuando parece que todo está perdido en esa isla donde acontecieron tsunamis y terremotos, se hace presente otro tipo de amor: el de la amistad. Pilar (Inés Efrón) va en busca de Nicolás para hacerle compañía a su tristeza, como hacía Beth con Coop en el desenlace de Wet Hot American Summer cuando Andy se quedaba con su novio en vez de con él. Ya lo decía la madre de Violet en The Five-Year Engagement : “Uno supone que todo va a salir como en una comedia romántica de Tom Hanks. Pero el triste hecho es que la mayoría de las relaciones acaban como Rescatando al soldado Ryan o Filadelfia

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