Tres anuncios por un crimen
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Por Gustavo Noriega

Tres anuncios por un crimen me parece una gran película. Al menos, es una película diferente. ¿En qué se diferencia del cine que vemos habitualmente? Por un lado, se encarga sistemáticamente de defraudar las propias expectativas que genera. Apenas comienza la película sabemos que el personaje interpretado por Frances McDorman está furiosa con la policía local porque el asesinato –previa violación– de su hija, sucedido hace varios meses, aún no tiene un solo detenido. Señala como culpable a Bill Willoughby, el jefe de policía interpretado por Woody Harrelson. Dado el estado de las cosas en Hollywood –y en el mundo– cabía esperar que Tres anuncios mostrara la lucha heroica de una mujer sola contra el sistema corrupto, misógino y racista. Sin embargo, las certezas se disuelven. Willoughby parece ser, por lejos, la mejor persona del pueblo. Y los motivos por los cuales no hay ningún detenido suenan razonables. En realidad el policía racista y misógino es otro, Dixon (Sam Rockwell). Sin embargo… la película irá para otro lado, una y otra vez.

La fuga constante de las expectativas del espectador está relacionada con lo más fascinante que tiene Tres anuncios: la relación libre que establece con lo que llamamos la realidad. Por un lado, como dijera André Bazin, el cine está condenado a ser una máquina de capturar la realidad. La materialidad de los actores, la naturaleza, el universo, todo es registrado y arrebatado al río del tiempo. El cine es, por definición, realista. En ese sentido, Tres anuncios es baziniana como la mejor película y es en el rostro de su actriz principal donde se esculpe mejor la traza del tiempo. Ahora bien, si tomamos por “realidad” un sentido más vulgar, politizado, como jerga universitaria progre, entonces decimos que el cine no está condenado a rendirse ante ella. De hecho, las películas tienen la posibilidad de liberarse de esa realidad y construir un mundo propio. No me refiero al mundo de la fantasía o de los superhéroes solamente, en donde las leyes de la física están momentáneamente subvertidas, sino al hecho más llano de que una película puede renunciar a los condicionantes sociales inmediatos, los mandatos culturales de moda y más aún, a las restricciones de la “verosimilitud” y de lo que resulte razonable en una historia.

En Tres anuncios, los personajes pueden cambiar 180 grados sus convicciones gracias a una carta dirigida hacia ellos. La redención de los personajes más repulsivos está a la mano de la voluntad del guionista. Pero para que ese cambio no nos choque, el director tiene que haber imbuido a ese patán de una gracia interior que está esperando un mejor momento para manifestarse exteriormente.  Un suicidio puede ser una escena terrible pero también graciosa y conmovedora. Un personaje puede recibir una salpicadura de sangre e invertir en ese momento su carga de odio para condolerse de la manera más profunda (claro, para que eso funcione, incluso dentro de ese universo autónomo que construye la película, se requiere una actriz extraordinaria como Frances McDormand). La libertad con que está hecha la película permite que las casualidades sean aceptadas como plausibles, integradas a una trama que, de todas maneras, nos dejará una y otra vez en proceso de reubicación.

La libertad narrativa de géneros y de tonos que tiene la película la pone a un universo de distancia del cine testimonial que se viene imponiendo en Holywood. Esto no es Moonlight, Zelma ni 12 años de esclavitud. No hay castigos ni recompensas. La película se hace grande en un mundo cada vez más chico, en donde se confunde la vida de los actores con sus trabajos y los personajes con los encargados de encarnarlos. Ya encontré una nota en donde se pone en cuestión a la película utilizando el esquema crítico punitivista, en el cual el valor de una película está dado por la justicia que imparte a sus personajes (lean aquí). Es contra es mundo poco libre y pequeño que se recorta Tres anuncios mostrándonos que todavía es posible rebelarse ante los imperativos.

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