Sobre Hugo y Scorsese (Leonardo M. D’Espósito)
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Hemos llegado a un punto de inflexión interesante: después de que los tuertos capitanes de la industria nos repitieran chorlitamente que el 3D era lo que iba a salvar la pantalla grande, se estrena una película en 3D a) buena, b) sobre un personaje célebre, c) con dos realizadores huperfamosos, taquilleros y de culto detrás como Tintín -en 3D- y capota. En la Argentina metió menos de 200.000 espectadores, por debajo de cualquier cota para Peter Jackson o Steven Spielberg. De paso: si Tintín es buena es porque los personajes son muy divertidos, porque uno se cree todo y porque hay belleza en cada plano, se vea con o sin falso relieve.

No implica nada, o implica todo: el 3D per sé no es un una atracción para la taquilla. Como no lo fueron el sonoro o el color: en el primer caso, hubo films mudos que siguieron con altísima rentabilidad hasta bien entrado el sonoro. En el segundo, recién se volvió un estándar internacional después de la popularización del pésimo e inestable Eastmancolor a principios de los sesenta. En cuanto al 3D estereoscópico, existe desde que la fotografía es fotografía y, si no se aplicaba al cine, era porque las cámaras eran inmensamente grandes. Hoy la tecnología digital ha solucionado -en parte, sólo en parte- ese problema. Y no todas las películas en 3D tienen éxito: lo que sigue siendo imprescindible en todos los casos es que lo que veamos nos emocione, nos conmueva, nos hable del mundo desde la metáfora.

Veo Hugo y siento una enorme desazón. Pensé durante mucho -quizás demasiado- tiempo que Martin Scorsese creía sobre todo en la potencia dramática que combina al actor con la cámara, y no tanto en el truco o el aditamento decorativo. Pero ver Hugo me disuadió. Como un hebreo desesperado que necesita la llegada del Mesías y ser salvo,  Scorsese parece creer que sí, que el 3D es la continuación de lo que lleva a las masas al cine. El problema es que también cree que las masas van al cine solo porque no pueden distinguir el cine de lo real y aún -repitiendo una historia falsa, creada en su momento por un cronista francés- reacciona ante la llegada del tren a la estación de La Ciotat con susto. Scorsese sabía -uno cree que sabía- que el susto es un juego (se rió de ello en Cabo de Miedo, por ejemplo) y que el miedo es otra cosa (es el miedo al vacío lo que lleva a Travis Bickle al desesperado rescate de la putita, es el miedo lo que mueve a Jesús a bajarse de la cruz en La última tentación de Cristo). Con Hugo, una película plagada de inútiles -porque no tienen vínculo alguno con la trama- travellings tridimensionales, Scorsese nos toma por niños. Directamente cree que el cine es en realidad una versión un poco más sofisticada que una montaña rusa, un sueño industrializado.

Hay un momento, cerca del final, que demuestra que Martin Scorsese se ha vuelto un pedagogo cargoso y un prepotente con buenos modales: toma el célebre plano del cohete entrando en el ojo de la Luna del Viaje a la Luna de Méliès y no solo lo pinta -algo que seguramente tue así en alguna copia del original- sino que además lo coloca en 3D. El director, pues, dejó de tener fe en su talento,en la posibilidad de transmitir una visión del mundo propia, en la emoción y en lo humano para creer, converso, sólo en las posibilidlades de la tecnología. El cine -y el cine de Scorsese- valieron la pena cuando eran el fantasma en la máquina. Hoy solo queda la máquina, y el director aparece tocado de galerita en un plano pueril de su última película: es él, el creador y el inventor, el que se ha vuelto un puro fantasma. Por fin Scorsese se ha vuelto lo que siempre quiso ser: un propagandista de Hollywood. Aunque alguien debería recordarle que el Hollyood que él querría propagar hace más de medio siglo que no existe.

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