Sin hijos

Sin hijos
Dirección: Ariel Winograd

Basta de sermones
Por Fernando E. Juan Lima
Publicada originalmente en El Amante #273

Algunas objeciones

Las comedias que apuntan más claramente a cumplir con los mandatos genéricos de Ariel Winograd (esto es, tras su más personal ópera prima, Cara de queso), se apoyan menos en su contacto con la realidad que en el cine que parece gustarle al realizador. Si las comedias funcionan (o, mejor aún, cuando ellas funcionan) es porque compartimos ese gusto y gozamos de volver sobre determinados tópicos que nos llevan a ese disfrute propio de este género tantas veces menospreciado. En Mi primera boda y en Vino para robar ese era el mérito pero también el límite: no se trata de reflejos de la vida sino de reflejos de reflejos. Cine que intenta mirarse en el espejo de la comedia americana (la más clásica del presente, la menos contaminada por la NCA), los resultados sin embargo dependen menos de los logros de guiones que sólo parcialmente llegan a cumplir con los mandatos de precisión y velocidad que la imagen pretendida aconseja que de la química de los protagonistas y de un cierto savoir faire local que siempre termina por colarse.

Me había pasado con las dos películas anteriores y me vuelve a pasar en esta. Posiblemente sea de los menos entusiastas de la redacción frente a esta película que, ello no obstante, presenta unos cuantos matices a los que cabe prestar especial atención. Los avances frente a la adocenada y formalmente pobre Mi primera boda son notorios, y el humor da muchas veces más en el blanco (siempre, como en las demás mencionadas, cuando Piroyansky está en pantalla). Así, por ejemplo, algo se ha mejorado con las escenas de las fiestas, que aún así siguen siendo un problema en estas producciones: falta gente y se nota mucho la acumulación de extras –que ahora son  unos cuantos más, eso sí- haciendo como que están de joda. La pobreza de la puesta en escena lejos de causar gracia provoca una cierta tristeza. El ritmo, por lo demás, es desparejo y funciona claramente mejor cuando acude al nonsense o al disparate (el rap con que Piroyansky desnuda sus sentimientos hacia su hermano) por cuanto los cruces verbales no siempre tienen el filo que debieran (la velocidad no es una característica del decir de Peretti) y, cuando lo tienen, sobreviene luego una escena cargada de música, como si se necesitara del clip para recobrar el aliento. Por último, la niña protagonista resulta bastante excesiva, poco natural y su gracia merma cuando aumenta su incomodidad, posiblemente generada por el abuso de ese enfermo ¿jueguito? que pareciera indicar que los padres son los novios/esposos de sus hijas.

Releo lo antes escrito y esto suena más duro de lo que quisiera. En modo alguno la pasé mal con Sin hijos; es más disfruté de varios de sus chistes. Pero dado que mi entusiasmo es inferior al el de otros redactores de esta revista, a ellos les dejo abundar sobre sus méritos. He de quedarme en un solo aspecto que me resulta particularmente contradictorio, y en él podría radicar tanto el encanto como el resultado algo fallido en el momento del balance final. Veamos: que por estas tierras se decida intentar hacer humor con una mujer que no quiere tener hijos no es un logro menor. Y Winograd tiene la osadía de no presentarla de manera absoluta y lineal: el personaje que interpreta Maribel Verdú no es el ogro que la corrección política dispone (recuerdo la crítica de Marley y yo de Josefina García Pullés en esta revista, atacando a la película por la forma en que mostraba el impacto de la llegada de los hijos en la vida de una pareja). En el cruce de los extremos, padre baboso con su hijita / mujer con fobia a los niños, es donde la película encuentra su cauce y logra hasta hacer disfrutables las ñoñerías que la forzada reaparición de un abuelo impone. Es esa libertad y ese escaparse del mandato social y el lugar común (que, afortunadamente, se mantienen hasta el final, con un giro o guiño muy inteligente) lo que nos permite seguir ilusionándonos con las realizaciones de este director. Así, si bien no puede escapar del molesto y arcaico juego con la relación padre-hija (de 9 años) como si se tratara de un matrimonio, sí se atreve a meterse (sin arrugar) con lo que al menos en nuestra sociedad resulta indiscutible: que las mujeres deben tener hijos; y que todos debemos amar a los niños.

¡Preparen la brea y las plumas! …Directo al infierno.

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