Relatos salvajes (LMDE)

El tinglado de lo racional
Publicada originalmente en El Amante #264
Por Leonardo M. D’Espósito

Atención: desde que dice “SPOILERS” se revelan finales.

Una convicción extraña me asaltó tras ver Relatos salvajes: supe que Damián Szifrón había logrado su mejor película pero que todavía no había hecho su mejor película. No cabe la menor duda de que es un cineasta, de que comprende como pocos la puesta en escena, el fuera de campo, el punto de vista, el montaje y el encuadre. Comprende, como muy pocos cineastas, toda la técnica cinematográfica. Es cierto que en Hollywood esto no es infrecuente, pero Hollywood lleva un siglo ininterrumpido afianzando y experimentando con un modelo estético de una solidez a toda prueba. En los países no centrales tales características suelen ser más escasas. Lo de Szifrón es, de todos modos, mucho menos que un milagro, a no ser que consideremos tal la fuerte convicción de saberse capaz de lograr las imágenes que se desean y volverlas, para el espectador, pertinentes.

Esto suena muy elogioso, pero quiero que quede claro que no es precisamente eso sino una descripción que no pasará inadvertida a nadie que vea, por ejemplo, el tercer -y mejor- fragmento de Relatos… ese donde dos hombres en una ruta se transforman en auténticos salvajes, en monstruos completos. Casi no hay palabras más allá de las imprescindibles; el tono pasa de la farsa al horror y nuevamente a la farsa y el suspenso reside tanto en cómo estos dos tipos que se masacran con sus automóviles -uno es un nuevo rico prepotente, otro un lúmpen prepotente, ambos simétricamente imbéciles- reaccionarán ante cada movida del otro, como en saber qué tono nos espera en el plano siguiente. Es un cuento grotesco sin elementos del género grotesco y es la llave para todo el resto de la película.

 

Se sabe -sabe el lector a estas alturas- que el film presenta una serie de variaciones sobre el tema de la venganza o, más bien, de la revancha. No es exactamente lo mismo aunque se parecen. La revancha es la búsqueda a veces violenta y forzada de un resarcimiento que se comprende como justo y que el azar o la mala fe han impedido. También, como en el deporte, una segunda o tercera oportunidad de lograr alguna meta. La revancha a veces tiene que ver con la venganza y otras, no. La venganza, en cambio, implica en sí un daño del otro. A veces, incluso, carece de justificación: queremos vengarnos de alguien que no nos ha hecho algo malo directamente, alguien a quien nuestros lugares comunes morales declaran “el malo”. La venganza no siempre es justa, no siempre es proporcional. La duda que plantea Relatos… es justamente si se trata de cuentos de venganza o de revancha. Solo en dos casos es claramente lo segundo: en el prólogo (donde los pasajeros de un avión resultan conocer, todos, a una cierta persona, y cuyo plano final es una joya de humor negro) y, fuera de campo, aquel donde un empresario trata de evitar que a su hijo lo culpen de un crimen. Luego es más bien el juego de la revancha. De hecho, el corto que probablemente más guste en nuestro país, el protagonizado por Ricardo Darín, es una especie de parodia-aggiornamiento-remake de Tiempo de revancha (y también de Taxi Driver, pero a eso ya iremos).

Antes es necesario plantear una disidencia con nobles colegas -Roger Koza o Juanma Domínguez, por caso; del primero leí su reseña del film cuando su estreno en Cannes, del segundo aún no leí el texto que acompaña este número, pero algo charlamos- respecto de lo “televisivo” de la película. El tío Koza tiene un inteligente razonamiento que copio aquí:

 

“(…) Por momentos, Relatos salvajes parece un conjunto de cortometrajes unidos por un hilo conceptual; si no fuera por su espectacularidad ostensible, podría pensarse en sketches televisivos simulados como cine. Un oído atento a los diálogos detectará de inmediato el artificio. El trazo con el que Szifrón pinta a todos sus personajes es sociológicamente demasiado grueso, y la grosería gratuita asoma sin escrúpulos. (…)”

 

El asunto es el siguiente: Szifrón es de los pocos cineastas -le salga o no es harina de otro costal- que cree que el cine debe ser espectacular y que solo el espectáculo puede sostener sus ideas. Los personajes no me parecen definidos con trazo grueso, sino estilizados como en los dibujos animados: la menor cantidad de datos necesaria para que la historia sea comprensible. Respecto de la cuestión del “oído”, hay un elemento preciso allí: Szifrón es de los pocos realizadores argentinos con oídos para el idioma argentino. Pero lejos de saturar la banda de sonido con el costumbrismo esperandolacarrocesco, utiliza esos apuntes, esos modismos porteños, como un efecto absurdo. Lo que hace del film mucho más que televisión consiste en lo que es puramente cinematográfico: la duración, tanto del plano como de la historia. Son seis esquicios y la duración es desigual porque ninguno está alargado de más ni concentrado de menos. En el de los autos, además, hay un manejo muy preciso del fotograma, de cuánto debe durar cada plano que contradice el orden televisivo del plano general, la inmediatez o el fuera de campo. Si hay suspenso en Relatos… es porque el fuera de campo existe.

 

En ocasiones, ese suspenso responde no a la resolución de un acontecimiento, porque -como en el buen suspenso- tenemos mucha más información que los integrantes del universo donde ocurre. Es el caso de cómo se resuelve el episodio de Darín: sabemos qué va a hacer, nos causa gracia el contraste entre la música, los gestos del tipo que sabe todo y espera que se consuma su plan tomando un café con medialunas, etcétera. Y mucho del humor que genera esa secuencia proviene de lo que sabemos pero queda fuera del campo de la cámara. Eso es lo contrario de la televisión y es cine puro: Szifrón filma cada elemento necesario a la trama en su propio lugar y lo ubica en la imagen para construir un universo totalmente funcional. Paso, pues, de esa objeción: Szifrón es un cineasta y esto es una película. En episodios, pero cine al fin. Televisión (y mala) es Bañeros 4.

 

Ahora bien: lo mejor que tiene Relatos salvajes es la precisión de su título.Y el motivo por el cual no es la mejor película posible del director, es quizás también el mayor acierto: Szifrón se hace caso. Muestra lo que piensa con una absoluta sinceridad, y lo que piensa del mundo -y de la Argentina- no es bonito, ni simple, ni carece de contradicciones. Alguna vez alguien me dijo que Szifrón era misógino por el trato que daba a sus mujeres. No lo creo, no creo que sea misógino, sino que su universo es masculino y argentino, y el masculino argentino no comprende bien a las mujeres. Le cuestan, le resultan complicadas. Sin embargo esa objeción no cabe en esta película: basta ver el personaje de Erica Rivas que logra, además, una gigantesca hazaña de actuación. Erica Rivas ha sido tanto una excelente Blanche Dubois en el teatro como una excelente vecina de Francella en Casados con hijos. Y en el último episodio, el de la boda, logra -a veces en el mismo plano- ser ambos personajes y un tercero, más complejo y más humano. Ese papel es un prodigio de la actriz pero sostenido por el talento del director y del guión. Casi todo el resto de los personajes femeninos, incluso los que apenas aparecen -los de Nancy Dupláa, María Marull y María Oneto- tienen los rasgos justos y son tan buenas o tan malas como los hombres. En general, también, son más comprensivas.

 

También he escuchado la objeción de “fascista” al realizador. Esto se basa en la prepotencia o la necesidad de tomar la justicia en propias manos que aparece en casi toda su obra, tanto cinematográfica como televisiva. Pero aquí debo citarme a mí mismo: en la crítica de Betibú, aparecida en abril en esta revista, escribí que el único policial posible en nuestro cine es aquel en el que los protagonistas no tiene más remedio que hacer justicia por sí mismos porque el primer corrupto es el Estado, o el Sistema, o como quieran llamarlo. El policial “político” estadounidense -dije entonces, repito ahora- se basa en que no se entere el Gobierno de las tropelías de los hombres -incluso del Presidente, recuerden “espectáculos” como Peligro inminente-. El sistema funciona hasta cuando los hombres más poderosos fallan. En la Argentina es exactamente al revés: nadie confía en el Estado, nadie confía en las instituciones. Nadie confía siquiera en los rituales que recubren esas instituciones (el casamiento del final, por ejemplo). El mundo en el que vivimos está ordenado solo en apariencia y todo es salvaje, la ley del más fuerte, y el “más fuerte” puede ser cualquiera de acuerdo con la circunstancia. Creo que en ese sentido Szifrón es totalmente sincero y trata de mostrar de modo lo más preciso y espectacular (vuelvo a esto, no desesperen) posible esa perplejidad. No toma posición moral, por otra parte: para hacer creíbles estas ficciones en la Argentina casi no queda otra alternativa.

 

El cine es espectáculo. Quien esto escribe, hace muy poco, releyó La sociedad del espectáculo, de Guy Débord, y concluyó, revirtiendo la opinión que tuvo del mismo cuando era un tierno adolescente progre, que Débord no entendía nada de la dimensión social del espectáculo. Bah, que no tenía idea de qué es el espectáculo, un tipo que creía que divertirnos era comprar nuestra moral revolucionaria y transformarnos en títeres de los poderosos.El espectáculo es en realidad otra cosa: una lupa, la maquinaria que nos transforma aquello inasible y difuso en una forma comunicable, gigante y disfrutable. Es quizás el más efectivo factor de conocimiento desde que los griegos inventaron el teatro. Todo gran arte es gran espectáculo. Volviendo a lo que dice Roger, Relatos… no asume la espectacularidad para ocultar su cariz televisivo sino lo contrario: utiliza el espectáculo para poder cuajar en una forma comunicable un estado de cosas atroz, casi terrorífico: vivir en un caos constante donde las reglas se quiebran todo el tiempo, donde no hay piso estable, donde nada queda de respetable, y de allí que la primera risa que nos provoca, sincera, el film, es el de un tipo que (spoiler) le tira un avión encima lleno de pasajeros a sus propios padres.

 

Incluso pasa algo más: en la Argentina ni siquiera el gran espectáculo es respetable y se transforma en pura parodia. Szifrón es un cinéfilo consuetudinario que no puede evitar ir a sus amores de cine y homenajearlos-citarlos en cada film. Ahora bien, cuando lo hace, dado que su universo está minado por el caos grotesco, esas citas se vuelven paródicas. El final del asunto Darín es Taxi Driver. El plano de Erica Rivas desesperada huyendo de una fiesta y asomada a una baranda es Titanic, y lo que pasa con quien la “salva”, una parodia total de aquel encuentro Winslet-Di Caprio. Sí, además Erica Rivas pisa vidrio como en Duro de Matar (imagino que es la película favorita del director por lejos) y el mejor fragmento es una doble parodia de Reto a muerte. Hay mucho más, a veces disimulado y otras, no. Pero no estamos ante un citador que quiere que le reconozcamos su conocimiento cinematográfico sino ante un cineasta cuyo mayor acierto y mayor defecto al mismo tiempo es no poder pensar el mundo más allá de su representación. Szifrón -y sé que van a decir que la comparación es exagerada, pero es el único “otro” cineasta que trabaja así- es como Spielberg: los separan el tiempo y la carrera, no así el modo en que se acercan y hacen el cine. Lo que sucede es que todo este material, todo ese Hollywood amado y respetado, todo ese deseo del cineasta por un cierto cine, choca con la Argentina y lo que se puede volver creíble en este país. El resultado es ni más ni menos éste, y me da la impresión de que no hay demasiadas alternativas. O sí, pero todas son igualmente crueles, hoy. Relatos salvajes es, en clave de comedia, lo que son las otras -pocas- películas realmente argentinas (en el sentido en que lo “argentino” se vuelve género o forma, no en que incorporen el paisaje o su lenguaje nada más) de los últimos veinte años. Mundo grúa, El aura, un poco El secreto de sus ojos, no mucho más. Esto no implica que no haya grandes películas hechas en la Argentina en este tiempo (las hay muy grandes), sino que son pocas las que hacen de lo argentino la sólida columna vertebral del asunto. Paradójicamente -o no- la dimensión espectacular es la que vuelve ese argentinismo en universal.

 

ACÁ VIENEN MUCHOS SPOILERS

 

Y aquí, amigos, viene un momento en el cual no sé si lo que voy a decir es un elogio o un insulto. Relatos salvajes es el reino del “final feliz”. Me van a decir que hay unos cuantos muertos, pero los que mueren son personas absolutamente desagradables que se nos pintan como execrables desde el minuto cero. O son hipócritas. O están locos. Después suceden cosas extrañas y sutiles dentro de la aparente grosería: el segundo esquicio se me antoja cómo una persona toma en sus manos la oportunidad de liberarse yendo a la cárcel y manipula una situación para lograrlo; aquel del millonario que compra la libertad de su hijo es un prodigio de ambigüedad: el espectador se ríe de los gestos de los personajes cuando en el fondo hay una tragedia terrible (o dos, si tenemos en cuenta el final). El ingeniero Bombita termina reconciliado con su mujer y su hija, y lleno de amigos, ídolo de las masas. Y la pareja que hace de su propia boda un campo de batalla cede finalmente al sexo puro y duro. Ahora que lo escribo, creo que lo que sucede no es que haya finales felices, sino finales satisfactorios. Se satisface no la necesidad de venganza, sino la de revancha, en una especie de partida lúdica y deportiva. El humor negro existe, sí, pero creo que es menos importante que el humor absurdo, ese que surge de incluir el gesto aporteñado en medio de la situación más adusta. ¿Dije Spielberg? Ahora que lo escribo y lo vuelvo a leer, creo que Relatos… está mucho más cerca de Monicelli y la commedia all’italiana -a Los monstruos, por qué no, incluso en su estructura episódica- que a Hollywood. O a ambas cosas y en eso también, finalmente, es el cine argentino: uno que quisiera respetar y reproducir a su modo el placer del gran mainstream pero no puede no ceder a la tentación peninsular, a veces con el rasgo de “patria chica” que hace de la ambigüedad moral una pequeña y disculpable característica provinciana.

 

Relatos salvajes no es una película simple, ni grosera, ni televisiva. Su placer es solo de primer grado y el malestar que genera es a largo plazo, si bien tiene el maldito costado de reforzar ese pesimismo tranquilizador del argentino como lo peor del mundo (pero mostrar esa característica desde el humor tampoco está mal si creemos que este film es el resumen estilizado de nuestra experiencia cotidiana). Imagino que, de aquí en más y cuando su éxito comercial sea evidente, habrá cientos de programas televisivos que la discutan, que inviten a director y elenco, etcétera. También pasará cuando la nominen al Oscar o cuando, muy probablemente, lo gane. Pero estoy seguro de que todas las discusiones tomarán el camino equivocado: la sociología barata, la chabacanería populista, la chantada seudoestética y esas cosas. Una pena, porque Relatos… es un buen punto de partida para saber qué pasa con la Argentina en el cine y con el cine en la Argentina, pensando “la Argentina” como territorio posible para el cine. Szifrón parece esbozar aquí un descubrimiento: le cabe a este país ser, quizás, allí donde más evidente es que la modernidad o la civilización son solo apariencias. Después de todo, de conservarlas y no lograrlo es de lo que trata toda esta película hecha de la gran revancha de lo salvaje sobre el tinglado de lo racional.

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