Pasó Pasolini y paso

Por Leonardo M. D’Espósito

Vi Pasolini. Bueno, vi una película, o un conjunto de cosas, que cuenta más o menos algunos momentos de la vida de Pasolini. Lo dirigió un tipo que se llama Abel Ferrara y que no sé, porque no se nota, si es el mismo que hiciera El rey de Nueva York. Qué sé yo. En fin, que Willem Dafoe habla un cacho en italiano y un cacho en inglés y uno no sabe bien por qué lo hace pero quizás sea un rasgo creativo. Quizás no. En fin, tampoco es que joda mucho. En realidad no jode nada. Es raro eso: una película sobre un señor que fue una bomba en el cine, un motor de pasión y creatividad, un activista político extremo y extremadamente lúcido, un hombre que se enfrentó con una obra imposible al adocenamiento idiota -esa obra es Saló, de Saló se ven unos cachitos así medio de costado porque es re creativo, creo, verlos de costado, así, ladeadito-, que fue marxista, católico, homosexual, despiadado, tierno hasta la muerte es el núcleo de una película que no jode. No jode nada. No molesta, no grita, no se mueve para ninguna parte y termina disolviendo a esa brasa ardiente que era Pasolini en una especie de Benigni de la fellatio.

Lo bueno es que pasa rápido. Lo malo es que pasa, nomás, y que quise escribir un análisis pormenorizado de la película pero, a diferencia de cualquier film de Pasolini, Pasolini se olvida de inmediato. Quizás sea un mérito, una nueva clase de películas. Quizás no. No sé, vaya uno a saber.

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