Operación Skyfall
bond

En anticipación al estreno de Spectre la semana que viene, acá la crítica de Skyfall por Marcos Rodríguez, publicada en El Amante #245

Perdido en los títulos
Por Marcos Rodríguez
Lo confieso, voy a ir a ver cualquier película nueva de James Bond porque sé que, por más mala que resulte ser, invariablemente va a tener por lo menos una parte que me guste: la secuencia de títulos. Y hay que verla en cine.

Fósil de una época lejana, los títulos Bond sobreviven, al igual que el mismo Bond, gracias a un milagro: en 2012, con el estreno de Skyfall, se cumplen 50 años de existencia de James Bond en la pantalla. ¿Cuántas otras cosas sobreviven en el cine esa cantidad de tiempo? Prácticamente ninguna. ¿Alguien puede explicar por qué en dos siglos diferentes la gente sigue yendo a ver masivamente cada nueva película de Bond? No creo que exista una respuesta convincente, pero la evidencia sigue ahí: Skyfall es un nuevo éxito de taquilla (tal vez el mayor) para Bond. Como nadie quiere matar al agente de los huevos de oro, se siguen haciendo películas que repiten más a menos (sospecho que por temor a arruinar la magia de ventas) las mismas ideas que en los sesenta eran nuevas y ahora ya no tanto. Por supuesto, hubo una ligera actualización, por ejemplo cuando dejó de existir la Unión Soviética, pero son detalles. El combo es más o menos el mismo: espías, argumentos aparentemente intrincados, locaciones exóticas, mujeres con poca ropa, traiciones, cada tanto un poco de acción, artefactos rocambolescos, tramas románticas cruzadas con liberación sexual, ropa elegante. La fórmula exige, además, una canción compuesta especialmente para la ocasión, interpretada por algún músico de moda, en la que se menciona por lo menos el título de la película. Skyfall, por supuesto, cumple con todos los requisitos.

Lo fascinante de todo esto es que si bien los elementos de la fórmula 007 están más o menos naturalizados en la cultura popular (por las cantidad de películas Bond que hemos visto y porque Bond hizo escuela), los títulos Bond son hoy un anacronismo hermoso. En los sesenta (esa década mítica que se volvió loca por lo moderno) no eran raros unos títulos como los de El satánico Dr. No, pero hoy en día, ¿qué otra secuencia de títulos en el cine tiene toda esa elaboración y ese juego formal? Lo que en los sesenta era la moda (la moda de ser moderno) hoy pone en evidencia muchas otras cosas.

Una película Bond empieza con una serie de formas y colores más o menos sensuales, que siguen la lógica de la música y de los sueños. A los puntos que cambian de color de El satánico Dr. No (abstracción pura) se le sumaron contornos de mujeres sugestivamente desnudas y perfiles de pistolas (exploitation), y en las últimas entregas elementos recurrentes que tematizan la secuencia (como el hielo o el petróleo). Skyfall profundiza esa tendencia y organiza una serie de elementos temáticos de manera tal que prácticamente narra el argumento de la película con una lógica elíptica y caleidoscópica. De esta forma se completa el sentido de los títulos: de una secuencia de juego formal (cargada de colores vibrantes) lo que tenemos ahora es una micropelícula que refleja la película completa de forma surrealista. El microBond de los títulos cae dentro de la subjetividad de su personaje y, a la vez, pone en evidencia la naturaleza onírica de toda la película (y, por extensión, de toda la saga Bond y del cine mismo). Eso dentro de uno de los productos más grandes que tiene para vender hoy la industria del cine.

 

Paradójicamente, el pleno desarrollo surrealista de los títulos Bond se da en la película de la saga que más se esfuerza por anclar a 007 en un mundo realista (siguiendo una tendencia característica de la era Craig). Al Bond “más humano” (un Daniel Craig que puede sufrir heridas y, cada tanto, ensuciarse) se le suma una trama cargada de referencias actuales (sobre todo a través del uso de la tecnología) y un pasado personal del agente 007 que hasta ahora nunca había asomado a la luz. Skyfall (desde el propio título) aleja a Bond de los misteriosos y exóticos pasillos del mundo secreto del espionaje y lo trae a un mundo escurridizo pero cercano. No solo Bond pasa a tener un pasado, una casa familiar y años que se apilan a sus espaldas, hasta el propio MI6 cae a esta tierra (con un edificio de oficinas perfectamente localizable en el mapa de Londres) y tiene que responder ante el gobierno británico. Sutilmente (y como leitmotiv de la película) algo cambió en el centro de la fórmula Bond. El agente 007 ya no es el hombre ultramoderno que tiene a su disposición tecnología como de ciencia ficción; viejo y en decadencia (a su vez que bajo el ataque directo de un ex agente que domina el espacio virtual), el Bond de Skyfall se erige como símbolo elegante de un pasado analógico. Frente al esfuerzo (agotador después de 50 años) de intentar lanzar a Bond a la vanguardia (del poder, del sexo, de la tecnología), ahora que el futuro ya llegó y el sexo y la tecnología se han democratizado, el nuevo Bond (uno que al parecer sigue teniendo éxito y que ya promete más de una secuela) invierte su signo y con su nueva carga altera todo el sistema.

La última versión de James Bond tiene un poco menos de fantasía y un poco más de espesor (los agentes ahora tienen psicología y un poco menos de sexo), siempre con la misma cantidad de oneliners. Sin que nos diéramos cuenta (pero como no podía ser de otra forma, después de tantos años) creímos que estábamos viendo algo, pero en realidad estábamos viendo otra cosa.

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