Minions

La gran estafa
Por Maia Debowicz
Publicada originalmente en El Amante #275

En contra

Mientras Gary Coleman abandonaba este mundo nacían cientos de enanos amarillos: los minions. A diferencia del niño eterno, los ayudantes de Gru no tenían una frase de cabecera para hipnotizar de risa al público pequeño, mediano y grande. Su encanto se basaba en el slapstick, como si fueran una versión animada y colorida de Buster Keaton. Poco importaban los balbuceos, ese idioma inventado donde no necesitábamos descifrar las palabras para entender si estaban enojados o contentos. Las extremas emociones de esos tiernos bichitos se resumían en un par de gestos faciales y en la entonación de los gritos interpretados por los mismos directores. En algún punto, los minions eran una especie de bebés punk superdotados ya que, además de hablar como ellos, sus motivaciones se limitaban a jugar rudo y a comer bananas desaforadamente. ¿Cómo no enamorarse de unos chizitos con patas que se dedican golpes sin cesar a lo Laurel y Hardy? Los minions abandonaron el segundo puesto y se convirtieron en las estrellas indiscutidas de Mi villano favorito (2010, Pierre Coffin y Chris Renaud), empapelando al mundo entero con sus dulces caritas como si fueran candidatos de un poderoso partido político. Todo, absolutamente todo tomó forma de minion: peluches, mochilas, paraguas, tazas, zapatillas. Los minions se habían transformado en el Snoopy del nuevo milenio.

El éxito de Mi villano favorito 2 (2013, Pierre Coffin y Chris Renaud), todavía más titánico que el de la primera entrega, era lo único que le faltaba a Illumination Entertainment para confirmar que la mina de oro no estaba en el timbre de voz de Steve Carell (aunque fue él quien bautizó a algunos de sus ayudantes más queridos) sino en el carisma de los chizitos con patas. De hecho, el estilo de animación de los personajes humanos rozaba lo genérico, la identidad habitaba solamente en las criaturas que lucían unos pequeños enteritos de jean. Dos años después llegó a los cines el esperadísimo spin off de los minions: una precuela que explicaba cuál fue el origen de los bichitos hasta conocer a su jefe actual, Gru. Era difícil imaginar que una película protagonizada por la manada amarilla podía funcionar mal, sin embargo sucedió: los chizitos mutaron en “macitos”. Antes de enumerar las fallas del tanque animado es imprescindible recordar que el guionista de Minions no es el mismo de Mi villano favorito 1 y 2. La ausencia de varias figuras de peso (el director Chris Renaud y los guionistas Cinco Paul y Ken Daurio) y la presencia de Brian Lynch (guionista de películas malogradas como El gato con botas y Hop: Rebelde sin pascua) explica por qué se diluyó la esencia de los enanos chistosos justamente cuando debían apropiarse de la película. El primer error de Minions es creer que los chizitos necesitan una historia, un “había una vez”, para mantener la atención del espectador. La gracia de los mininos era precisamente todo lo contrario: un puñado de performances donde mostraban lo que mejor sabía hacer: payasadas. Hubiera sido interesante que la película tenga una estructura de sketches cómicos como una versión ATP de Jackass 3D. Joe Dante entendió perfectamente cómo hacer explotar a sus monstruos mutantes cuando hizo Gremlins 2: diseñando secuencias explosivas que bordeaban el absurdo solo para ellos, sin interacción con humanos. Como pequeños cortometrajes dentro del largometraje. El resultado del experimento no podía haber sido más sublime. El segundo error de Minions es el uso de la voz en off en la secuencia inicial y la incursión sistemática de palabras descifrables: “Okey”, “Thank you”, entre otras. La magia de la comedia muda se viste de truco mal hecho, aquel que hace trizas la ilusión. ¿Por qué modificar lo que había funcionado como un reloj chino en las dos películas anteriores? El tercer error es reducir a la banda amarilla a tres mininos: Kevin, Stuart y Bob. Los chizitos son mucho más divertidos cuando se mueven en manada, al igual que sucedía con los Gremlins. Los límites de la personalidad de cada uno de los tres protagonistas contradicen totalmente a la naturaleza de aquellos minions que tallaron cientos de arco iris a lo largo y a lo ancho de cada uno de nuestros órganos. La empatía que generaban se debía a su pasión por el bullicio. Brian Lynch y el resto del equipo transformaron a los minions en unos pitufos con hepatitis. Una decepción más dolorosa que perder la final con Chile en la Copa América.

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