Mientras somos jóvenes
while were young

La edad de oro
Por David Obarrio

Publicada originalmente en El Amante #274

Muy de tanto en tanto, como una ráfaga, llegan novedades de Noah Baumbach, este auteur voluntarioso, compañero de clase de Wes Anderson y, como él, alumno aventajado en la materia “comedias melancólicas”. Para ser más específicos, en su caso habría que agregar: sección familia. Esas noticias acerca del director siempre parecen lejanas, un poco entrecortadas, sin hilación: ¿De dónde viene Baumbach en esta oportunidad? ¿Escribió el guión de alguna película de su amigo Anderson? ¿Lo último que hicieron juntos fue la cría de zorros? ¿Estrenó alguna película propia que pasamos por alto durante estos años? Sea como fuere, la naturaleza esquiva del nombre del director y guionista no es algo que se le pueda achacar solamente a las intermitencias de su presencia en las carteleras ejerciendo cualquiera de sus dos actividades más reconocidas. Baumbach es un director más bien solitario, enemigo de los golpes de efecto, siempre en los límites dudosos que separan el cine mainstream del “independiente”: un tímido perseverante. Sus películas suelen ser elusivas y un poco frías, bosquejos emocionales acerca de personajes que derivan, básicamente porque no se encuentran a sí mismos; no están donde creen que deberían estar, o están donde no se sienten a gusto porque creen que deberían estar en otro lado. Mientras somos jóvenesconstituye un caso silvestre pero atendible en esa línea llamemosla autoral, en el que los temas de un director se repiten con obsesión hasta convertirse en especialidades, señas personales reconocibles. Baumbach ha vuelto ahora con un film sobre adultos, lo que no es lo mismo que decir un film adulto. La falta de terminación parece una de las características salientes de las películas del director, en las que el quid dramático esencial se declina del limbo en el que se encuentran los personajes: no saben quiénes son, o lo saben de modo fragmentario, difícil de percibir como una totalidad; idealizan en voz baja el pasado porque creen que allí no solo brillaba la buena estrella de la juventud sino una conciencia de plenitud presunta cuya falta se vive en el presente como una herida o un enigma.

Ben Stiller hace otra vez de adulto incompleto en una película de Baumbach (recordar Greenberg, su film anterior, quizá el mejor de su filmografía ). Josh, su personaje, es un docente y documentalista con una única e importante película en su haber y otra que lleva años de proceso y no consigue terminar. En la primera escena, él y Cornelia, su mujer (Naomi Watts), tratan de entretener al bebé de una pareja amiga, pero ninguno de los dos es capaz de recordar cómo sigue la historia de los tres chanchitos que ella le empieza a contar y quedan a mitad de camino en la tarea. El carácter trunco de las cosas atraviesa la película como una sombra de la que Baumbach se las ingenia para extraer notas de un humor dolorido, balbuceos brillantes que engalanan la perplejidad de los protagonistas con un manto de discreción y amabilidad. Josh y Cornelia no tienen hijos, luego de intentar y fracasar varias veces, y caen en la cuenta de que reunirse con sus amigos que se hallan en una situación diferente empieza a resultarles un ejercicio esencialmente ingrato. En algunos de esos encuentros enojosos aparece el Baumbach verdaderamente bueno, el que tiene una habilidad especial para exhibir la incomodidad que brota en las escenas más pedestres imaginables: esos momentos frágiles, intrínsecamente inquietantes –una respuesta que se demora mientras el plano permanece fijo sobre quien la espera, un personaje que imita con sorna a otro en la cara– ; es decir, la clase de cosas inesperadas que se echa en falta en las comedias milimetradas que hacen del dolor un lastre vergonzante al que hay que extirpar de raíz.

La pareja de cuarentones conoce entonces a un matrimonio de jóvenes conformado por un cineasta aprendiz y una chica de ocupación incierta. Al principio Cornelia tiene sus dudas, pero el encanto de los extraños termina por envolverlos. Los nuevos amigos representan una especie de edad de oro, no necesariamente parecida a la que se tuvo sino a la que se hubiera querido tener. El director fluctúa laboriosamente a partir de allí entre el conflicto de Josh, que no puede salir de su parálisis creativa –su película acerca de un pensador radical ermitaño que ve una alianza inconfesable entre la maquinaria de guerra norteamericana y los medios de comunicación no encuentra su formato adecuado, las horas de grabación se acumulan, el montajista abandona el proyecto por falta de pago– , y el de Cornelia, que siente la punzada del remordimiento por haber desistido temprano de ser madre y advierte que ya es quizá demasiado tarde para revertir las cosas. Sus jóvenes nuevos amigos, sin embargo, parecen conducir las vidas de los protagonistas en una nueva dirección e insuflarles un inesperado impulso creativo. Josh ve en el chico un cineasta en potencia y se decide a acompañarlo en su primer trabajo importante. Cornelia, hija de un documentalista célebre del que oficia de productora, se integra también con entusiasmo al proyecto. De manera inopinada, Baumbach desvía la acción en una serie de situaciones cómicas que constituyen el costado más convencional del film. La idea de la imitación deslumbrada de los adultos perdidos por los jóvenes, por ejemplo, da lugar a algunos gags simpáticos pero no demasiado inspirados, y las subtramas –que incluyen el descubrimiento de que el chico cineasta es un vivillo manipulador; la rivalidad entre Josh y su suegro exitoso, más un conato de romances cruzados entre las dos parejas– parecen un intento del director por buscar en el trayecto su propia película. Mientras somos jóvenes se puede ver con un placer moderado. Pese a sus amagues iniciales, se trata de una de las películas menos urgentes de Baumbach, probablemente la más dubitativa y trabajosa, la que se ubica más cerca de las comedias finas neoyorquinas relativas a las minucias del mundo del arte y más lejos del trazo doloroso de los descastados impenitentes como Greenberg o Margot (de Margot at the Wedding).

 

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