Mia madre (MR)

Sin palabras
Por Marcos Rodríguez
Publicada originalmente en El Amante #276

A favor

Hay algo en la crudeza, en la relación que uno siente directa entre lo que pasa en Mia madrey lo que pasa en lo que podríamos llamar “la vida misma” que hace que resulte casi imposible hablar sobre la última película de Nanni Moretti. En algún punto todo sobra, porque lo que está puesto en la pantalla es un dolor tan directo (y detallado y reciente) que hace que todo lo demás resulte un tanto superfluo.

Hay, por supuesto, ciertos giros y momentos de la película que remiten a las películas anteriores de Moretti: procedimientos que ya vimos, gags que más o menos conocemos, ideas que viene manejando desde hace un tiempo. Esas son las marcas que nos permiten agarrarnos de algo, sostenernos frente a lo que estamos viendo y buscar marcar una cierta distancia, una comprensión lógica, un conocimiento que nos permite explicar o analizar ciertas cosas. Por supuesto, uno podría hablar del personaje que interpreta John Turturro, de la evidente trasposición del personaje tradicionalmente interpretado por Moretti en la figura de su nueva actriz fetiche Margherita Buy, hasta se podría intentar analizar el desplazamiento del propio Moretti a un papel secundario (muy diferente del caso de El caimán, por ejemplo, en el que Moretti apenas si aparecía pero aparecía en el momento de clímax).

Mia madre se puede analizar, por supuesto, como cualquier película, pero si la última película de Moretti logra alcanzar su objetivo es precisamente porque está dispuesta, como no lo estuvo nunca ninguna otra película de Moretti, a despojarse de casi todo. No se trata de que el estilo se haya vuelto más depurado en la puesta de cámara o de que la trama de la película se haya vuelto más mínima. Hay, sí, una cierta reducción del argumento, pero esa reducción no se aleja demasiado de lo que vimos en Habemus papam o, incluso, en aquella película que uno podría suponer que tiene más que ver con esta: La habitación del hijo. Pero si bien La habitación del hijo se trataba sobre una muerte, la película comenzaba con la muerte y retrataba la vida de la familia después del incidente, mientras que en Mia madre el movimiento es inverso: la película termina con la muerte.

La diferencia fundamental no es el camino desde o hacia la muerte sino el grado de detalle con el que Moretti se concentra en ese camino. Gran constructor de metáforas o tramas en capas, y del falso diario que funciona por acumulación, Mia madre es un movimiento nuevo para Moretti en la medida en la que se concentra en acciones y un periodo de tiempo muy concreto. Y, a diferencia de lo que pasaba en Palombella rossa, ese periodo y esas acciones no tienen ningún tipo de sentido simbólico o más general. Moretti filma la muerte de su madre.

No lo hace, por supuesto, recurriendo al documental o el ensayo o el testimonio, lo hace desde la ficción. Una ficción mínima, que se vale de ciertas excusas. Pero que precisamente por elevarse desde la experiencia personal inmediata a la ficción más clara y lineal alcanza un grado de universalidad que su cine nunca había alcanzado (ni buscado). Mia madre es una película muy dura de ver, pero su mayor logro estético es la evidencia que uno encuentra cuando asiste a una proyección en una sala con gente y descubre al salir las lágrimas en todos los ojos, las conversaciones infinitas en la que diferentes personas cuentan que vivieron algo muy parecido con algún familiar cercano.

Moretti nunca había hecho una película difícil de soportar. Tampoco había hecho nunca un cine tan seco. El cine de Nanni Moretti no es ajeno al dolor y sus obras se fueron construyendo en mayor o menor grado sobre la idea de reelaborar su propia vida (hasta el extremo explícito de Caro diario, pero incluso desde Ecce bombo y hasta en películas más clásicas como La messa è finita), pero de alguna forma Mia madre se siente como su película más íntima. Probablemente no por la cercanía entre los hechos de su biografía y los hechos de su cine (la muerte de su madre no es menos inmediata a la pantalla que, por ejemplo, el nacimiento de su hijo) sino por la desnudez que adquieren estos hechos. No hay giros, comedia o reflexiones generales sobre el estado de Italia o el cine en Mia madre. Posiblemente haya algunos apuntes e ideas, que forman parte de la vida de cualquiera, pero lo que verdaderamente le importa a Mia madre, lo que le importa a Moretti, es un hecho que vale por su propio peso. Moretti ya le había llorado a su madre simbólica en Palombella rossa, mostró la muerte de una madre en La messa è finita, pero acá llora la muerte de su madre. Con un dolor seco, sin lágrimas, sin melodrama, y con una de las secuencias finales más desgarradoras y sencillas del cine. Se podría analizar Mia madre y es probable que tenga problemas y ripios. No es una película perfecta. Pero su sinceridad, su sinceridad simple, vale más que todo.

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