Mia madre (FJL)

De amores incondicionales (y de los otros).
Por Fernando E. Juan Lima
Publicada originalmente en El Amante #276

A favor

La maternidad está sobrevalorada. El carácter obligatorio impuesto socialmente al amor filial es el basamento de muchos de los lugares comunes que están en los cimientos del melodrama. Al no existir otra opción que la de amar a la madre, los perversos meandros del desamor (o su contracara: el amor excesivo y enfermo) son los que han legado las obras cinematográficas más interesantes, del drama al terror.

Es por eso que la decisión de Nanni Moretti de no poner en contexto, de eludir los flashbacks y referencias al pasado hasta casi el final del metraje evidencia una postura que inquieta y moviliza. El tema, como en La habitación del hijo, es el duelo. Pero esta vez no aquel que sobreviene a una trágica y sorpresiva desaparición, sino el que de manera más plácidamente cruel provoca el devenir de lo que se adivina como inevitable. Todos vamos a morir y la ley de la vida indica que primero lo harán nuestros progenitores. La película se instala en la vida de Margherita (Margherita Buy) y Giovanni (el propio Nanni Moretti) con esa dolorosa constatación como parte del paisaje; asistimos al proceso de negación-aceptación y al impacto que ello provoca en la familia. El centro de la narración lo conforman tres mujeres: Madre (Ada/Giulia Lazzarini), hija (la citada Buy) y nieta (Livia/Beatrice Mancini). Sin embargo, en la mayor parte del film todo es presente; tan asumido está el dolor que provoca esa pérdida que argumentar en torno a si ésta en particular era una buena o mala madre (o una buena o mala persona) no forma parte de la construcción de sentido de Mia madre.

En el posible juego de poder de los dos términos que conforman el título de la película, pesa mucho más el “Mia” que el “madre”. Importa más el impacto en la vida de la familia que el posible panegírico a esa mujer (profesora de latín respetada y amada por sus alumnos), que sobre el final veremos que efectivamente se lo hubiera merecido. En Basta de sermones la muerte de la madre en cierta medida era el disparador de los eventos, aquí el cierre inevitable, el fin que no es tal, la angustiante confirmación de una certeza. Ada podría no haber tenido los valores que sobre el final del film descubrimos (o confirmamos) y la situación no hubiera sido demasiado diversa: atravesados como estamos por la incertidumbre, las únicas verdades indiscutibles no resultan demasiado luminosas. El amor que interesa a Moretti es el condicional, el que hay que construir y ganarse, el que se merece. Pero, aun así, es a tal punto condicional que por puro y merecido que fuera, siempre tendrá un final. Y claro que eso causa angustia y dolor. El amour fou es más lineal y certero; también menos humano. Eso es lo que da a Mia Madre esa angustia existencial que -aun con sus diferencias- recorre toda la filmografía de Moretti. En este caso (que por trazar alguna relación se vincula más con Basta de sermones, La habitación del hijo y Habemus papa) lo que llama la atención es cierta aceptación de la ineluctable derrota que conlleva la muerte; la vida ha cansado un poco a nuestro querido cascarrabias.

Así, si bien descubrimos algunos de sus rasgos en el trío femenino central (el personaje que interpreta Moretti es tan amorosamente zen que no puede sino ser un guiño ciertamente gracioso), el paso del tiempo se nota en un director que hasta ahora había hecho gala de un inconformismo vital que podríamos ligar a un carácter adolescente. Mia madre es una película de madurez, de toma de conciencia, mas en modo alguno ello tiene que ver con hacer suyos los lugares comunes antes indicados o con la imposición de una tesis a la que toda la narración sustentará inevitablemente. La política, la vida, el cine, aludidos de manera directa (a veces crasamente directa, como siempre lo ha hecho Moretti) poseen ese componente vital que tiene que ver con la ironía, el humor, el deseo pero también con la angustia, con el dolor, con la muerte. Pasados los 60 años es lógico que la mirada del realizador se pose sobre estos temas. Tan lógico como que ella no sea idéntica a la del cine de sus inicios. Claro que ese acercamiento no implica hundirse en la misantropía ni solazarse en una oscuridad ominosa: el desfile de alumnos recordando a su maestra, la nieta que estudia latín más por darle el gusto que por convicción, por ejemplo, nos hablan de las múltiples corrientes amorosas que atraviesan Mia madre. Cuando Margherita maltrata a su madre, cuando advierte su inadecuación para demostrar cariño, ello no se debe en modo alguno a una manifestación de desinterés o desamor, sino a lo que desde siempre ha sido una marca de fábrica de Moretti: para ser crítico hay que empezar por ser autocrítico.

Los críticos (de cine) solemos cansarnos de la reiteración de determinadas marcas que en un principio transforman a un director en autor y luego en mero sujeto plagiario de sí mismo. Pero cuando (como ahora) advertimos un cambio, nos alzamos contra la pretendida traición o el abandono de ese lugar seguro que era la obra previamente construída. El Nanni Moretti de Caro diario y Palombella rossa está aquí desde la propia decisión de dejar fuera de campo la historia de la vida de la madre hasta el final, está en el cine dentro del cine, en las alusiones políticas, en el hermoso número musical. De hecho, esta película está muy lejos de Caos calmo (que protagoniza y para la cual escribió el guión), en la que -efectivamente- el psicologismo y el regodeo vicario en el conflicto lastran definitivamente ese largometraje por cierto muy fallido. Moretti director tiene la inteligencia y la sensibilidad inhabitual de encontrar un particular equilibrio entre la referencias autobiográficas y la ficción sin caer nunca en la explotación o la autoindulgencia. Como siempre, allí está el autor expuesto, desnudo. Desnudo, aunque ya no a los gritos. Desnudo compartiendo sus alegrías, entusiasmos e ilusiones pero también reconociendo sus miserias, sus dudas, sus miedos. Esos que nos igualan a él, aunque admiremos su valentía para exponerlos y su elegancia para hacerlo de la manera en que lo hace.

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