Lost in Marienbad
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Por Nadia Marchione

Hay películas que te dejan los ojos como cámaras. Salís del cine y ves cine por todos lados. Ves cine en la calle, en el colectivo, en la entrada de tu casa. Hasta te mirás al espejo y ves cine. Son películas hipnóticas, transformadoras de sensaciones, películas-huella, de esas que no dejás nunca de recordar porque se encarnaron en algún lugar tuyo que no sabés precisar. Películas que tuvieron una comunicación con algo de tu cuerpo que no podés definir, pero que está ahí. Son películas inefables, que no merecen ser descuartizadas para explicarlo todo porque todo quedó ahí, en la complicidad de la sala oscura.

A mí me pasó eso con El Año Pasado en Marienbad la primera vez que la ví. Y digo me pasó, porque todas las veces que intenté verla después de la primera fracasé. O me quedé dormida, o me aburrí, o sonó el teléfono. Nunca se repitió la experiencia sagrada de conocer a Alain Resnais y Marienbad al mismo tiempo. La experiencia virgen de la sorpresa absoluta es una e irrepetible. Casi como un cuento que se cuenta en Marienbad, yo nunca volví a verla con esos ojos primeros.

Era el año 97 y yo viajaba desde Bolívar (donde vivía y cursaba el último año de secundaria) a Buenos Aires todos los fines de semana para hacer un curso de guión. Tenía la intuición de que me gustaría hacer cine. Un pálpito de que por ahí andaba la cosa esa que llaman “vocación” y que algunos tenían tan clara. Yo lo único que tenía claro es que me gustaba ver películas. Cualquier película, la que pasaran en la tele, la que alquilara en el video club o la que de casualidad me tocara ver en algún cine en la Calle Corrientes en mis largas caminatas sola.

Siempre me gustó ir al cine sola y en la hora de la siesta. Y por aquel entonces en esos viajes fugaces a la capital (toda entera por descubrir) el cine era un refugio donde me sentía especial, un poco menos adolescente que el resto de mis amigos que preferían ir a bailar o emborracharse por las noches. Yo me emborrachaba, sí, pero de día, bien de día. A la siesta y con cine.

Y en esos días fue que pasé por la Lugones, entré y estaban dando El Año Pasado en Marienbad. No tenía ni idea de qué iba, ni quién era Alain Resnais, ni la nouvelle vague ni había leído aún La Invención de Morel ni nada de nada de nada. Y salí del cine con la cabeza dada vuelta. Nunca volví a mirar igual después de recorrer esos pasillos, de ver esas imágenes y contemplarlas con la ingenuidad de quien nada sabe. Y creo que nunca más disfruté tanto de una película, tan desprejuiciadamente, tan livianamente, sin importar cuán importante había sido o sería esa película en la historia de la humanidad.

Después ví otras películas de Resnais. Pero para mí él fue y será siempre Marienbad y mis siestas con olor a cine y gran ciudad. Ahora quiero volver a verla para intentar recordar algo de lo que yo fui mientras la veía por primera vez. Quién sabe qué pueda pasar. Tal vez lo logre. O tal vez descubra que esa película que ví hace más de diez años ya no existe más, o se transformó, o se perdió en un laberinto eterno de imágenes tan bellas como fugaces.

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