Los indestructibles 3
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The Expendables  3
Dirección: Patrick Hughes

Quisiera ser glande
Por Maia Debowicz
Publicada originalmente en El Amante #265

 

Stonebanks: -Qué gracioso, no puedo creer que lo olvidaras.

Barney: – ¿Qué?

Stonebanks: – Que es difícil vencer a un enemigo cuando vive dentro de tu mente

(Los indestructibles 3)

“La religión egipcia, polarizada en su lucha contra la muerte, hacía depender la supervivencia de la perennidad material del cuerpo, con lo que satisfacía una necesidad fundamental de la psicología humana: escapar a la inexorabilidad del tiempo. La muerte no es más que la victoria del tiempo”, decía André Bazin en uno de los textos más importantes de la crítica de cine, Ontología de la imagen fotográfica. Sylvester Stallone, como científico inventor de la trilogía de Los indestructibles, revive al cadáver fresco del crítico francés en cada escena de la película, en cada plano que enmarca la celebración del botox literal y metafórico, pero, por sobre todas las cosas, en cada nuevo casting de viejos héroes de acción que se encontraban en estado de momificación, a punto de morir en vida a falta de encuadre. El eterno Rocky Balboa pelea más que nunca contra su contrincante, Cronos, salvando a sus colegas de la invisibilidad cinematográfica, resucitando el corazón olvidado de cada uno de ellos transformando a la cámara en un desfibrilador. Su sensibilidad y cariño por sus pares es tan inmensa que todos los días, religiosamente, comparte en su cuenta personal de Facebook fotografías de momentos compartidos detrás de escena con diferentes integrantes del club, ilustrando cada post con un corazón de color rosa. Todo el amor resumido en dos teclas. La trilogía de Los indestructibles es mucho más cercana al cine de David Frankel, aquel que habla sobre el inexorable paso del tiempo, que al cine de Menahem Golan. Stallone, como líder del proyecto -porque aunque no dirija Los indestructibles 2 y Los indestructibles 3 explícitamente, las tres películas llevan su firma- no (re)niega de su edad sino que hace de su vejez una fiesta multitudinaria de arrugas tensadas que funcionan como heridas de guerra, esa guerra descarnada contra la parca. “La edad es un estado de ánimo”, dijo Sly hace un tiempo en una entrevista afirmando que el concubinato con la papada no impide sentirse Rambo cada vez que levanta, como persianas, sus pesados párpados a la mañana. ¡Wesley Snipes ha vuelto!… con NOSOTROS, escribió Stallone en su cuenta de Twitter celebrando la libertad del actor y anunciando que el cazador de vampiros iba a reencarnar en el cuerpo de Doc para ser, felizmente, parte de La liga de la justicia. El piloto de Los indestructibles, quien nada tiene que envidiarle a su copiloto Lee Christmas (Jason Statham), es tan generoso que, además de sacar violentamente a varios compañeros de combate de su tramposa cama, también libera a Wesley Snipes del pasado carcelario, en la ficción y en la realidad.

 

La trilogía de Los indestructibles nació renga: la primera película de la mini saga fue dirigida por Sylvester Stallone y, si bien era hilarante y vital, sufría por ser bastante desprolija, formal y narrativamente. Lamentablemente, la nostalgia estaba por encima de los resultados cinematográficos y ni siquiera los músculos de Jason Statham alcanzaban para tapar los baches del relato que se percibían monstruosos en la pantalla. La segunda película, dirigida por Simon West  -director, injustamente maltratado, de Con Air-Riesgo en el aire (1997), La hija del general (1999), El mecánico (2011), Contrarreloj (2013), entre otras- levantó la apuesta logrando, no solamente la mejor entrega de Los indestructibles sino la mejor película de toda su carrera. Los indestructibles 2 tenía una velocidad narrativa perfecta ya que conseguía ser vertiginosa sin llevarse a ningún actor por delante. Los chistes verbales y visuales eran tan fortachudos como Dolph Lundgren y Jean-Claude Van Damme, puros músculos de gracia, funcionando como armas letales al igual que cada metralleta y cada granada. Patrick Hugues, director y guionista de Red Hill (2010), si bien ofrece en Los indestructibles 3 un nuevo y ampliado catálogo de chongos jóvenes y veteranos, hace retroceder varios casilleros a la saga cuando decide, por ejemplo, anestesiar a los miembros más importantes de Los indestructibles (Jason Statham, Dolph Lundgren, Randy Couture, etc) para darle total protagonismo a los novatos. La magia entre Stallone y Statham es clave para que funcione la saga ya que, además de la química infinita entre los masculinos, son la representación del combate máximo entre el pasado y el futuro; entre el recuerdo y la fantasía. El otro gran problema de la segunda película de Patrick Hugues es que, como sucedía un poco con la película inaugural de Los indestructibles, tiene una narración tan frágil como una media can-can; el relato amenaza con erectarse en cada escena pero siempre recae en la flacidez. Quizás la falla resida en que son películas demasiado autoconclusivas, no hay un conflicto que perdure en el tiempo, que atraviese la saga, reduciendo al proyecto a una vida corta de 123 minutos. Sin embargo, cuando Barney mira a sus compañeros con sus pupilas tristes, todo cobra sentido, hasta la escena de acción más fallida, porque un primer plano de la mirada de Stallone me emociona mucho más que toda la filmografía de Robin Williams. Stallone guarda y sostiene toda la historia del cine de acción en sus retinas, y no como un acto puramente nostálgico, sino como una misión benévola donde su experiencia se arropa en una placenta que nutre a todos sus futuros herederos. Lo más importante de entender es que Los indestructibles 3, como la primera y segunda entrega de la trilogía, no es como otras películas de acción: acá no importa quién tenga la pija más gruesa y larga sino qué trucos puede hacer con ella: cómo y para qué la usa. El objeto fálico funciona como un yo-yo, un instrumento de competencia lúdica donde lo que realmente vale es la creatividad. Porque la cruzada más sangrienta es contra el espejo abstracto de las expectativas estéticas de una sociedad que rechaza el poder estético de la celulitis, que aborrece la poesía visual del culo que imita la hipnótica piel de la luna. El lema de Sylvester Stallone, tatuado en el centro del glande, grita que no hay lugar para la tragedia cuando los testículos se vuelven elásticos y rebotan como pelotitas saltarinas. El hombre potente es quien acepta los cambios de su cuerpo jugando con las nuevas bolas como si fueran un Tiki-Taka. El verdadero héroe no necesita de la juventud para sentirse fuerte, combate a los villanos arrancándoles los ojos con el filo de los pelos que le han crecido ferozmente dentro de las orejas.

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