Lágrimas amargas

Por Marcos Rodríguez

Llega una nueva novedad del país más excesivo del cine, la tierra donde el sufrimiento camina libre por las calles, dispuesto a tomar cualquier forma y desbordar a cualquiera.  Alive, película coreana de la competición oficial, ofrece una propuesta que parece paradójica: un melodrama realista, filmado con todo el frío de un rigor casi documental, en tierras nevadas, entre almas sufrientes, pobres, trastornadas, angustiadas y todo lo demás que se nos pueda ocurrir. Tres horas de sufrimiento físico, religioso, espiritual, sentimental, mental y cinematográfico.
Uno de los rasgos más interesantes de Alive tiene que ver con su narración física: el protagonista se nos presenta en medio de faenas duras, empujando troncos, trabajando en la construcción, en un frío impiadoso. Desde ahí, los personajes se van a mover siempre en espacios muy concretos y con una preocupación muy concreta: conseguir algunos pesos para sobrevivir al invierno. A las desgracias económicas se suman las de personajes con problemas psicológicos, los dolores de una infancia imposible y unas cuantas escenas en una iglesia católica coreana.

Si bien las tres horas pueden resultar excesivas (al igual que algunos giros), es precisamente ese exceso que no conoce vergüenzas, que no tiene miedo a ir hasta el fondo de su propuesta el que hace que Alive tenga la fuerza que tiene.

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