La teoría del todo
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La teoría del todo
Dirigida por: James Marsh

Más grande que la realidad
Por Luciano Mariconda
Publicada originalmente en El Amante #271

Lejana en el propósito de ser otra biopic genérica y desinfectada, La teoría del todo alterna su destino a través de saltos temporales que dibujan instantes de perdurabilidad en el aire. Stephen Hawking y Jane Wilde se conocen en una fiesta aburrida llena de científicos prodigiosos. El director James Marsh (el mismo de los documentales Man on wire y Project Nim) decora el momento con dos colores: azul petróleo en los cuerpos y turquesa en el fondo que los recubre; la humedad en la escena alcanza el 100%. Los primeros planos se ven difusos, afectados por un ambiente cerrado que transforma el frío de Cambridge en vapor selvático y una cámara que parece estar cómoda detrás de un vidrio Carglass. Luego de una mirada veloz y un “¿Quién es él?/¿Quién es ella?”, el físico algo desgarbado y torpe de Stephen recorre el ambiente tropical en busca de Jane.

Esta trama romántica puede ser problemática para quienes solo estén interesados en ver cómo Hawking se comunica mediante una computadora. Más allá de algún que otro highlight de la vida académica del cosmólogo, lo importante (y lo mejor) de La teoría del todo pasa por el descubrimiento de una persona frente al amor de su vida, de un planeta frente a su luna en medio del espacio. Marsh llena de colores imposibles y estrellas creadas en post-producción las escenas entre ambos, mientras la alerta del artificio comienza a chillar con desesperación. Sin embargo, ni las sirenas ni las luces rojas imponen su respeto: chico conoce a chica, se enamoran y bailan al mismo tiempo que la cámara se despega de ellos gracias un bello travelling ascendente. ¿Muy cursi? Lo sería si no fuera que el director pensó menos en la sacarosa que en la convicción de ir más allá del límite puesto por los agrimensores de los peores representantes del género biográfico. En donde habitualmente hay insipidez y solemnidad, Marsh firma su nombre y apellido con la grasa que sobra de una escena en la que una pareja gira sobre su propio eje mientras describe un círculo que se hace cada vez más pequeño e íntimo.

Contraria a la idea de establecer fechas por cada aspecto de la vida de Hawking, Marsh modela el tiempo como si fuese una masa donde el comienzo y el final son apenas nombres vulgares: es realmente el agujero negro que los personajes crean y expanden con sus propias acciones. Veloz en su cadencia, a La teoría de todo se la podría malinterpretar como una película que resume en vez de ahondar. A los 15 minutos él ya la invitó a salir, a los 25 se suelta el primer “te amo” y a los 40 se casan, mientras que las teorías revolucionarias ya fueron explicadas a la comunidad científica y a Stephen ya le dieron la terrible noticia de que le quedan solo dos años de vida. Al igual que en Boyhood (Richard Linklater, 2014), los instantes viven y respiran nuestro oxígeno, navegan en apariencia aislados, pero tensionados por una cadena invisible que los sujeta.

Marsh es menos delicado cuando debe seguirle la corriente a los humores obvios de toda biografía: en sus peores secuencias, La teoría del todo (cuyo guión está basado en “Travelling to Infinity: My Life with Stephen”, escrito por Jane) es impotente ante los hechos inapelables de la realidad. El film no ahorra en acontecimientos verificables y al alcance de todos en Wikipedia: el diagnostico de la esclerosis lateral amiotrófica, el nacimiento de sus hijos, su posterior traqueotomía, la publicación de sus libros más exitosos y su manera de comunicarse a través de la tecnología. Sin embargo, la película es noble cuando se aleja del suceso público para centrarse en el detalle singular y privado. Antes que una acumulación de datos, La teoría de todo es una mirada de angustia, una caricia al pasar y un gesto de afecto. En una secuencia notable, Stephen comparte una cena con su mujer y sus amigos. Al rato empieza a sentirse mal, se levanta y va hacia la escalera en soledad, la cual debe subirla casi acostado. Jane disimula su atención ante los comensales para mirar hacia esa puerta que separa un fuera de campo cargado de miedo y preocupación. Estos minutos parecen desdoblarse y mostrar las dos caras que habitan el mismo film: la exageración estudiada y la contención natural, la imitación y el homenaje, el hecho helado y su contracara emocional.

Así funcionan las actuaciones. Eddie Redmayne puede ser Stephen Hawkins, pero a la película le hace tanto daño como tirar un rompeportones dentro de un huevo Faberge. Su interpretación es pirotécnica y descomunal en un sentido ambiguo: lo sorprendente muta en algo molesto y lo admirable se transforma en incomodidad. Mientras que Marsh persigue una historia de amor delicada, una épica del romance obstaculizado por el tiempo y las enfermedades, un tratado sobre colores que flotan alrededor de una pareja enamorada, Redmayne persigue el Oscar. Es una labor que atrae y repele, que conquista, pero que sobre el final descuida. Felicity Jones, por el contrario, trabaja sin cartuchos de dinamita atados a su cuerpo. Su actuación es de esas que pasan desapercibidas: sus gestos no se repiten, se reciclan; a diferencia de su compañero, Jones no busca abrazar una película que es más amplia que sus brazos.

En la mejor escena del film, Jane le acerca a Stephen una silla de ruedas, la primera que usará a partir de ese momento. No hay palabras, solo los ojos de ella marcados por el desconsuelo y los de él inundados de pudor y debilidad. Por fuera de la atmósfera desgastante del planeta Redmayne, el costado menos científico y enciclopédico de La teoría del todo tiene algo que todas películas sobre mentes brillantes del mundo desean: nobleza y amabilidad. Amabilidad para fotografiar la transparencia del amor y nobleza para sobrellevar los años oscuros.

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