Intensa-Mente (LMDE)

Gana tristeza
Por Leonardo M. D’Espósito

En contra

Se habrán dado cuenta de que hace bastante que no escribo de cine de animación. No ha dejado de ser lo que más me interesa, pero con el tiempo vengo notando que es más interesante hablar de cómo la animación se ha integrado al cine en general que referirme exclusivamente a ella. En todo caso, en los últimos cuatro o cinco años solo me gustaron mucho (mucho es “mucho”, gustarme me han gustado varias) algunas cosas, como Frankenweenie, Madagascar 3, La gran aventura Lego y Monsters University. Y solo Lego me parece que acerca algo nuevo al campo: las otras tres son de un gran respeto por las reglas de juego tradicionales. Cuando esto sucede, uno puede escribir sobre la película (lo hice con Monsters, por ejemplo) pero es difícil que lo haga, a partir de ella, sobre el género. Aclaro también que el término “género” aplicado a la animación me resulta siempre inexacto: mi hipótesis de trabajo es que todo cine es animación y que lo que llamamos “acción en vivo” es un caso especial: la animación hecha con fotografías de la realidad. No es el lugar este para desarrollar esta cuestión, que de todas formas todavía es bastante problemática y se me aparece en estado larval.

 

Ahora bien: todas esas películas, con la excepción de Frankenweenie, son productos Pixar. No porque los haya producido la firma de la lamparita -salvo Monsters, claro-, sino porque se acercan a una poética que la animación, antes que cualquier otro cine, estableció de modo contundente: la idea de que hay muchos mundos posibles pero que el contacto con ellos, hoy y a causa de nuestras estúpidas limitaciones racionales, es catastrófico. Que Fantasía está al alcance de la mano pero que nuestro roce actúa con ella como la antimateria. El optimismo marypoppinsta ha quedado definitivamente atrás, y Pixar se encargó de restablecer cierto equilibrio a través del ejercicio sistemático de la comedia. Desde allí, desde la distancia a veces irónica pero nunca cínica (no hay películas más comprometidas con sus personajes que las de Pixar) han venido mostrando un mundo donde es necesario comprender a los otros, crecer y enfrentar las amarguras de la vida porque son inevitables. La única lección de estas películas consiste en hacernos saber que no estamos solos: dentro del film, los protagonistas encuentran sus pares; fuera, nosotros tenemos (o quizás haya que decir “teníamos”) las películas de Pixar.

 

Eran obras narradas de tal modo que nos ofrecían una inmersión democrática en la narración. El desarrollo del 3D y la animación digital permiten mover el punto de vista físico, la cámara (virtual) de tal modo que nos introduce de hecho en la acción. Pero esa inmersión no implicaba indicarnos qué dirección seguir sino todo lo contrario: Pixar nos vuelve testigos de las elecciones de sus personajes y nos permite comprenderlos mejor cuanto mejor nos comunica el mundo en el que viven, que siempre es paralelo al nuestro. Ese paralelismo es el que podría permitirnos sacar una “moraleja” del cuento, pero en realidad ese efecto está trabajado como si fuera accidental o residual porque, efectivamente, las paralelas no se juntan. ¿La familia que pelea unida permanece unida? Sí, en el universo de Los Increíbles, pero no siempre. ¿Cualquiera puede cocinar? En el París de Anton Ego, con seguridad; en el Buenos Aires de la chocotorta, andá a saber. Ver las tres Toy Story permiten comprender más claro. En cada film, alguno de los personajes comprende al Otro, pero la relación con los humanos sigue siendo conflictiva y amarga. Y la moraleja no existe, es útil solo para Woody, Buzz y los suyos. Incluso en ambas Cars, fácilmente el piso de la producción Pixar -hasta ahora- la moraleja o, más bien, el dictatum alegórico, es menos importante (casi parece inyectado por obligación) que la diversión que los dibujantes se permitieron con los autos humanizados. Probablemente el fracaso estético -que no comercial- de esos films provenga de no ser más que una broma interna inflacionada. Pero tampoco querían dictarnos un modo de comportarnos en el mundo. El cine estuvo siempre primero y, como cualquier arte, el enunciado que podamos extraer como enseñanza de una película, si está bien hecha, si primero es una película (es decir, un mundo que se nos muestra y no se nos impone), es lo de menos y depende de nosotros.

 

Intensa Mente es todo lo contrario de lo que acabamos de describir. En principio, es una mala película. Pero, además, es una película mala. Vamos por partes.

 

Si yo fuera un ejecutivo de Hollywood, jamás le daría luz verde a un film donde los personajes se llaman “Alegría”, “Tristeza”, “Miedo”, “Desagrado” y “Enojo”. Porque no puedo hacer demasiado con ellos y la falta de matices obligatoria de estos seres obliga a una rigidez narrativa notable. Estos personajes no van a cambiar y, si no cambian… ¿Qué sentido tiene contar su historia? Me puede decir el lector que la que cambia es la nena cuya mente estos cinco integran, pero resulta que “la nena” termina mostrada como un vehículo para el conflicto entre esos cinco modelitos elementales (además bastante feos, bastante menos que creativos). En este sentido, y dado que los personajes son alegorías elementales e ideales que no pueden cambiar demasiado (o nada; se dan cuenta en el film rápidamente al relegar a tres de ellos al mero rol de alivio cómico, y queda claro que bien podrían no existir) las peripecias de la película están condenadas a la reiteración. Cuando la primera “isla” se cae al abismo del olvido, lo primero que pensamos es “uf, todavía quedan cuatro más”. Para decirlo de otro modo: no hay historia.

 

Segundo problema, ya que estamos: la historia. Una nena se muda del campo a la ciudad, cambia de colegio, de amistades, de casa, de contexto. Se angustia y casi huye. La angustia de esa nena se explica por que Alegría y Tristeza cometen un error en el manejo de la mente y se pierden, y con ello se pierden ciertos recuerdos centrales que son la base de las cinco “islas de la personalidad” del personaje, aquellas cosas que la definen y hacen única. Aclaro por las dudas que esto que acabo de escribir se explica tal cual en el film, así, pura palabra (ya llegaremos a ese problema de “la palabra”). Ahora bien: cualquier ser humano con dos dedos de frente sabe que si a la nena no le ocurre nada malo (la atacan, la golpean, la roban, la violan, etcétera, algo que no pasará en un film de Pixar), tarde o temprano recuperará la alegría, se acostumbrará a vivir donde sea, etcétera. Porque le pasa a todo el mundo y la película en ese aspecto busca ser realista. Es decir, todo lo que sucede en la “mente” de la protagonista carece en realidad de sentido, no es más que una ilustración  alegórica (sí, alegórica, esa peste) de lo que pasa en el mundo “real” de la protagonista. “Expliquémosle a los niños por qué sentimos cuando sentimos lo que sentimos”, digamos. Y la explicación es “cuando te sentís triste, hay una personita que te provoca tristeza en la mente”, lo que no deja de ser un excelente argumento en favor de la lobotomía. Así todo.

 

Pero encima (de los encímases), cada cinco minutos aparece una cosa ad hoc nueva y una explicación respecto de qué es y cómo funciona. Parece que cada vez que alguien se mete con la mente pasa esto, y en gran (demasiado gran) medida, Intensa Mente es Inception explicada a los menores de cinco años. Sobreexplicada, en realidad, porque cada dos por tres sucede que nos perdemos en las circunvalaciones cerebrales de los guionistas que, da la impresión, se dieron cuenta demasiado pronto de que no hay demasiado que contar. No solo no hay demasiado que contar, sino que además mucho de lo que se cuenta es falso o inconsistente. Tomemos por ejemplo al personaje ese, Bing Bong (horrible, de paso), el amigo invisible. Cuando aparece en la historia, ya ha sido olvidado por ¿la protagonista?, y la pregunta es por qué no pasó al olvido directamente (hay un pozo que es el Olvido), qué hace por ahí. Y no, tiene que estar para poder guiar un rato a Alegría y Tristeza en su viaje de vuelta al comando central de la mente. Después sí cae al Olvido e incluso se sacrifica, pero uno se pregunta ¿En serio la nena no podrá recordar, digamos a los veinte años, que tuvo un amigo invisible al que llamaba Bing Bong? No parece ser el caso. El funcionamiento aleatorio del olvido y del recuerdo es otro problema: el film nos dice que responde a una mecánica implacable (para poner en supuesto peligro a las personitas de la mente) pero sabemos (el film, repitamos, pretende ser realista de la mente para afuera) que las cosas no son así. Esto también refuerza la idea de que la aventura de Alegría y Tristeza es una representación alegórica de las complejas emociones de nuestra nena-vehículo y que en realidad la relación entre lo que pasa en la mente y fuera de ella es una construcción artificial y forzada.

 

Para colmo el humor es pésimo. Pero pésimo en el sentido más amplio del término. Hay un solo momento de creatividad visual (los ambientes cerebrales son de una pobreza imaginativa impresionante, indigna incluso de las peores películas de la marca) cuando Alegría, Tristeza y Bing Bong toman el atajo por Pensamiento Abstracto, y los personajes se ven transformados en abstracciones cada vez mayores hasta terminar siendo solo un trazo de color. Dura más o menos un minuto y es el único momento de disfrute visual y humor. Porque en realidad el humor funciona a partir de lugares comunes estúpidos (las personitas mentales de mamá recuerdan para distraerse a un galán latino; las personitas mentales de papá están viendo un partido; las personitas mentales del perro solo quieren comer y así siguendo con la estupidez) o de una falta de cálculo que asusta. En un momento, Bing Bong, Tristeza y Alegría logran tomar el Tren del Pensamiento (no pidan explicaciones acá si no quieren el triple de texto al divino botón) y miran la mente desde arriba. “Qué lindo: desde acá se ve todo”, dice Bing Bong. “Ahí está Pensamiento Matemático, ahí está Déjà-Vu, ahí Procesamiento verbal, allá Déjà-Vu…” y uno piensa “ya está el chiste”. Y no, sigue enumerando “allá Pensamiento Lógico, allá Déjà-Vu…” y una vez más. Disuelve el (mediocre) chiste de Déjà-Vu al repetirlo cuatro veces. No recuerdo un error de timing tan grande en un film de Pixar, ni siquiera en Cars, Cars 2, Bichos o en los spin-offs disneyanos de Aviones.

 

Toda la película es este cóctel de explicaciones, alegorías rancias, diseños perezosos, palabrerío de autoayuda (imagino el libro “Convive con tus Personitas de la Mente y Triunfa”) y cháchara explicativa. Que, para peor, nos conduce a que tengamos una y solo una conclusión que justifique el visionado de tal tortura: “no existe la felicidad sin la amargura”. Wow. A mí eso me había quedado claro con Toy Story y eso que nadie me lo decía. Pero era lo bueno de aquellas películas de Pixar: eran tan buenas, creaban un mundo tan bello que me permitían pensar otras cosas, más abstractas, más universales, quizás de perogrullo, pero que me surgían solas mientras ayudaba a Buzz y Woody a subirse al camión de mudanzas. Con Intensa Mente, se acabó lo que se daba: Pixar ha ingresado al mercado de la película utilitaria para tranquilizar conciencias. Y si antes trataba a los niños como adultos en desarrollo, hoy nos trata a los adultos como niños idiotas, proponiéndonos puros déjà-vus.

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