Hard To Be A God
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Hard To Be A God
Dirección: Aleksey German

Con las botas puestas
Por Guido Segal
Publicada originalmente en El Amante #268

Vivimos en tiempos reactivos. Es un mundo lleno de respuestas, pero de muy pocas propuestas. Pero la vida sigue, hay que aferrarse a algo. Ensalzamos refritos de refritos de refritos como la última maravilla, entronizando dioses de arcilla con tal de sentir que la rueda de lo nuevo no dejó de girar. Sin embargo, no estamos cerca del Apocalipsis, lejos de ello. Estamos ante una simple y elemental tendencia al encierro, a seguir recto obstinadamente hacia un callejón sin salida. Salida hay, solamente hay que verla. Y para verla, hay que pensar diferente, dar un paso atrás, desenfocar y empezar de nuevo.

Hard to be a God no es un refrito de nada, no es una relectura, no es una parodia, no es un reacomode. Es algo nuevo, es otra cosa completamente. No se le parece a nada, y eso es una gran noticia no sólo en términos cinematográficos, o artísticos si se quiere, sino también de concepción de mundo. La herramienta, el cine, sigue virtualmente inexplorada. Sus posibilidades siguen siendo ilimitadas. Lo que puede decir, o insinuar, u oscurecer, sigue siendo infinito. Si la pereza o el ánimo conformista prevalecen sobre los responsables de hacer películas o sobre la inmensa masa amorfa y dormida tecnológicamente, no es culpa del cine.

El último opus de ese gigante olvidado llamado Aleksei German no es una película fácil, y mucho menos placentera en el sentido tradicional. Es una película molesta y hasta dolorosa, como una pústula en el culo. Es una película demandante y obscena, absorbente y transformadora. Está mucho más cerca del cine puro que de la literatura, su voz se expande cavernosa como un mensaje bíblico. Nos pide mucho porque mucho es lo que nos da. Se parece mucho más a un sacrificio religioso que a un cuentito con introducción, nudo y desenlace; de hecho, su extraordinario realizador construye un presente puro que destruye a golpe de armadura el concepto de narración. El cine puro, con toda la potencia de su profundidad ontológica, puede prescindir de un constructo narrativo, convencido del perverso poder de la estética como vehículo para fascinar y poseer a las masas.

La fábula es ínfima: hay un planeta que se parece a la Tierra en el Medioevo, un príncipe que podría ser el hijo de un Dios y una población dividida en dos, los que creen en su origen divino y los que no. Las lecturas alegóricas son pertinentes, pero no fundamentales. La puesta en escena rápidamente desintegra la relevancia del relato, que pronto se vuelve infinito. La película dura tres horas, pero podría durar quince. Superada la segunda hora de película, uno podría pasar el resto de su vida adentro de la sala. Cine de presente puro que se vuelve eternidad, se come a la vida, la reemplaza. Así de mastodóntico es German, así de sagrado y denso. Cineasta que no cuenta cuentitos, sino que narra el devenir de los seres, que habla de las cosas de las que solo hablan los que tienen los pies anclados en el barro: de su país, de la Historia, de los males de los hombres.

Barro, decía, y mierda. Mierda y sangre. Pis y fuego. Alquitrán y agua estancada. Hard to be a God es una de las películas más materiales que he visto, una experiencia de sensorialidad maximizada, un reinado perpetuo de fluidos. Es la visión más escatológica y vulnerable de la humanidad. ¿Qué somos sino un conjunto de fluidos, los que ingerimos y excretamos? La incomodidad brota en gran medida de esa construcción del cuerpo como máquina enferma, un largo desfile de deformes, tullidos, obesos, raquíticos y monstruos humanos. Si hubiera que definir a la película en una sola línea, diría que es una película sobre cuerpos ahogados por sustancias viscosas. Viscosa es también la cámara, que construye largos planos secuencia que son en realidad subjetivas de los científicos que vienen desde la Tierra; el punto de vista que habitamos es el de los extranjeros, de los que no pertenecen a este infierno naturalizado donde reinan la sodomía y el tormento. Esa decisión radical de construir todo el relato en forma de una subjetiva exploratoria -montada además en el uso de lentes angulares que deforman la imagen, de un blanco y negro contrastadísimo y de un uso barroco de diferentes planos de acción simultáneos- no hace más que enrarecer hasta el abismo la experiencia, hasta transformar todo en una pesadilla, o en un viaje tridimensional a un anárquico manicomio.

Quizás por su largo proceso de gestación, Hard to be a God es la película menos anclada al presente del realizador, siempre perseguido por los censores de su país. Su lectura de Rusia es, quizás, la más oblicua, la menos directa. Es que es tan grande y ambiciosa que uno diría que ya directamente se dirige a la humanidad toda, que su objetivo es la especie. Es una obra heredera de una estirpe en extinción, la de los potentados que hacían películas más grandes que la vida misma, que no le temían a ir hasta los confines. German se inscribe junto a Tarkovsky, junto a Miklos Jancsó o junto a Béla Tarr en ese selecto grupo de valientes que apuntaban a las estrellas, que confiaban en que el cine podía abrir las puertas de otros mundos o revelar la cara de Dios. Esa ambición sostenida y ese apetito de más es lo que define la novedad de su película, que lo consagra como un visionario, alguien que supo ver más allá de los esquemas de percepción y transmisión dominantes. Tuvo que sacrificarse a sí mismo, fuera del mundo y enfrascado en esta farsa medieval durante 14 años. Pero bien valió la pena su sacrificio.

Hard to be a God no pierde su poder subversivo porque brota como un golpe de verdad y sinceridad entre tanta fanfarria escapista. Es una película que despierta hondas contradicciones, sobre todo en torno al placer, esa obsesión tan contemporánea (otro día hablaremos del falso hedonismo de nuestros tiempos). Su propuesta subyuga, agobia y duele, destruye para luego redimir. Es ardua y sórdida, pero es tal su maestría en la construcción visual, tan sofisticada la elaboración de un fuera de campo sonoro, tan lúdica en la superposición de rostros, objetos y animales, que uno no puede más que rendirse. Aquí nace una escuela de manejo del espacio fílmico, aquí se afirma un modelo de cine combativo con argumentos. Aquí la vida es más honda y plena y generosa en sensaciones.

Como el aceite sobre el agua, el análisis choca contra su propio límite. La película se come a mordiscos a cualquier crítica. Bastión totémico del cine puro, Hard to be a God solo tiene sentido en una sala de cine, poseído quien la mire por su magnética contundencia. Tan deslumbrantemente virtuosa es esta batalla sensorial que derrota al pensamiento, lo obnubila, lo posee. Cuando llega el final, que llega porque algún día tenía que llegar, uno ya está felizmente derrotado, desparramado. La última película de German se enciende sola y se consume, estalla. El buen hombre logró filmar poco en sus largas décadas de vida, y se ve que padeció el proceso, pero se fue de este mundo como solo se van los grandes: con las botas puestas.

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