Festival de Mar del Plata 2013 nota 6
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Why Don’t You Play in Hell (Japón/2013/119’).

Dirección: Sion Sono.

 

Pensar en Super 8 y en Kill Bill sería una injusticia para alguien que, como Sion Sono, es un género en sí mismo. Su consabido cruce de géneros, la falta de límites, la libertad absoluta, forman parte de este “homenaje” del director japonés al fílmico (sobre todo al 35mm, pero también al super 8). Un grupo de jóvenes “terroristas”-cineastas, una chica que alguna vez fue famosa por la publicidad de una pasta dental y dos bandas enfrentadas de yakuzas se cruzan con el objetivo de realizar una película. Pero no cualquier película sino una obra maestra.

Autoconciencia y parodia, ficción y realidad constituyen las diversas capas de los círculos concéntricos que conforman una habitual forma de narración sionista. Como en Strange circus, Love exposure o Cold fish, las distintas historias o los distintos tiempos se imbrican unos en otros y sólo al final (o a los finales, como en este caso) terminamos de comprender la lógica dentro del caos. Así, sabemos que Sion Sono no se siente atado por los mandatos de la lógica causal, y que los saltos temáticos, estéticos, narrativos y temporales son una marca de fábrica. De todos modos, en un artista cuya constante es la heterodoxia, sorprende el giro iniciado en The land of hope (vista en Mar del Plata el año pasado) y ahora en Why don’t you play in hell. Películas muy distintas entre sí, pero que marcan algún tipo de viraje con la obra anterior. La primera, un melodrama cargado de tensión, que nunca explota a la manera en que sucede en toda su obra anterior y la presentada este año, bañada de sangre (como casi siempre, salvo en la citada The land of hope), pero sin su ya clásico componente de perversión. La referencia a la perversión no implica en este caso una carga valorativa; quizás sería más adecuado hablar aquí de lo que generalmente es concebido o presentado como tal, ya que el juicio moral es ajeno al mundo de Sion Sono.

Conociendo al director, seguramente este aparente cambio no sea estrictamente un viraje sino una adición, un desvío (uno más), algo que agregar a su proteico universo. De una a otra película, y dentro de cada una de ellas, la sorpresa es permanente. No es habitual encontrar un ánimo tan constante de búsqueda y variación en el cine contemporáneo.

En Why don’t you play in hell, la sangre puede generar una alfombra brillante, de un rojo perfecto o salpicar por completo la pantalla, los protagonistas pueden continuar en movimiento desmembrados o con un sable partiendo en dos el cráneo. La violencia es tan excesiva que sólo en el campo de la animación puede hallarse algo parecido. Pero el ánimo es festivo, erótico, amoroso. Felicidad de un disfrute animal, atávico, que da cuenta de un profundo amor por el cine.

Es muy tarde y todavía quedan muchas películas. Nunca más pertinente el habitual saludo de despedida del amigo Roger Alan Koza: Good bye Dragon Inn.

Fernando E. Juan Lima

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