Festival de Mar del Plata 2013 nota 3
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A Touch of Sin

 

por Leonardo M. D’Espósito

 

…porque el último plano de A Touch of Sin es una multitud un poco risueña, un poco anestesiada, que observa en el contraplano una representación teatral china donde se pregunta “¿Comprendes el pecado que has cometido?”. Nadie contesta, claro, porque después de todo son espectadores, no parte del drama aunque, en espejo, sí lo son. El drama se llama China, ese país que representa la máxima aquella de Goya, de que los sueños de la razón producen monstruos.

 

A Touch of Sin cuenta cuatro historias: la de un viejo minero comunista que decide tomar en sus manos la justicia tras ver que sus viejos compañeros de ruta son multimillonarios explotando a ex camaradas; la de un hombre que ama a su familia pero vive viajando: es un asaltante que mata a sangre fría para lograr la supervivencia; la de una mujer que trabaja en un sauna, amante de un hombre casado, que un día, humillada por una pareja que no termina de separarse y por un cliente que ostenta obscenamente su dinero, tiene un arranque de furia asesina; la de un joven casi adolescente que se enamora de una prostituta, que descubre que ese amor es imposible, que es apenas un engranaje en la maquinaria del consumo, que es objeto de los reclamos de dinero de su madre y que, finalmente, opta por una decisión trágica. Jia hace algo extraordinario: la violencia y la muerte son las únicas soluciones para estas historias, pero cuando suceden son secas e imprevistas. Sigue encontrando imágenes poderosas, bellas y trágicas al mismo tiempo. Sigue moviendo su cámara, recorriendo en el espacio las armónicas relaciones entre sus personajes y su mundo. Sigue, pues, creyendo que el espectáculo no es una dimensión desechable del arte sino esencial: la herramienta que transforma lo invisible en visible.

 

Uno puede pensar que se trata de un cambio, pero no: A Touch of Sin es la consecuencia lógica de The World (la historia de la prostituta y el joven tiene mucho de eso) o de Platform (la historia del comienzo es el resumen de aquel film en clave de violencia sangrienta). Lo que la película muestra es quizás el mayor de los infiernos posibles para un país: un territorio que se ha construido sobre la base del más voluntarista y políticamente correcto de los discursos comunistas solo para funcionar como la más despiadada y anónima de las formas del capitalismo salvaje. Esta China -y aquí el lector puede pensar que solo se trata de la China creada por Jia- es el modelo para muchos progresistas que esconden un despiadado afán de lucro y lujo. Una mala noticia para el mundo, digamos.

 

Al ser un policial que recuerda por momentos a lo más crudo del realismo social de la Warner entre los 30 y 40, es, también y fundamentalmente, una película política sobre la explosión de los explotados. Todas las películas anteriores del realizador, incluso el terso pero en ocasiones débil documental I Wish I Knew -que relata la historia de Shanghai desde la Revolución Cultural hasta hoy- confluyen lógicamente en esta serie de historias que conforman un tapiz. La pregunta que queda flotando, para continuar con lo que escribí acerca de Blind Detective, es si Jia, que ve la muerte como única salida a este estado de cosas, es más pesimista que To, que concluye su paseo cómico por los infiernos con la construcción de una familia feliz donde papá se pelea con la nena por el helado mientras mamá corre a una criminal. Ahora que lo pienso bien, no: Jia muestra porque cree que, mostrando, puede lograr algún cambio. Para To, hay que resignarse a vivir con el crimen y la corrupción. Aunque uno salga del cine en un caso con tristeza y en el otro, con alegría, son dos panoramas de la desesperación.

Y esperen a ver Drug War.

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