Festival de Cannes 2015. Día 8.

Por Fernando E. Juan Lima

Paolo Sorrentino juega fuerte, así que cuando se equivoca, lo hace con todo, sin medias tintas. Pareciera que fuera de Italia, como en el caso de This must be the place, se le complican un poco las cosas. Youth, presentada en la Competencia Oficial, es una coproducción con Francia, Suiza y el Reino Unido, está protagonizada por Michael Caine, Harvey Keitel, Jane Fonda y es ciertamente fallida. Si La grande bellezza revisitaba el imaginario de La dolce vita, esta vez 8 y 1/2 parece ser el filme de Federino Fellini escogido como disparador o punto de partida. Cada vez de manera más clara desde Il divo, Sorrentino adopta una estructura derivativa en la que la cámara planea por sobre la historia, construyendo la narración en base a la continuidad estética de las imágenes. Así y todo, tanto Il divo como La grande bellezza poseían un personaje central más potente lo que contribuia a la cohesión estructural del filme. Acá, Michael Caine (haciendo de Toni Servillo haciendo de Marcelo Mastroianni), compositor y director de orquesta retirado, comparte el centro de la escena con su amigo director de cine -Harvey Keitel- y su propia hija -Rachel Weisz-, entre otros. Youth da la sensación por momentos de que Sorrentino ha tenido unas cuantas ideas respecto de posibles observaciones, reflexiones o chistes en torno a distintos temas (el amor, la familia, la vejez, el cine, la música) y la manera de encajarlos todos en una historia fue la de pensar en ese spa vacacional de lujo en Suiza en el que pueden convivir un famoso director de orquesta retirado, un director de cine y un actor que trabajan en sus respectivos próximos trabajos y hasta Maradona (referencia un tanto grosera que no obstante logra algún momento de humor que funciona). Sorrentino se ríe de todo y de todos. Incluso de sí mismo, claro está. Esta vez ha cometido un vistoso y grandilocuente error. Ahora esperamos su próxima gran película.

Con tantas películas de genero que produce el cine coreano, la lógica de Un certain regard casi siempre parece basar su elección en la crueldad de las tramas. Año a año asistimos entonces a la multiplicació de torturas, violaciones e inumerables sufrimientos inflingidos a los protagonistas de de varias de las películas seleccionadas. Esta vez, la surcoreana Madonna, de Shin Su-won, propone un menú de chica border, excedida de peso, no querida por nadie, que es violada, queda embarazada y, vuelta a violar, termina en coma con muerte cerebral. Para terminar de sazonar ese plato sumamos la enfermera que irá develando esa trama ya que -no lo dijimos- aquella chica está internada en un hospital donde la usarán para un transplante para salvar la vida de un rico personaje que es mantenido en coma a través de los años por su hijo que no lo heredará y no quiere perder el control de su fortuna. Y hay más aditamentos y vueltas de tuerca; ese no es el problema. Después de todo, el melodrama suele incluir esos excesos (de Fassbinder a Almodóvar). El problema es que el acento está puesto en humillar a la protagonista, en generar momentos de shock gratuito. Y en modo alguno tenemos remilgos o problemas con esos excesos, lo que pasa es que -dejados ellos de lado- no queda nada  para decir de esta película.

También en Un certain regard, vemos Je suis un soldat, de Laurent Larivière. En el marco de lo visto hasta ahora en esta sección esta opera prima es una pequeña sorpresa. Cuando comienza el film, la protagonista, de unos 30 años, deja el departamento donde alquilaba porque no puede pagar más lo que se le requiere por mes. El regreso al pueblo, a la  casa materna, la reencuentra con la familia pero no con algún tipo de contención económica. Su madre, su hermana, su cuñado, todos deben vivir bajo el mismo techo y están en similares condiciones que ella. De ahí a trabajar con su tío, con quien se sumerge en el oscuro mundo del tráfico de perros. Si es verdad que uno es lo que hace, o que al menos termina pareciéndose a lo que hace Louise Bourgoin da muestras con su cuerpo de que esa hipótesis sería cierta. Larivière sin embargo encuentra, como la protagonista, una posibilidad de escape a ese descenso a los infiernos que parecería no tener fin. Después de todo, por más que Louise Bourgoin actúe como un soldado (Je suis un soldat es el tema musical que se escucha y canta en una reunión familiar), existen límites para la obediencia debida.

As mil e uma noite (volume 3, O encantado) termina con esta increíble construcción de Miguel Gomes, en la que conviven el humor de sus primeros cortos, el gusto por la música popular de Aquel querido mes de agosto, el aliento poético de Tabú e incontables otras búsquedas durante las más de 6 horas de duración de los tres volúmenes. Concebidas como un único corpus, existe una independencia y una  relación que explica su exhibición en tres partes, aunque posiblemente gane el conjunto si se lo ve de manera sucesiva y sin demasiados interregnos entre las distintas entregas. El voumen I es el más claramente político (los chistes más gruesos en torno a las imposiciones del FMI a Portugal, se entienden, se comparte la mirada, pero difícilmente queden en la memoria o resistan el paso del tiempo). El segundo epiodio se hace fuerte en aquello que proponía el final de la parte anterior: los cruces entre ficción y documental. Por último, el episodio III, a nuestro entender el más fallido, mixtura lo antes visto, pero además despega las imágenes del discurso hablado y suma una enorme cantidad de textos escritos en pantalla, los que terminan por agotar. Las mil y una noches, como se advierte en los títulos de cada una de sus partes no se basa estrictamente en esos conocidos relatos, sino que de ese libro toma su estructura. La fascinación por la narración, la capacidad de sumar los relatos, encontrar una y otra caja china dentro de la primera, la segunda, y así… Es tal el encantamiento que se produce que por momentos olvidamos cómo llegamos a eso que se nos está contando. Pero no podemos dejar de gozar de este viaje. Con más tiempo prometemos volver sobre esta obra única en el balance final para El Amante.

La noche termina con The Assassin, de Hou Hsiao-hsien, que estamos viejos y la función de trasnoche de Love, de Gaspar Noé la pasaremos para recuperarla el día de mañana. Se apagan las luces de la sala, comienza el institucional del festival y se viene la última película de Hou. Mañana os contamos.

Publicada el 21/05/15

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