Especiales – Abajo el amor
Abajo el amor

 

Esta es una nota hecha de a dos por el Día de San Valentín (contra) el año pasado

Un top ten de películas que hacen mal a los recién separados

Abajo el amor

Películas nocivas para un corazón roto

Por Daniel Alaniz y Maia Debowicz
“Una relación es como un tiburón. Tiene que moverse hacia adelante o muere, y creo que nosotros tenemos un tiburón muerto”, le dice Alvy Singer a Annie Hall a pocos segundos de romper. Separarse cuatro días antes de San Valentín es como un continuado de la saga de las orcas asesinas y los redactores de esta nota son los protagonistas, fatalmente unidos por tiempo y desolación, que tendrán que esquivar a como dé lugar los dientes del desamor. En la semana de mayor recaudación de ventas de ositos de peluche, rosas rojas y Dos Corazones, cuando arden las reservas de restaurantes donde hay que comer liviano para poder cumplir con la cogida obligada de la fecha, lo que necesitan estos críticos es evadir desesperadamente todo tipo de seña que les recuerde que se encuentran solteros en el día de los enamorados. Pese a este objetivo, aturdidos por la amenaza tortuosa de la soledad, decidieron escribir una nota totalmente contraproducente para su salud afectiva, ilusionados con construir el lado oscuro de la educación sentimental a media hora de los brindis de San Valentín. El cine, en este presente, puede ser una zona de peligro: tiene el poder de revelarnos decisiones postergadas o de alimentar nuestra nostalgia hasta envenenarnos. Por ejemplo, The Story of Us (Rob Reiner, 1999) puede mostrarnos, a pesar de su final feliz con fórceps, cómo una relación ya no tiene otro destino que el fin, y una como Grandes esperanzas (Alfonso Cuarón, 1998) sumirnos en la estéril búsqueda de un futuro que es solo ilusión. Como en tal momento de sensibilidad hasta La novia de Chucky puede ser dañina para la psiquis perturbada de un recién separado, lo importante es detectar qué películas jamás se pueden ver. En un top ten de películas nocivas el puesto número diez lo ocupa El desprecio (Jean-Luc Godard, 1963), ya que claramente es lo despreciable un atenuante afectivo. Nada puede funcionar mejor contra el dolor de la pérdida que la enumeración de características negativas, aunque también sea la trampa más vieja de todas, la demostración cabal de cómo no sabemos convivir con el amor o su ausencia. El puesto número nueve es de Miranda July con su segundo largometraje The Future (2011), fiel reflejo del momento en que una pareja se quiebra y ya no puede volver a atrás, siendo cada uno consciente de la pérdida del otro sin posibilidad alguna de retenerlo. Asistir a tal confirmación puede ser algo motivante para no volver atrás con las decisiones ya tomadas, pero quién necesita pensar tanto en momentos así. Tal vez la fortaleza sea mejor encontrarla en los estímulos que dan la noche, las amistades y el alcohol más que en un “sí, está bien lo que estoy haciendo” mientras se caen las gotas de helado y las lágrimas frente a la tele. El puesto número ocho es sin dudas de Heartbreak Kid (Elaine May, 1972) por poseer una de las escenas más realistas de un rompimiento amoroso de toda la historia del cine. Lenny Cantrow (Charles Grodin) quiere expresarle en un restaurante a Kelly Corcoran (Cybill Shepherd) que la pareja ya está acabada y da vueltas y vueltas, hasta que vomita las palabras atascadas provocando un shock inexplicable en la mujer abandonada. Comienza ese temido llanto visceral que llama la atención de los mozos, creando un clima de tensión e incomodidad que moviliza hasta el corazón más terco. A las 3 a.m. los redactores, desobedeciendo su propia promesa, revisan este lastimoso fragmento aunque pongan en riesgo la poca fortaleza que les queda. Con varias cervezas ingeridas, confunden protagonizar la ficción y reviven, una y otra vez, la escena más dolorosa de su propia película. Después de bañar el teclado de lágrimas y apoyándose en su compañía, se dan cuenta de que la única forma de vencer a la madrugada es terminando con esta masoquista nota. Quedan solo seis puestos. Es hora de reemplazar el alcohol por la cafeína y a John Cale por los Ramones. El siete es el número de la suerte, salvo en esta nota, por supuesto. Con ánimo de amar (Wong Kar-wai, 2000), al distanciarse de su enorme nostalgia, podría interpretarse como un chiste de mal gusto. Una pareja que tiene que terminar no termina y una que queremos que empiece, queda trunca. La amargura y el desengaño se imprimen para siempre, como esos momentos suspendidos, de encuentros sutiles y eternos como solo el cine puede dar. Del amor, solo quedan las ganas de hacerlo, la realidad va por un camino mucho más desolador.

 

Viviendo con mi ex (Peyton Reed, 2006) es dueña del sexto puesto, la radiografía de cómo la convivencia puede construir un muro de reproches y acusaciones transformando el amor de la pareja en una intolerancia crónica que crece día a día hasta alejar a sus integrantes por completo, quienes se desconocerán mutuamente hasta el punto de convertirse en extraños. Deciden separarse pero siguen compartiendo la misma casa –hasta poder venderla–, pero quizás, tal vez, esa sea la excusa para dilatar la inminente despedida. A mitad de camino de finalizar la lista, un grave paso amenaza con empujarnos a retroceder hasta el punto de partida. Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995) construye la magia que circula en el aire cuando dos personas se conocen y se atraen. Los diálogos avispados, los gestos y hasta las peores características de cada personaje sirven en esos primeros momentos como arma de seducción, cuando el tiempo todavía no develó su cara más corrosiva. La nostalgia da la perspectiva de todo lo perdido y esos recuerdos de los años dorados pueden opacar los de los más recientes, los que nos hicieron llegar donde estamos. Hay que sortear rápido este paso en falso y abalanzarse rápidamente al cuarto puesto. La meta se acerca. Breaking Upwards (2009), ópera prima de Daryl Wein, nos propone ser testigos de una pareja que, ahogada por el aburrimiento, pone en práctica distintas estrategias para intentar salvar la relación a cualquier precio. El miedo a extrañarse es tan intenso que los llevará a ponerse objetivos, tanto de unión como de desunión. El experimento se basa en atravesar el duelo de a dos. Comienza a aturdir el gemido de los pájaros que anuncia la llegada de la mañana de los enamorados y de un sol que no iluminará los corazones de quienes escriben. Las 6:30 a.m. traen la tarea de enfrentar a los últimos tres puestos. No importa el lugar, no importa el idioma ni las infinitas charlas en busca de orígenes, sea de la cultura o de cómo una pareja llegó al lugar en el que está. Lo importante es que Copia certificada (Abbas Kiarostami, 2010) nos expone a la certeza que nos obliga a aceptar que cuando algo se termina no hay otra posibilidad que aceptar ese punto final y que el dolor es universal. En cambio, la negación de la certeza es la obsesión de El tiempo (Kim Ki Duk, 2006). Seh-hee representa lo que una persona es capaz de hacer cuando está enceguecida por la enfermedad del amor. Para generar un estado de constante cautivación modifica su aspecto ofreciéndole a Hi Woo una mujer nueva cada día, hasta el extremo de perder su propia identidad. La búsqueda de cada rostro nuevo simboliza el alto nivel de vaciamiento que sufre este personaje, que ya no es nada más que el molde de los deseos de otro. 7 a.m. Con la música de las baldeadas matutinas de los encargados y los camiones de basura se hace presente el esperado primer puesto. El honor es de la multidirigida El amor, primera parte (2004). El relato recorre las distintas etapas de una pareja, desde el amor hasta la indiferencia e inevitable desenlace. Como en cada relación que iniciamos y se termina, El amor… nos vuelve a contar una historia que ya conocemos por experiencia propia y a pesar de ello nos sigue afectando. Podemos enamorarnos cientos de veces e infinitas veces separarnos y siempre con características repetidas, pero la sensación de pasar por ambos procesos es siempre excepcional. La localía, los transportes, los espacios que conocemos hacen que la identificación sea efectiva e instantánea y totalmente innecesaria para un momento en el que tendríamos que estar pensando en cómo salir de este infierno.

En la mesa hay botellas de cerveza vacías, tazas de café, platos con chocolates, papas fritas y dos ceniceros rebasados de colillas de cigarrillo. También dos rostros ojerosos pero con expresión triunfante por haber terminado su tarea y haberle ofrecido un generoso servicio a la comunidad de los que también sufren por amor. Con sus miradas limitadas, coinciden en que la última posibilidad de contacto cinematográfico que les queda es acobijarse en los brazos de Jerry Lewis, alguien que siempre supo cómo hacer de la desilusión, la torpeza o la fragilidad un mundo mágico donde lo mejor está por venir. Mientras afuera comienzan a sonar los timbres de los románticos desayunos sorpresa y el día se prepara para la fiebre de tarjetas románticas que prometen amor eterno; acá adentro ya es hora de dormir. Y despertar recién el día 15. *Información de utilidad: En caso de desear contactar a los redactores recientemente solteros, pueden mandar sus características físicas, intereses e ideologías políticas a la casilla de mail de El Amante para ser evaluados y posiblemente entrevistados por el staff de la revista con el fin de encontrar a la persona indicada que sanará sus corazones. Todos participan por un DVD de Los puentes de Madison.

Publicada originalmente en nuestro número 248

http://revista.elamante.com/numero/248/

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