Cannibalismos 6

Shoplifters, Hirokazu Kore-eda (Sección Oficial)
Asako I & II, Ryosuke Hamaguchi (Sección Oficial)
Muere, monstruo, muere, Alejandro Fadel (Un Certain Regard)
Mandy, Panos Cosmatos (Quincena de los Realizadores)

Por Jaime Pena
15/5/18

Es significativa la diferencia entre los títulos inglés y francés de la nueva película de Hirokazu Kore-eda, Shoplifters y Une affaire de famille, el primero más anecdótico, el segundo apuntando de lleno al conflicto central de la película (desconozco en estos momentos la traducción exacta del original japonés). De hecho, la película se inicia con un padre y un hijo robando en una tienda, actividad en la que está educado el niño y que permite que la familia se alimente todos los días. La familia, en sí, parece una familia tradicional, madre y padre, abuela, hijo y tía, por más que tenga algo de aquella de Stray Dogs de Tsai Ming-liang, sobre todo en lo que atañe a su forma de supervivencia en el día a día. Cuando la familia acoge a un nuevo miembro, una niña encontrada en la calle con signos de sufrir malos tratos, empezamos a entender que esta es una suerte de familia de aluvión, a la que se han ido sumando miembros que representan los roles que les corresponden en función de su edad.

 

Desprovista del sentimentalismo (y de las características musiquitas empalagosas) de las últimas películas de Kore-eda, Shoplifters debe de ser su mejor película desde Still Walking, de hace ya diez años. Hay algo en su trama que acaba por enlazarla con Nobody Knows, por más que esta película sea mucho más amable con todos sus personajes y carezca de la dureza de aquella. Pero incluso esto acaba siendo una virtud: narrar una historia de tintes bastante trágicos como si se tratase de una tierna comedia. Se ve que en el cine de Kore-eda el éxito o el fracaso de su fórmula depende únicamente de la gradación de cada uno de sus ingredientes.

 

En Asako I & II no hay nada de fórmula, o no de una forma que pueda reconocer, pues de Ryosuke Hamaguchi solo conozco una de sus seis películas anteriores, Happy Hour, una obra maestra. Pero sí es reconocible un estilo que, como decía de Cold War, propulsa la narración haciéndola avanzar una y otra vez. Sin embargo, en la película de Hamaguchi no se nota el metrónomo, no se mata el tiempo. La historia puede dar un salto de dos años, luego de cinco, anunciar un giro en la narración con una esporádica voz en off, detenerse cuando es necesario, avanzar cuando la historia así lo reclama. Y, sobre todo, arriesgarse con continuos saltos en el vacío. Asako I & II es una comedia (romántica) para más señas. Alguno dirán que una anticomedia romántica pues de lo que nos propone Hamaguchi está más cerca de Vértigo que de una comedia romántica al uso.

 

Asako (Erika Karata) se enamora locamente de Baku (Masahiro Higashide), pero esa relación solo dura unos meses, lo que tarda Baku en desaparecer sin decir adiós. Dos años después Asako se encuentra en la calle a Ryohei (Higashide, de nuevo), idéntico a Baku. Ese primer tropiezo es el inicio de una relación que tarda en consolidarse. Cinco años después, cuando ya viven juntos y Asako está más enamorada de Ryohei que de Baku, este último reaparece. En una película japonesa se podría pensar que Baku es en realidad un fantasma, pero Asako I & II se mueve en unos territorios exclusivamente realistas, de ahí que su reaparición constituya todo un desafío de guión. Asako había sublimado la belleza de Baku y, cuando conoce a Ryohei, su doble exacto, tiene que hacer el esfuerzo de obviar esa belleza para poder enamorarse de él. Estamos en universo de Vértigo, como decía, aunque no me atrevo a desarrollar todas sus implicaciones. Ryohei había reemplazado a Baku; cuando este reaparece, Asako habrá de disociar sus sentimientos (el físico de la persona) y definir qué siente exactamente por Ryohei. Asako I & II no está a la altura de Happy Hour, pero que forme parte de la Sección Oficial es la mejor noticia de esta edición del Festival de Cannes.

 

El cuerpo de una mujer aparece decapitado en una alejada región de los Andes y todo apunta a que la cabeza ha sido arrancada de cuajo, como de un mordisco. La intriga policial que plantea Muere, monstruo, muere poco tiene que ver con la ola de novelas y películas de género policial. Pronto sabremos que detrás de ese crimen y otros que proseguirán se encuentra un monstruo, por más que no lleguemos a saber quién o qué es el monstruo. La segunda película de Alejandro Fadel conserva su capacidad para crear personajes y ambientes desasosegantes, algo así como una película de Tarkovski que de pronto deriva nítidamente hacia el fantástico. Por más que la propia caracterización del monstruo vaya a dar mucho que hablar (la cola es un pene serpenteante, la boca una vagina dentada), la película es mucho mejor en su primera parte, la menos explícita, también la que impone un ritmo excesivamente moroso, unos ambientes nocturnos que dominan toda la película y, en última instancia, una grandilocuencia que se prolonga hasta la resolución final. Pensándolo bien, a esta película de Fadel también le hubiera sentado bien el título de su primer largometraje, Los salvajes; Muere, monstruo, muere parece más bien un título de J.A. Bayona.

 

Puede ser injusto confrontar Muere, monstruo, muere con otra propuesta de género igualmente personal, Mandy, de Panos Cosmatos, por el momento la propuesta visualmente más fascinante que he visto en Cannes. Una película protagonizada por Nicolas Cage y al servicio de Nicolas Cage, una suerte de A History of Violence imbuida de espíritu psicodélico y de un universo que podría recordar vagamente al de David Lynch. La trama se centra en una secta satánica que secuestra a la Mandy del título, la mujer de Cage, lo que propiciará la venganza de este último. La primera parte de la película es un festín de soluciones visuales y hallazgos narrativos, a todas luces un exceso que va más allá de cualquier necesidad dramática. A partir de entonces, en su segunda parte, Mandy es un festival Cage, con todo su repertorio de muecas, enfados y reacciones violentas al servicio de un catálogo de elementos gore en el que la profesión de Cage, maderero, justifica plenamente que la pelea final sea una duelo con motosierras.

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