Cannibalismos 2019 – Día 5

Por Jaime Pena
Cannes 18/05/2019

Port Authority (Danielle Lessovitz) Un Certain Regard
Jeanne (Bruno Dumont) Un Certain Regard
Liberté (Albert Serra) Un Certain Regard

 

Pocas jornadas tan estimulantes como la del sábado 18, en que solo una sección como Un Certain Regard ofreció tres películas tan distintas como significativas. A priori la que menos llamaba la atención es el debut de la directora Danielle Lessovitz, Port Authority, que toma su título de la estación de autobuses de Nueva York a la que llega Paul desde Pittsburg. Allí lo tendría que esperar su media hermana, o eso se ha imaginado él, pero ella no hace acto de presencia. Paul acabará integrado en un grupo que se dedica a chantajear a familias amenazadas de desahucio y conociendo a Wye, que forma parte de un grupo de baile junto a varias drag queens. Son dos familias diametralmente opuestas, una masculina y homófoba, característica de las “malas calles” neoyorquinas y del cine que tradicionalmente las ha representado (Martin Scorsese figura entre los productores), la otra mucho más novedosa, una cultura LGTB en el que las jerarquías, la sexualidad y las relaciones es más ambigua, o está menos predeterminada. El dilema para Paul es mantener su fidelidad a ambos mundos, integrarse en alguno sin traicionar al otro. Criado en familias de adopción, en libertad condicional, Paul responde a un estereotipo muy querido por Nicholas Ray: un joven huérfano que busca desesperadamente un hogar.

 

Con Jeanne Bruno Dumont vuelve a Juana de Arco, en cuya infancia se había centrado en Jeannette, un suerte de ópera rock que en su momento me pareció insufrible. Jeanne es, en cualquier caso, más soportable, quizás porque las canciones hacen acto de presencia dos o tres veces, y son los mejores gags de una película que, como suele suceder con Dumont, uno nunca sabe si está bromeando o nos habla con total seriedad (no tengo esa duda con ninguna de las dos series que ha dedicado a Quinquin, cada cual mejor y muy disfrutables). Hay algo de Monty Python en estas películas, quizás más como provocación que voluntariamente humorístico, algo que no responde tanto a las situaciones en sí como a los actores que interpretan a los personajes (el juez gangoso, por ejemplo) y a una suerte de distanciamiento y puesta en escena minimalista y teatral que funciona muy bien en todas las escenas de las dunas o en la batalla que pierde Juana de Arco (escenificada con una coreografía musical con caballos y planos cenitales a lo Busby Berkeley). Sin embargo, el dispositivo es más discutible en la segunda parte, la que se centra en el juicio y se desarrolla en un escenario en el fondo mucho más convencional, el coro y la nave de la catedral de Rouen. A Jeanne la interpreta la misma niña de Jeannette, Lise Leplat Prudhomme, ahora dos años mayor, que declama todos sus diálogos a gritos. La hoguera nunca estuvo tan justificada.

 

En el juego de la provocación, Albert Serra camina varios pasos por delante de Dumont. En su caso, además, va de la mano de una radicalidad formal tan coherente a lo largo de toda su película, Liberté, como autoexigente. Es cine de época también (pasamos del siglo XV a las postrimerías del XVIII, antes de la Revolución Francesa), pero un cine de época que se salta por completo la ortodoxia, como ya sucedía en el resto de su filmografía, quizás con la excepción de su largometraje anterior, La muerte de Luis XIV. El proyecto se diría multidisciplinar, pues tiene en su origen una obra teatral estrenada el año pasado en Berlín y una instalación museística presentada hace dos meses en el Reina Sofía madrileño, pero es en el cine donde este tipo de propuestas encuentran su verdadera dimensión, sobre todo si la entendemos como una nueva reflexión en torno a la temporalidad cinematográfica que Serra ya había ensayado en muchas escenas de Honor de cavallería y El cant dels ocells. Liberté se desarrolla en una sola noche, en un bosque alemán donde han coincidido varios aristócratas franceses expulsados de la corte. Allí, con la colaboración de unas novicias de un convento cercano, pero también de sus sirvientes, dan rienda suelta a su cultura del libertinaje, de la búsqueda del placer absoluto. Mientras unos practican el sexo en todas las combinaciones posibles, sin entender de límites (hay una progresión en la propia película que nos lleva de la masturbación a los juegos sadomasoquistas y la lluvia dorada), otros miran. Los personajes deambulan por el bosque como si estuvieran recorriendo una instalación, pero el espectador cinematográfico está atado a su butaca durante dos horas y cuarto dejándose llevar por la cámara de Serra, intentando averiguar qué sucede en esas imágenes tan oscuras. De repente, estalla una tormenta y los relámpagos iluminan el bosque mientras la lluvia limpia la atmósfera y de nuevo se reanuda el sexo, los azotes o las reflexiones en torno a los límites morales de aquello que se puede ver o tan solo verbalizar. Liberté es la película más warholiana de Albert Serra.

 

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