Cannibalismos 2019 – Día 4

Por Jaime Pena
Cannes 17/05/2019

Zombi Child (Bertrand Bonello) Quincena de los Realizadores
Little Joe (Jessica Hausner) Competición
First Love (Takashi Miike) Quincena de los Realizadores

 

Después de Atlantique, más películas de zombis; o de reencarnaciones o seres poseídos. Zombi Child se inicia en Haití, en 1962, con un hombre que es rescatado de la muerte y convertido en zombi para trabajar de esclavo en una plantación de caña de azúcar junto a otros muchos zombis. Saltamos a París, a la actualidad, a un exclusivo colegio femenino al que acaba de llegar una nueva alumna de origen haitiano, Melissa. Fanny la integra en su grupo de amigas y, ante un desengaño amoroso, no encuentra mejor manera de revertirlo que servirse de la tía de Melissa, una “mambo”, algo así como una hechicera que a través de una ceremonia vudú puede manipular el alma de otras personas. La peripecia actual se alterna con puntuales viajes al pasado, a 1962 y a la huída del zombi, Clairvius, hasta que muchos años después vuelve a su condición humana.

 

Bertrand Bonello trabaja estas dos líneas narrativas en paralelo, sin que podamos intuir durante buena parte del metraje de la película qué las puede relacionar exactamente. En cierto modo es como si Bonello (también) estuviese recurriendo a Tourneur, por una lado a través de la revisitación de I Walked With a Zombie, por el otro recurriendo a Cat People gracias al personaje de Melissa, que en su origen parece acarrear una suerte de condición maligna. Y lo cierto es que Zombi Child resiste mejor esta doble condición tourneuriana, suficiente para establecer sugerentes relaciones subterráneas y rimas entre ambas historias, que, cuando llegado el momento de la resolución, se vuelve explicativa y siente la necesidad de que entre ambas historias se establezca una síntesis genealógica.

 

Los personajes de Little Joe no están poseídos, aunque, como recuerda un personaje, se comportan extrañamente, como si fuesen zombis. En el caso de la película de Jessica Hausner el referente no es Tourneur, en todo caso serían los Body Snatchers de Siegel, Kauffman o Ferrara, aunque filmada con los colores de Jacques Demy y los encuadres de un Haneke. Little Joe alude a una flor creada genéticamente y cuyo olor proporciona la felicidad a su propietario; más bien, como si se tratase de un antidepresivo, lo que hace es, al olerla o al contacto con su polen, alejarle todos los pensamientos negativos. La invención se le va de las manos a su creadora, Alice, que nunca intuyó su potencial, y lo que nos cuenta Hausner es básicamente eso, otra de esas ideas que parecerían más apropiadas para un corto que para un largometraje. Pero la directora austriaca convierte su película en una suerte de laboratorio genético que trabaja todas y cada una de las imágenes con un detallismo exacerbado, tanto en los colores como en los encuadres y los movimientos de cámara. Posiblemente, la película final ya se podía intuir en el story-board, pues esta es una película más de diseño de producción que de (verdadera) puesta en escena. Hausner ha desarrollado un producto en sí mismo impecable, irreprochable, un prototipo que se podría llegar a fabricar en serie. Eso sí, el gran hallazgo de Little Joe es la utilización de la música del compositor japonés Teiji Ito (Hausner reconoce que llegó a él a través de Maya Deren, otra cineasta que en su día se fue hasta Haití), cuyas composiciones proporcionan vida a las imágenes en exceso pulcras de la película.

 

En First Love, “última” película de Takashi Miike, no hay zombis, pero será difícil que veamos una película más divertida en Cannes, un festival al que suelen llegar los Miikes más serios y pretenciosos. El Miike más interesante es otro, el que es capaz de juntar en una sola noche a distintos personajes, una banda de yakuzas y una Triada china, intentando hacerse con un cargamento de cocaína. Miike coreografía las secuencias de acción como si se tratase de carambolas de billar, salta a la animación cuando el presupuesto no le permite abordar las escenas más espectaculares tal y como están escritas en el guión y transforma la violencia en delirantes gags a cada cual más imaginativo. Y nos deja al menos dos momentos para el recuerdo: ese incendio que provoca una improbable combinación de velas, gasolina y peluche a pilas o el yakuka al que se le derrama una bolsa de cocaína sobre una herida de bala, lo que no solo lo convierte en el hombre más feliz del mundo, sino que también le hace inmune al dolor.

 

Nota: sobre Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar, escribí con ocasión de su estreno en España para A Sala Llena. Se puede consultar aquí.

 

 

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