Cannibalismos 2019 – Día 10

Por Jaime Pena
Cannes 23/05/2019

Mattias et Maxime (Xavier Dola) Competición
Roubaix, une lumière (Arnaud Desplechin) Competición
Il traditore (Marco Bellocchio) Competición
Mektoub, my love: Intermezzo (Abdellatif Kechiche) Competición

 

El gran problema del Festival de Cannes es su fidelidad a determinados autores, inasequible a las malas películas o, simplemente, a las películas inadecuadas para Cannes. Desde 1999, con Rosetta, todas las películas de los hermanos Dardenne han estado en Cannes en competición. Dicho de otro modo: los Dardenne llevan veinte años concibiendo sus películas con el ojo puesto en Cannes. También es cierto que en ese período han ganado dos Palmas de Oro, como Ken Loach, quien al menos ha presentado películas en otros festivales ocasionalmente. La historia de amor de Cannes con los Dardenne comenzó con la Palma de Oro a Rosetta; con Xavier Dolan, con el éxito de su primer título en competición, Mommy. Aquella película aún podía llamar la atención, aunque solo fuese por motivos anecdóticos, pero no se puede cuestionar su repercusión o la apuesta del festival por un precoz autor que venía rondando la competición (Quincena, UCR) desde sus primeras películas.

 

Mattias et Maxime es su tercera aparición en la selecta competición de Cannes y la más incomprensible. Cannes ha creado la necesidad (Dolan) y ahora se ve en la obligación de concederle a sus películas su espacio más codiciado, cuando Mattias et Maxime es la típica película que estaría mejor ubicada en cualquier paralela o festival menor. Crónica de la amistad convulsa entre dos amigos de la infancia que van a separarse por causas laborales, la película está hablada en francés quebecois, que el festival subtitula también en francés y que hace estallar las carcajadas del público francófono. Es la principal particularidad de esta película, aunque no me atrevería a decir que se trate de una virtud.

 

Con Arnaud Desplechin pasa algo parecido, si bien este es uno de los grandes cineastas de las últimas décadas, indiscutiblemente. O quizás habría que decir ya que lo fue, porque la irregularidad de sus películas más recientes delatan a un autor en horas bajas. Ocurre con Roubaix, une lumière (Oh Mercy), en la que Desplechin vuelve a su querida Roubaix y a las luces de Navidad para filmar la crónica del día a día de su policía, enfrascada en distintos asuntos menores y componiendo un amplio fresco del que acaba por emanar un caso que vincula un incendio en una calle con un misterioso asesinato. La película tiene también algo de rutinario, como la labor de la propia policía, y solo sus bellas transiciones o la elegíaca música de Grégoire Hetzel nos recuerdan que estamos ante una película de Desplechin, por más que unas y otra no vengan mucho al caso en una propuesta que lucha contra dos fantasmas: la obra anterior de su autor y Les misérables, la película de Ladj Ly vista en los primeros días del festival.

 

Marco Bellocchio no ha tenida tanta suerte como los cineastas citados. Desde 2009, con la superlativa Vincere, no había podido mostrar sus películas a concurso en Cannes. Que ahora vuelva con Il traditore quizás deba entenderse como un mensaje: a Cannes le gustan sus propuestas históricas. Y en su nueva película, que se inicia en 1980, aborda la figura de un mafioso arrepentido, Tommasso Buscetta, que, con sus testimonios al juez Giovanni Falcone, dio lugar al Maxi Proceso contra la mafia siciliana. Como sucedía con Tarantino y su Once Upon a Time… in Hollywood, Bellocchio no solo reconstruye una época, sino también sus imágenes. Il traditore es así una película “de” los ochenta, con sus música, la grafía de sus rótulos, su ritmo o los colores de aquella época. Pero es sobre todo un retrato extraordinario de Buscetta (Pierfrancesco Favino), de su determinación, de su sincera amistad con Falcone y de sus miedos inevitables. La reconstrucción del proceso contra la Cosa Nostra es de un verismo extraordinario y las escenas de los juicios con los duelos entre los testigos y los acusados generan una suerte de incredulidad ante nuestra mirada de hoy: ¿cómo fue posible tal grado de impunidad?

 

Ciertos segmentos pueden destacar por su espectacularidad (el atentado que acabó con la vida de Falcone y la celebración en las cárceles italianas), pero lo mejor de Il traditore viene de la mano de Buscetta y su vida en Estados Unidos como testigo protegido, donde tiene que acostumbrarse a una vida muy modesta, a cambios constantes de domicilio y a vivir con el miedo a cualquier intento de asesinato (la secuencia del restaurante, con el mensaje que le traslada un guitarrista en forma de canción siciliana). La imagen de un Buscetta envejecido y con un cáncer terminal esperando rifle en mano en su casa la llegada de un asesino, como lo esperó a él igualmente durante más de veinte años quien tendría que haber sido su primera víctima, es el resumen más perfecto de su vida una vez decidió traicionar a su “familia”.

 

Hace un par de años se vio en Venecia Mektoub, my love: Canto Uno, de Abdellatif Kechiche, primera parte de lo que entonces parecía un díptico pero que terminará siendo una trilogía y que no había podido llegar a Cannes por una serie de problemas legales. La que sí ha llegado, por los pelos (con una duración distinta a la anunciada, de tres horas y media en lugar de cuatro, y aún sin créditos de ningún tipo), es la segunda parte, Mektoub my love: Intermezzo que sigue a los mismos personajes de la anterior en un día de septiembre de 1994. Una larga secuencia en la playa (cuarenta minutos) nos presenta a Marie (Marie Bernard), recién llegada desde París, y que se acabará uniendo al grupo esa noche en una discoteca. El resto de la película (si exceptuamos un prólogo y un epílogo muy breves), casi tres horas, transcurre íntegramente en este escenario. Kechiche vuelve con su ya famosa cámara-a-la-altura-del-culo mostrando sucesivos bailes, con las chicas subidas a las barras y la cámara en contrapicado. Tres horas de bailes interrumpidas ocasionalmente con conversaciones, algunas más insustanciales, otras más graves, como el hecho de que Ophélie (Ophélie Bau) está embarazada y le pide ayuda a Amin (Shaïn Boumedine), y una excursión al baño donde a la misma Ophélie le practican un cunnilingus durante más de diez minutos.

 

Por supuesto, estamos ante la propuesta más radical del festival y uno no sabe si alabar antes la valentía de Cannes o del cineasta, sobre todo si tenemos en cuenta que buena parte de los ataques a la película vendrán por una mirada indisimuladamente masculina como la de Kechiche, obsesionada por el cuerpo femenino y en especial por el de Ophélie Bau. Si hubiese que buscar en Cannes una película que compartiese un espíritu similar, esa sería Liberté, de Albert Serra, esta con una visión del sexo, digamos, muy centroeuropea y prerrevolucionaria, la de Kechiche, discotequera y mediterránea, a la par que contemporánea. Dejando a un lado el sexo y el baile, se trata de dos películas que conciben la temporalidad cinematográfica desde una misma perspectiva, con Andy Warhol como referente, si acaso con la particularidad de que Kechiche filma su noche en tiempo real (o algo muy próximo a eso). Y, pese a un conato de abucheo final, nadie se movió de la sala en una sesión que acabó a la una y media de la madrugada.

Mattias et Maxime (Xavier Dola) CompeticiónRoubaix, une lumière (Arnaud Desplechin) CompeticiónIl traditore (Marco Bellocchio) CompeticiónMektoub, my love: Intermezzo (Abdellatif Kechiche) Competición
El gran problema del Festival de Cannes es su fidelidad a determinados autores, inasequible a las malas películas o, simplemente, a las películas inadecuadas para Cannes. Desde 1999, con Rosetta, todas las películas de los hermanos Dardenne han estado en Cannes en competición. Dicho de otro modo: los Dardenne llevan veinte años concibiendo sus películas con el ojo puesto en Cannes. También es cierto que en ese período han ganado dos Palmas de Oro, como Ken Loach, quien al menos ha presentado películas en otros festivales ocasionalmente. La historia de amor de Cannes con los Dardenne comenzó con la Palma de Oro a Rosetta; con Xavier Dolan, con el éxito de su primer título en competición, Mommy. Aquella película aún podía llamar la atención, aunque solo fuese por motivos anecdóticos, pero no se puede cuestionar su repercusión o la apuesta del festival por un precoz autor que venía rondando la competición (Quincena, UCR) desde sus primeras películas.
Mattias et Maxime es su tercera aparición en la selecta competición de Cannes y la más incomprensible. Cannes ha creado la necesidad (Dolan) y ahora se ve en la obligación de concederle a sus películas su espacio más codiciado, cuando Mattias et Maxime es la típica película que estaría mejor ubicada en cualquier paralela o festival menor. Crónica de la amistad convulsa entre dos amigos de la infancia que van a separarse por causas laborales, la película está hablada en francés quebecois, que el festival subtitula también en francés y que hace estallar las carcajadas del público francófono. Es la principal particularidad de esta película, aunque no me atrevería a decir que se trate de una virtud.
Con Arnaud Desplechin pasa algo parecido, si bien este es uno de los grandes cineastas de las últimas décadas, indiscutiblemente. O quizás habría que decir ya que lo fue, porque la irregularidad de sus películas más recientes delatan a un autor en horas bajas. Ocurre con Roubaix, une lumière (Oh Mercy), en la que Desplechin vuelve a su querida Roubaix y a las luces de Navidad para filmar la crónica del día a día de su policía, enfrascada en distintos asuntos menores y componiendo un amplio fresco del que acaba por emanar un caso que vincula un incendio en una calle con un misterioso asesinato. La película tiene también algo de rutinario, como la labor de la propia policía, y solo sus bellas transiciones o la elegíaca música de Grégoire Hetzel nos recuerdan que estamos ante una película de Desplechin, por más que unas y otra no vengan mucho al caso en una propuesta que lucha contra dos fantasmas: la obra anterior de su autor y Les misérables, la película de Ladj Ly vista en los primeros días del festival.
Marco Bellocchio no ha tenida tanta suerte como los cineastas citados. Desde 2009, con la superlativa Vincere, no había podido mostrar sus películas a concurso en Cannes. Que ahora vuelva con Il traditore quizás deba entenderse como un mensaje: a Cannes le gustan sus propuestas históricas. Y en su nueva película, que se inicia en 1980, aborda la figura de un mafioso arrepentido, Tommasso Buscetta, que, con sus testimonios al juez Giovanni Falcone, dio lugar al Maxi Proceso contra la mafia siciliana. Como sucedía con Tarantino y su Once Upon a Time… in Hollywood, Bellocchio no solo reconstruye una época, sino también sus imágenes. Il traditore es así una película “de” los ochenta, con sus música, la grafía de sus rótulos, su ritmo o los colores de aquella época. Pero es sobre todo un retrato extraordinario de Buscetta (Pierfrancesco Favino), de su determinación, de su sincera amistad con Falcone y de sus miedos inevitables. La reconstrucción del proceso contra la Cosa Nostra es de un verismo extraordinario y las escenas de los juicios con los duelos entre los testigos y los acusados generan una suerte de incredulidad ante nuestra mirada de hoy: ¿cómo fue posible tal grado de impunidad?
Ciertos segmentos pueden destacar por su espectacularidad (el atentado que acabó con la vida de Falcone y la celebración en las cárceles italianas), pero lo mejor de Il traditore viene de la mano de Buscetta y su vida en Estados Unidos como testigo protegido, donde tiene que acostumbrarse a una vida muy modesta, a cambios constantes de domicilio y a vivir con el miedo a cualquier intento de asesinato (la secuencia del restaurante, con el mensaje que le traslada un guitarrista en forma de canción siciliana). La imagen de un Buscetta envejecido y con un cáncer terminal esperando rifle en mano en su casa la llegada de un asesino, como lo esperó a él igualmente durante más de veinte años quien tendría que haber sido su primera víctima, es el resumen más perfecto de su vida una vez decidió traicionar a su “familia”.
Hace un par de años se vio en Venecia Mektoub, my love: Canto Uno, de Abdellatif Kechiche, primera parte de lo que entonces parecía un díptico pero que terminará siendo una trilogía y que no había podido llegar a Cannes por una serie de problemas legales. La que sí ha llegado, por los pelos (con una duración distinta a la anunciada, de tres horas y media en lugar de cuatro, y aún sin créditos de ningún tipo), es la segunda parte, Mektoub my love: Intermezzo que sigue a los mismos personajes de la anterior en un día de septiembre de 1994. Una larga secuencia en la playa (cuarenta minutos) nos presenta a Marie (Marie Bernard), recién llegada desde París, y que se acabará uniendo al grupo esa noche en una discoteca. El resto de la película (si exceptuamos un prólogo y un epílogo muy breves), casi tres horas, transcurre íntegramente en este escenario. Kechiche vuelve con su ya famosa cámara-a-la-altura-del-culo mostrando sucesivos bailes, con las chicas subidas a las barras y la cámara en contrapicado. Tres horas de bailes interrumpidas ocasionalmente con conversaciones, algunas más insustanciales, otras más graves, como el hecho de que Ophélie (Ophélie Bau) está embarazada y le pide ayuda a Amin (Shaïn Boumedine), y una excursión al baño donde a la misma Ophélie le practican un cunnilingus durante más de diez minutos.
Por supuesto, estamos ante la propuesta más radical del festival y uno no sabe si alabar antes la valentía de Cannes o del cineasta, sobre todo si tenemos en cuenta que buena parte de los ataques a la película vendrán por una mirada indisimuladamente masculina como la de Kechiche, obsesionada por el cuerpo femenino y en especial por el de Ophélie Bau. Si hubiese que buscar en Cannes una película que compartiese un espíritu similar, esa sería Liberté, de Albert Serra, esta con una visión del sexo, digamos, muy centroeuropea y prerrevolucionaria, la de Kechiche, discotequera y mediterránea, a la par que contemporánea. Dejando a un lado el sexo y el baile, se trata de dos películas que conciben la temporalidad cinematográfica desde una misma perspectiva, con Andy Warhol como referente, si acaso con la particularidad de que Kechiche filma su noche en tiempo real (o algo muy próximo a eso). Y, pese a un conato de abucheo final, nadie se movió de la sala en una sesión que acabó a la una y media de la madrugada.
Jaime PenaCannes, 23/05/2019

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