Cannibalismo 2014 – día 1

Tiene todo el sentido del mundo que una película como Grace de Monaco inaugure Cannes. ¿Dónde si no iba a tener lugar la puesta de largo de esta biopic de la actriz devenida en princesa monegasca? Cannes glorifica a una de sus vecinas más ilustres, una de esas personalidades que han conformado la leyenda de la Costa Azul, pero antes que nada una actriz. De eso trata la película de Olivier Dahan, de la conversión de la actriz en princesa. El cuento de hadas comienza en Hollywood y culmina en Montecarlo, en una gala benéfica de la Cruz Roja en la que Grace Kelly, ahora ya Grace de Mónaco, se erigirá en salvadora de su Principado.

Estamos a principios de la década de 1960 y Mónaco arrastra un grave conflicto diplomático con Francia por culpa de la política de exención de impuestos en el Principado. De Gaulle ha amenazado con invadir Mónaco. Surge entonces la figura de Grace, que rechaza el ansiado papel que Hitchcock le ofrece en Marnie y decide volcarse en su papel de Princesa. Su discurso, ante un auditorio en el que figuran desde De Gaulle y el secretario de defensa norteamericano McNamara hasta la mismísima Maria Callas (el momento en el que Paz Vega “interpreta” un aria debería de figurar en toda antología del kitsch o del humor involuntario), consigue revertir la situación. La escena está diseñada para el lucimiento de la actriz, pero el exceso de operaciones plásticas y el bótox han restado todo atisbo de expresividad al rostro de Nicole Kidman. Queda, eso sí, su mensaje, un alegato a favor de los paraísos fiscales que parece, cuando menos, bastante inoportuno en los tiempos que corren. Sin embargo, nada parece premeditado en esta película torpe y anacrónica. Por el contrario, se diría que Cannes y su festival nos quieren demostrar la capacidad que tendría el cine para arreglar los problemas del mundo. Este es el verdadero cuento de hadas que explicaría la presencia de un producto tan fracasado en uno de los escaparates más codiciados del mundo. ¿Thierry de Cannes?

Timbuktu, de Abderrahmane Sissako, también es una película política, concienzudamente política, debería decir, además de la primera película del concurso oficial. El director mauritano sitúa la trama en una Timbuktu (o Tombuctú) dominada por los fundamentalistas islámicos que han ocupado la ciudad e impuesto un régimen de terror: las mujeres han de llevar velo, medias y guantes, se han prohibido las canciones y hasta el fútbol, se han establecido la lapidación y los latigazos como las formas habituales de castigo… Sissako quiere ser tan didáctico, también con la fábula central, que todo parece reducirse al discurso, aunque sea a costa de la complejidad de unos personajes (excesivos, como el número de subtramas) reducidos a meros arquetipos. Quedan algunas imágenes de gran belleza, como ese plano en el que Kidane, tras disparar accidentalmente al pescador Amadou, se aleja a duras penas por una de las orillas del río mientras por la otra su víctima acaba derrumbándose.

Jaime Pena

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