Cannes 2014. Día 1.

Sólo la particular alquimia que conjuga pretensiones artísticas, industriales, publicitarias y económicas que caracteriza al Festival de Cannes puede explicar que Grace de Móncaco, de Olivier Dahan haya sido la película de apertura de ésta, la 67ª edición de la muestra. El director de La vie en rose (2007), arremete con algo que se ocupó de destacar que no era una biopic, sino una versión de una posible historia basada en personajes reales. Así, entre la ofensa de los Grimaldi, su ausencia en la premier mundial y las discusiones acerca de cuál sería el corte de la película que finalmente se proyectaría (Harvey Weinstein criticó públicamente las decisiones de Dahan, que se negó a aceptar las «sugerencias» del poderoso empresario), el costado marketinero del asunto estuvo más que cubierto.

Ahora bien, en lo que a la película se refiere, Dahan cumple con lo que promete. Digo, sobre todo para aquellos a quienes les haya gustado La vie en rose… Desde el inicio, la estúpida fascinación por la mímesis lleva al realizador a elegir retrasar y crear suspenso en la presentación de los persojanes, jugando con el espectador ansioso que dirá «¿es éste?» «¿sí o no?», para luego comentar y criticar lo logrado o no de la imitación. La secuencia inicial cumple con este formato, siguiendo a Nicole Kidman, de espalda, durante un extenso recorrido, para luego, cuando la luz la enfoque con un aura suficientemente grosera en su halo de aparente religiosidad (sabemos que las muertes trágicas transforman en mártires y hasta en deidades a los famosos), la actriz mire por vez primera la cámara y nos regale su versión de Grace Kelly. El mismo juego de ocultamiento y presentación ocurre con Hitchcock y cada una de las figuras conocidas que aparecen en Grace de Mónaco (de Degaulle a María Callas) son antes un guiño que subestima al espectador que la construcción de un personaje.

Claro que la música es obcenamente redundante y trillada y, como la muerte agiganta a los famosos, la Grace Kelly de Dahan termina siendo una mixtura de Gilda con Evita. El costado místico se hace fuerte en la figura del religioso interpretado por Frank Langella (suenen pífanos celestiales) y la construcción de Grace como cuadro político preocupada por los humildes resulta tan involuntariamente cómica que termina haciendo disfrutable la película.

El primer día del Festival tuvo sólo dos proyecciones oficiales. Además, en un cambio en las reglas que regían hasta 2013, el principio ahora es que los acreditados de prensa no pueden asistir a las funciones del Mercado («interdit», o sea, prohibido, fue el término que tanto agrada a la organización utilizado para impedir el ingreso a las salas por parte de los periodistas). Así que sólo una película más, que fue Timbuktu, primer acercamiento de quien esto escribe a Aderrahmane Sissako (Bamako).  Lo que en otras manos podria haber sido otra cantinela de protesta contra algún mal de la humanidad (en este caso, el extremismo islamista), y que en Cannes tanto funciona como adecuada contracara y  voluntad expiatoria de la pulsión represiva antes aludida, es narrado aquí de manera sugerente e interesante. Las imágenes terracota en las que resaltan los múltiples colores de los protagonistas, la creación de un tiempo que  por momentos parece la edad media y en otros la actualidad, la hermosa música diegética que se contrapone a la extradiegética de manual, terminan por conformar una personal y potente mirada que excede a la mera denuncia.

Fernando Juan Lima

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