Buscando a Dory

Por Fernando E. Juan Lima

No soy tan quisquilloso frente al hecho de que una de las principales razones que llevaron a Pixar a resucitar el gran éxito de Buscando a Nemo (2003) haya tenido que ver con la idea de volver a la carga con el merchandising y todos los negocios conexos que las películas de animación global implican. Aun cuando es cierto que ello explica la película decididamente más floja de la factoría (Cars 2), hay algo más profundo que es lo que resulta preocupante si tiende a imponerse como mecanismo de creación y producción. Y ese algo tiene que ver con la dinámica televisiva en la construcción de las historias y el avance de un pedestre psicologismo que advierto en las últimas realizaciones de Pixar.

Saben Uds. que el mundo de las series me resulta ajeno. Todos dicen que tal o cual está muy buena, hago el intento, pero el resultado es siempre el mismo: por más méritos que pueda reconocerles, nada tienen que hacer frente a una buena película (y como tiempo es lo que falta, en mi caso, sigo con el cine). Fruto de la relación cada vez más promiscua entre cine y series creo advertir influencias más profundas que el carácter episódico, la reiteración sobre un mismo standard  (que nos vuelve a poner en tema) o el hecho de estar pensando desde ya en la nueva secuela de la saga, spin off, precuela, o lo que corresponda. Me inquieta la falta de confianza en la inteligencia del espectador. Y, aunque parezca mentira, ¡los niños también son seres en alguna medida inteligentes!

La forma así se conecta con el contenido. El hecho de que la protagonista de Buscando a Dory tenga problemas de memoria cercana es la excusa perfecta para atacar con todo en algo que caracteriza a nuestra cultura contemporánea, colonizada por la auto-ayuda en sus más diversas formas. Insistir, machacar, repetir, dejar el mensaje en primer plano, hacerlo asequible de manera obscenamente transparente para cualquiera. Si algo caracteriza a las mejores películas de Pixar es la de funcionar en distintos niveles, el encanto visual y la construcción de personajes con carnadura son las herramientas en las que -mediante la aventura- podemos (o no) entrar en historias de crecimiento que nos dejan una mirada sobre el mundo (y añado el “o no” entre paréntesis, porque aún quedándose en la superficie, las películas son disfrutables, entretenidas, cariñosas).

La fallida Valiente (2012) no había llegado a tanto como el año pasado Intensa Mente (2015). Pero un año después, el embate psicologista es peor, ya que -en todo caso- el encuadre en cuestión se justificaba un poco más en esta última, en razón de la temática abordada. En Buscando a Dory cada flash, cada destello de memoria se explica casi por el tempo de las pausas publicitarias, pretende obrar como racconto y fuerza extra para  una trama que no tiene fuerza propia para fluir. Cada flash es un golpe bajo, la exposición de una causa o consecuencia de una interpretación crasa y lineal propia del psicologismo más pedestre. Sí hay que reconocer que si esa forma de dotar unidad a la película no llega a ser absolutamente intolerable (la propia idea de que el centro está ocupado por alguien que necesita repetir todo porque si no se lo olvida puede tener consecuencias agotadoras) es porque la composición de Ellen DeGeneres es ciertamente encantadora. Pobres de aquellos que tengan que caer en la versión doblada de la película…

Es por lo antes expuesto que no comparto lo que por allí dicen en torno a que la película se cae sobre el final. Lo mejor que tiene Buscando a Dory son las escenas de acción, el movimiento, la aventura (el escape en camión, por ejemplo). No necesitamos que nos digan (y  expliquen, y repitan) que es bueno ser diferente; que eso es lo que nos hace únicos y debemos abrazarlo para ser felices. Eso está en casi todas las películas dirigidas al público infantil y no ha sido necesario faltarle el respeto o incurrir en subestimación alguna para que muchas generaciones hayan podido disfrutar y crecer con películas entrañables e inteligentes como Toy storyRatatouille o Wall-E.

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