Blue Jasmine (JMD)

Por Juan Manuel Domínguez

En contra

A la hora del Woody Allen post-eurotrash y subvencionado por Ministerios de Turismo, Blue Jasmine, el resto de la galaxia (o la ínfima parte de ella que escribe de cine) habla de, por citar a nuestro Javier Porta Fouz, un “cine enfocado, certero, fluido, incisivo. Director enfocado.” El adjetivo que más me duele en el crisposo y reactivo cariño que me queda por Allen y la furia muy sincera y visceral que me genera su mineral cinéfilo Blue Jasmine es “incisivo”. Claro, podría hacerse bromas entre Allen, rosario de la cinefilia porteña, y su edad bucodental, pero su sonrisa turista, mentecata pero enamorada en Medianoche en París y directamente sanguinaria en su mercachiflismo en A Roma con amor (Vicky Cristina Barcelona y su pajera felicidad entran) era, si no poderosa, al menos contagiosa. Como si fuera alguien cuya felicidad nos alegra (aunque no queremos compartirla) Allen era jocoso cuando creía ser, por usar adjetivo, “incisivo”.

Blue Jasmine trata de Jeanette…perdón, Jasmine (tal su nombre en la Quinta Avenida) y su caída desde dama newyorker con vestuario de Vogue a asistente de odontólogo y empastillada elfa, todavía vestida como Vogue, que va y viene mentalmente (dando así estructura a la película) entre su presente franciscano (ciudad y obligada humildad) y su pasado de esposa ABC1. Y es, dicen, incisiva. Hay algo en la incisión, o supuesta incisión, de Allen que me abruma: como dice Stephanie Zacharek, “Allen quiere examinar a los seres humanos sin tener que tocarlos”.

Vayamos muela por muela: Jasmine, centro gravitatorio y cremoso donde Cate Blanchett ha devenido deidad marmórea de quienes admiran el film, es una persona desequilibrada, enamorada de un estilo de vida multimillonario que el film lee entre hueco y necesario agujero negro. Perdido ese reino, porque su marido (Alec Baldwin en modo autómata) va preso por estafador (entre esas estafas está la hermana también adoptada de Jasmine, versión berreta pero activa de Jasmine) Jasmine debe habitar un mundo horrible, que Allen construye horrible (no hay belleza en esa San Francisco, en las salidas con gente distinta, en los trabajos por sueldo mínimo, y menos que menos en la cincelada idea de que Jasmine se convence de estudiar computación para recibirse online de diseñadora de interiores). Es su elección, y es respetable, pero se me hace una versión didáctica (Teletubbie casi) del inicio de La idiocracia (a modo documental, se explicaba, desde el ABC1 y desde el mundo white trash como el mundo había devenido dominado en el futuro por tipos que hablaban como Beavis & Butthead). No es que Allen tenga miedo de quien dominará la Tierra, solo tiene ganas de patearle tierra en la jeta a pulsiones que confunde con personas.

Jasmine es bífida con su hermana y su clase y Allen, porque ya no cree en los gestos sino solo en constricciones, es bífido con sus personajes. Ok, soy demasiado sensible al nihilismo en el cine, lo sé, pero cuando Allen necesita mostrar un anillo de matrimonio para que un acto inmundo sea todavía más inmundo (jefe dentista intentando besar, sabiendo que no, y la fuerza a Jasmine) no estamos hablando de nihilismo: estamos hablando de chiquitolina intelectual. De alguien que toca a sus personajes con un palito. O peor, con una varita que los hace mágicamente lo que no eran: el amante de la hermana (Louis C.K.) que ni un indicio dio de estar casado (le avisaron como filmaba Allen y se sacó el anillo se ve) es, finalmente y como dice Zacharek, otra prueba de cuán horrible es la humanidad. O cuando Blanchett, en otro de sus espasmos clasicistas, demuestra, en su explosión final, que sabía en qué andaba laboralmente su marido (¿por qué si es capaz de darle al FBI data para encerrar a su marido cuando había pretendido ser una boba que nada entendía no podía entonces darse cuenta del engaño marital? Ahí Allen se enamora más de la tragedia que de su película, y su vuelta de tuerca desarma su más vital nervio: la necesidad, también vital, de Jasmine de vivir en un castillo de naipes de ébano a cualquier costo).

Allen no pretende entender lo visceral de esa necesidad, o la felicidad más plena de la hermana (escueta, seguro, pero sexual, abultada, antagónica de esa C3PO programada a modo Sunset Boulevard que termina siendo Blanchett); solo pretende usarlas como anotadores para saciar sus broncas o desilusiones con una humanidad que ya no entiende ni respeta del todo.

Por eso, sus chistes o dramas (o mezcla de ambos) antes que crueles, son masticables (personas no a la altura de Jasmine ni con su experiencia que confunden “arqueólogo” con “antropólogo”, la incomodidad maquiavélica de Jasmine para ignorar a su hermana y no querer pasear con ella, los nexos que Allen usa para conectar vida lumpen de Jasmine con vida ensueño). Jasmine entiende que el dinero no hace a la felicidad, pero sí hace a un laberinto donde quizás a la tristeza y a la ansiedad les cueste más llegar. Allen no entiende esa idea, y solo quiere ver a una elfa marchitarse, mientras atilescamente crea una lucha de clases que tan solo es unos ladridos de clase que se creen punzantes, y solo son tartamudos de ideas que su cine estableció y exploró con un sentido más muscular del terror de clase. Por eso New York y San Francisco no existen en Blue Jasmine: ni en la arquitectura cree ya Allen. Claro, podría decirse que la ciudad es Jasmine, que son sus caprichos los que definen este mundo. Pero incluso en esos términos, es donde Allen crea definiciones bruscas antes que exploraciones de ese mundo: ¿por qué ese amante engaño previo enamorar a la hermana de Jasmine (las escenas que muestra de ese amor son las más sinceras del film)? ¿por qué Baldwin la engaña y ella no sé da cuenta cuando sí sabe de sus ilícitos (siempre parece más enamorada de un estilo de vida que de la vida en sí)? ¿por qué Jasmine necesita hablar? ¿por qué ese dentista la ataca? ¿por qué Jasmine aceptó aquel trabajo en una zapatería en pleno Manhattan (por la definición de su vía crucis, sinceramente, suena extremadamente ilógico, incluso para sus parámetros, crucificarse de esa forma, considerando que aborrece hasta la idea de vivir en Brooklyn)? ¿por qué la película no puede lidiar con sus personajes más fáciles de entender (el ex marido de la hermana y el hijo del ex marido de Jasmine) y los muestra menos que a otros (siendo que son los que demuelen ambas clases desde su amargura tatuada)?

¿Por qué sólo le interesa la demolición de Jasmine? Claro, seguro, es más fácil el mundo desde un desequilibrado al que no se busca comprender sino usar como lente para achicharrar. Una mente que explota (ya nos lo enseñó Scanners) puede ser algo hermoso y acongojante de ver, ahora ver a alguien que supo entender al mundo, a las clases, a los chistes básicos, a los elevados, a la belleza, a la furia intelectual, a la gimnasia soez, a los juegos chinos en el cine usar todo eso para, a la viejo Muppet sin alambre, insultar un mundo que no entiende (puede que yo tampoco, eh, pero nunca crearía un personaje que debe leer Caras para hacerle decir ese tipo de cosas). Claro que Blue Jasmine está mejor construida que los álbums de turismo de Woody con millas de viajero, pero eso no la hace mejor: la hace más obvia en su intención dañina y condescendiente con el miedo que Allen le tiene hoy al mundo.

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