Atlántida

Atlántida
Dirección: Inés María Barrionuevo

Por David Obarrio
Publicado originalmente en El Amante #267

Atlántida parece de entrada recuperar algunos de los gestos más reconocibles surgidos de una porción importante de eso que, por cierto no sin equívocos, se dio en llamar Nuevo Cine Argentino. Si el uso demasiado extendido de la etiqueta puede resultar difuso, incluso poco productivo, la caligrafía de semblantes adustos, el clima de un malestar sin nombre aparente, la frontera frágil que separa en los lazos de sangre el afecto de algún otro sentimiento no menos poderoso, todo ello salta al primer golpe de vista como parte del dispensario esencial de imágenes y emociones del cine argentino que importa (digamos moderno) de por lo menos los últimos quince años hasta la fecha. Algo de eso se ve al principio, y es la sección más trabajosa de la película de Barrionuevo. Atlántida instala al espectador en un día de calor intenso de verano en una pequeña localidad de la provincia de Córdoba. Dos hermanas muy jóvenes están pasando el día solas en la casa familiar (sus padres partieron para asistir al entierro de una tía lejana). La mayor vuelve de la pileta del club y trata de estudiar junto a un ventilador vetusto instalado en la cocina; la menor destila un fastidio cósmico y arrastra una pierna enyesada, inconveniente que no duda en emplear a su favor para mandonear a su hermana con encargos absurdos. El tono general de las escenas es pesado, más bien trabajoso, como el clima. La relación tirante de las chicas recuerda un poco a la que mantenían las protagonistas de Abrir puertas y ventanas, pero sin su comicidad oscura ni su pertinencia, más que nada porque ahí la incomodidad radical que atravesaba el vínculo de las hermanas se declinaba con naturalidad de la sensación implícita de catástrofe producida por la desaparición de la cabeza de la familia.

 

Sin embargo, la directora Inés María Barrionuevo consigue enseguida sorprender con algunas ocurrencias que parecen encauzar favorablemente el relato. Mientras la menor de la hermanas, encerrada en el cuarto de los padres con dos amigas, parlotea acerca de las escaramuzas amorosas de sus compañeras de curso, una tercera amiga se escurre discretamente de la habitación y va a cruzar miradas disimuladas con la chica que en la mesa de la cocina se inclina sobre una hoja garabateada de apuntes. De pronto comprendemos que lo que la directora sugiere es que el tema de la “educación sentimental” puede resultar tan bueno como cualquier otro para dotar modestamente de gracia y misterio una historia de pueblo chico. Más tarde, la mayor de las chicas se lleva la camioneta de la familia y vaga con su nueva amiga por las calles vacías. La hermana menor, por su lado, recibe la visita del médico y lo convence sin mucho esfuerzo de que la lleve en su recorrida por los campos de la zona. Lo que aparece a partir de allí es algo distinto, un procedimiento de naturaleza bien diferente: es la deriva dramática, probablemente el legado más bello del cine moderno; con toda seguridad uno de los más fértiles. Barrionuevo desdeña con gran soltura el comentario sociológico y la sordidez al paso (el signo maldito que se ofrece a veces como tributo a un cierto status de modernidad advenediza), para distraerse elegantemente, incluso haciendo gala de una especie de indolencia que no puede menos que sorprender, con el seguimiento de las discretas aventuras de sus protagonistas. La escena del encuentro del hijo del dueño de un campo con unos chicos que recogen frutas luce como un amague extraño, cuyo carácter ajeno al cuerpo central de la narración no parece hacerle mella al talante sutilmente elusivo que a esa altura la película ha adquirido de pleno derecho.

 

Atlántida ofrece un leve tono de cuento de iniciación en el departamento sentimental, en el modo intrigante en el que los personajes se descubren formando parte de un mundo que los excede pero a la vez los contiene, y en la callada perplejidad con la que toman decisiones que parecían impensadas un minuto atrás: es muy hermosa, por ejemplo, la escena en la que la chica arrastra su pierna enyesada para ir a pedirle un cigarrillo a un camionero con aires de galán que la mira intencionadamente en un bar de mala muerte. La directora desconoce el humor –o le resulta sospechoso, o no le interesa ejercerlo – pero casi siempre parece disponer de las dosis suficientes de inteligencia y sensibilidad para que su película alcance un cierto relumbre de sofisticación, una cierta gracia insospechada, una emoción provisoria y una clase de nobleza que no le debe nada a la idea que nos hacemos cuando pensamos en una película “bien hecha” (fórmula más bien odiosa, por otro lado). A modo de corolario, y como una curiosidad adicional, se puede decir que Atlántida luce como un pariente un poco perdido de la familia fervorosa del nuevo cine cordobés reciente: menos laboriosa, menos cinéfila, acaso menos segura de sí. Como si su directora, aunque sea como declaración de principios, estuviera más dedicada a explorar filiaciones tentativas con aquel lote de películas que alumbró la última oleada de modernidad en nuestro país que con sus orgullosos coterráneos cordobeses de la actualidad. Claro que por ahora son todas conjeturas. Continuará.

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