Esta nota es un adelanto del número de marzo, el que saldrá este jueves 11. La nota fue escrita varios días antes de que Sandra Bullock ganara el Oscar.
Dossier en tono menor Por Manuel Trancón
La más linda de las feas, la más fea de las lindas. Ella es una gran actriz sin
una gran película. Pero no por falta de algún vehículo cinematográfico a su
medida; su medida es el ambiente provinciano de las comedias y dramas o
comedias dramáticas con una protagonista bienintencionada.
De sus casi 40 largometrajes, los únicos buenos buenos son Máxima velocidad y,
un paso atrás, The Blind Side (Un
sueño posible) y Hechizo de amor. Después está ese nubarrón
pasable integrado por La red, Mientras dormías, El demoledor,
La propuesta, All About Steve y alguna que otra más. También hay
un montón de películas que están casi bien si uno las engancha un domingo a las
tres de la tarde en el cable. De la treintena que vi, ninguna me resultó
especialmente mala.
Sandra es la chica de la puerta de al lado (the girl next door), pero la
de verdad, no la acepción que Hugh Hefner hace del término: la rubia platinada
con gomas de látex por la garganta y honda preocupación por la paz mundial.
Todo en ella es normal, no es ni despampanante ni inteligentísima, pero
tampoco tonta. Su nariz… eso, su nariz. ¿Es linda o no? Nunca pude decidirme,
llama la atención sin ser fea pero, según cómo la enfoquen, la nariz puede
resultar atractiva o hacer su expresión un poco masculina. Lo mismo pasa con
sus logros modestos como actriz. Es una comediante divertida pero tampoco qué
cago de risa. Siempre que aparece en pantalla cumple y no se jacta ni parece
estar esperando un premio por ello. Hace su trabajo y lo hace bien. No
deslumbra, no es una diosa del Olimpo como Julia Roberts, que desarma a media
humanidad cuando en Notting Hill mira con ojos suplicantes y dice que es
“sólo una chica, parada frente a un chico, pidiéndole que la ame”. Sandra en
cambio siempre es esa chica asustada, y nadie se sorprende cada vez que ve sus
ojos suplicantes. Estamos acostumbrados a su vulnerabilidad, y eso no llama la
atención. Es tan real que si el guión es malo y el director está pensando en el
empapelado de su living mientras la filma, lo único que puede hacer Sandra es
volver tolerable el despropósito general. No va a salvar la película, no va a
traficar un sentido oculto que sólo unos pocos iluminados descifrarán. Sola con
sus fuerzas humanas, hará todo lo posible por dejar las cosas un poco mejores
de lo que las encontró. Y como no es la última heroína de acción, las cosas a
veces le salen mal.
Al ser tan humana, Sandra transmite integridad a sus personajes. Ella es
creíble y su emoción también lo es. Por ejemplo, Leigh Anne Tuohy en Un
sueño posible es integridad pura, desde sus intenciones hasta su energía
corporal. Es una buena persona que quiere a su prójimo, pero no es una
estampita. En este caso, su prójimo es un gigante negro, pobre y silencioso con
una mirada melancólica. Leigh Anne es una idealista ingenua, en el mejor
sentido posible. Para hacer una diferencia, simplifica el mundo para poder
actuar sobre él. Pero esa ingenuidad no es de necia. Por el contrario, con
inteligencia hace como si ignorara la infinita cantidad de experiencias que la
separan de un chico semianalfabeto, de barrio pobre, con madre drogadicta y
padre desconocido. Porque si fuera consciente todo el tiempo de esa distancia,
no podría solucionarla. Esa ingenuidad pragmática estadounidense puede generar
tanto un John Doe de Capra, si miramos la mitad del vaso lleno, como El americano
impasible de Greene, si le prestamos atención a sus tonos más siniestros (y
vacíos). Leigh Anne está, por supuesto, en el equipo de John Doe. Y ambos
tienen algo de lo que carecía Alden Pyle, el americano de Greene: empatía hacia
el otro. Además de estar todo el tiempo haciendo cosas por Michael, Leigh Anne
lo mira llena de amor, conmovida de manera tal que tiene que contenerse a cada
momento para no llorar ante el sufrimiento de su nuevo hijo. Leigh Anne siente
el dolor de Michael, y el logro de Sandra está en sugerirlo y en no hacer
morisquetas que funcionen como carteles luminosos que dirijan la percepción de
los espectadores.
Aunque al parecer hay una Leigh Anne verdadera libre por el mundo, la versión
Bullock es una idealización, no una persona real. Pero, por otro lado, lo bueno
de Un sueño posible y de la actuación de Sandra en particular es
hacernos desear por un rato que Leigh Anne versión Bullock fuese la real.
Hasta ahora no tuvo su gran película, y ésa quizás sea una virtud. En este
momento del cine todos quieren ser artistas y llamar la atención sobre su
propia genialidad; por lo general, a expensas del desarrollo de cualquier otro
componente de la película. En cambio, Sandra nunca fue ni será una solista
virtuosa. Este dossier que nunca verá la luz sería un dossier en tono menor,
pero agradecido. Sandra Bullock es esa presencia tranquilizadora al otro lado
de la pantalla que, en última instancia y si todo lo demás falla, impedirá que
nuestros próximos 90 minutos se hagan insoportables. Y si, como en Un sueño
posible, todos ponen un poco de buena voluntad, ella hará que el esfuerzo
de cada uno valga la pena.