El Oscar, para mí, es una circunstancia
divertida y deportiva que no condiciona para nada mi placer por ver películas.
Ocupa una parte importante de mis conversaciones en los cinco días anteriores y
en los tres o cuatro posteriores y no mucho más. Da para reír, denostar, pensar
un poco en lo que piensa Hollywood y nada más. Es una oportunidad lúdicra: creo
que La historia oficial es un film
pésimo desde que lo vi, pero en el '86 quería que ganase por razones
extracinematográficas (después empecé a querer un mundo ideal donde sólo ganan
premios las películas buenas). Este año me pasaron tres cosas. La primera, que
intuí siempre que El secreto de sus ojos
iba a ganar (pueden ver mi nota del 23 de septiembre en Crítica de la Argentina “El Oscar también es para Maradona”). La
segunda, que el film no me gustó pero comprendía su éxito e incluso que El Amante le dedicara su tapa. La
tercera, que tuve mucho miedo cuando Liliana Mazure, presidenta del INCAA,
habló de hacer focus group con espectadores para ver qué cine argentino
preferían. Las tres cosas juntas -y no que El
secreto... no me guste nada- eran las que me hicieron desear que no ganase
el Oscar. Aunque era difícil, muy: la Academia ya no busca nombres que la
prestigien (así que Haneke quedaba lejos) y El
secreto... no se había estrenado en los EE.UU., algo que en los últimos
años, por razones largas de explicar, ha ayudado a ganar premios. Pero ahora
que ganó, tengo mucho miedo.
Vi los Oscar en el comedor de un hotel de
Pinamar, rodado de gente. Todos, puntualmente, fanáticos y entusiastas. Cuando
Campanella subió al escenario, alguien dijo “por fin gana el cine que le gusta
a la gente”, y juro que es sic. La gran pulseada en el cine argentino es la de
siempre: pocas películas caras para vender afuera, más películas más baratas
que representen el riesgo estético. Es cierto, esta es una especie de
simplificación, pero eso son sus polos. El éxito de El secreto... seguramente fue el detonante, o el inspirador, de la
idea de los focus group. Que matarían al cine independiente argentino porque
sigue la mayoría del público, que considera el cine como un entretenimiento y
no un arte, no lo ve. Si quiere opinar sobre cine argentino, simplemente optará
por elegir el tipo de películas que está más acostumbrado a ver. El Oscar
porteño es una perfecta excusa para que en la Argentina haya uno y
sólo un tipo de cine. Tengo mucho miedo de que esta intuición sea tan acertada
como la que me decía que Campanella subiría al escenario del Kodak. Leonardo M.
D’Espósito