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Rohmer, los tarotistas y las benditas cuestiones morales PDF Imprimir E-mail


por Ezequiel Schmoller

Rohmer es un director de cine que está siempre con sus personajes. No los suelta. No deja de mostrarlos. Aparecen hasta en los títulos. Mi noche con Maud, Pauline en la playa, La rodilla de Clara, La carrera de Suzanne, El signo de Leo. Si un personaje rohmeriano ve algo que le llama la atención, Rohmer elige mostrar su cara de sorpresa y no el algo que genera la sorpresa. Los gestos faciales y sus metamorfosis son, para el director francés, casi siempre, lo más digno de ser retratado. Esto pasa, por ejemplo, en la escena del bar de Las noches de luna llena. Un personaje va al baño y el otro se queda tomando café en la mesa. Mientras espera, cree ver a determinada persona en otra mesa, pero no está seguro. Quizá sea alguien parecido. En ningún momento Rohmer nos muestra a la persona en cuestión. Vemos el rostro que mira, que pasa de la tranquilidad a la sorpresa y de la sorpresa a la perplejidad. Finalmente vuelve la persona del baño. El que se había quedado le cuenta que cree haber visto a…, el otro le pregunta si está seguro, y así terminan hablando en círculos durante un buen rato. El acontecimiento es algo lateral. Un disparador. Lo que importa de un acontecimiento no es el acontecimiento mismo, sino cómo lo ve o vive alguien y lo que termina generando, generalmente una discusión. Moral.
Por eso los acontecimientos en las películas de Rohmer suelen ser mínimos. O, mejor dicho, la idea que el director francés tiene de lo que es un acontecimiento es diferente de la que tienen casi todos. Rohmer muestra lo que casi todos elipsan, y omite o muestra mínimamente lo que para casi todos constituiría grandes núcleos narrativos. Las noches de luna llena de nuevo: dos personajes discuten largo y tendido sobre si asistir o no a una fiesta. A él no le gustan las fiestas pero quiere acompañarla. Ella quiere que él haga lo que quiera. La discusión gira sobre sí misma interminablemente. Al final, van ambos. En la fiesta pasan dos o tres cosas que Rohmer muestra como por encima, y la pareja vuelve a su casa. Vuelven, también, a discutir. El director francés le dedica todo el tiempo del mundo a la discusión. Mucho más tiempo del que dedicó a la fiesta. Quizás este sea el gran hallazgo y la gran virtud de Rohmer: detenerse donde nadie se detiene y explorar los momentos menos cinéticos de las relaciones humanas. Yo creo, por ejemplo, que la palabra “aventura” en el título 4 aventuras de Reinette y Mirabelle no es irónica. Para Rohmer pelearse con un mozo por no tener cambio o elegir darle o no unas monedas a un vagabundo son realmente aventuras. Morales. No es casualidad que en su polémica con Pasolini, Rohmer haya manifestado que le parecía mucho más interesante mostrar a alguien contando un sueño que reproducirlo visualmente.
Dicen que cuando uno está obsesionado con algo, empieza a verlo en todos lados. Que si un tarotista nos dice que nuestro número es el tres (¿los tarotistas hacen ese tipo de cosas?), vamos a empezar a ver el número tres en todos lados. A mí me pasó algo parecido con el cine de Rohmer. Estaba segurísimo de que el director francés se detenía siempre en el rostro de sus personajes mirando y no en lo que miraban, y empecé a ver eso en todas sus películas. Hasta que vi El rayo verde, en la que Rohmer filma más de un atardecer. Hay mucho más tiempo dedicado a atardeceres que a gente mirando atardeceres. Y pensé que mi teoría se iba por la borda. De repente el acontecimiento (el atardecer, el rayo verde) tenía más importancia que el personaje. O eso me pareció. Una semana después pude salvar mi hipótesis. Creo. Si en El rayo verde se muestra el rayo verde, no es porque tenga más importancia que el personaje mirándolo sino todo lo contrario. Justamente, no mostrarlo hubiera implicado dotarlo de misterio. Un gran misterio fuera de campo. En cambio, Rohmer elige mostrarlo y, al hacerlo, le resta importancia. No importa el rayo verde. Al fin y al cabo, lo vemos y no es más que un atardecer como cualquier otro, quizá sutilmente más verde. Pero es importante para la protagonista, que pega un alarido de emoción y da un vuelco a su vida.
Y así, siempre. Los personajes de Rohmer están siempre en primer lugar, bien en el centro de las películas, aunque estén fuera del encuadre. Aunque lo que veamos sea un atardecer. No son un material más en la paleta de un artista. No son portavoces de lo que piensa Rohmer. No son títeres ni piezas que hacen lo que hacen para que el director demuestre una hipótesis. Es difícil o imposible saber con certeza qué piensa Rohmer sobre sus personajes o sobre el mundo. Podemos intuir o adivinar qué temas, qué tipos de persona, qué benditas cuestiones morales le interesan, pero no qué cosas piensa al respecto. Su cine, aún siendo de una coherencia estética insoslayable, está hecho más de intereses que de certezas. 

Publicado en el número 165
 
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JULIO 2010
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