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Sangriento San Valentín y el erotismo en 3D PDF Imprimir E-mail


Carnaval de la carne

Por Diego Trerotola
 
my_bloody_valentine.jpg“Mi ideal cinematográfico siempre ha sido el de lograr que los espectadores se identifiquen con lo que están viendo de tal modo que su experiencia visual se aproxime al máximo a la realidad viva. Cualquier cosa que aumente ese efecto de ‘envoltura’ –color, pantalla gigante, sonido estereofónico– es una ventaja. Una extensión lógica de esta idea son las tres dimensiones. Utilizando los fondos de Jean-Pierre [Rassam], hice una serie de pruebas en tres dimensiones con el propósito de aplicar el proceso a una película erótica auténticamente espectacular. Aunque los resultados fueron muy alentadores, llegué a la conclusión de que se necesitaba una mayor perfección técnica.” Así recordaba Roman Polanski, según la traducción Grijalbo de su autobiografía de 1984, las experiencias a principios de los setenta con el 3D gracias a la generosidad de Rassam, un productor con el que luego trabajaría en Tess y que hizo posible películas rupturistas y eróticamente aberrantes de Marco Ferreri y Jean-Luc Godard, entre otros. La idea de Polanski de un erotismo cinematográfico vivido y absolutamente envolvente no prosperó, aunque ya se respiraba en algunas películas nudistas de la época. Igual fue Paul Morrissey, con Flesh for Frankenstein (1973)que continuaría ese punto de partida de Polanski bajo la producción de Carlo Ponti–, quien se encargó de complicar la cosa y mezclar tripas y erotismo camp en 3D, como haciéndole cosquillas al gótico europeo para sacarle una risa tridimensional de dientes apretados a la estética de las películas de la Hammer. Hay que aclarar que lo original estaba en la mezcla, porque terror y erotismo separados ya existían en cine de tres dimensiones. Evidentemente, en su inicio como artilugio comercial masivo en los primeros cincuenta, el terror en 3D fue estrella: Museo de cera (1952), con Vincent Price y dirigida por André de Toth, fue uno de los éxitos mayores (ver para creer: ¡increíble que una de las películas en 3D más vistas de la historia fuera realizada por un director tuerto, que nunca pudo experimentar el efecto!). Y luego de casi dos décadas de poco uso, el 3D volvía a fines de los sesenta para darle a la sexploitation una densidad más fantasmáticamente carnal, como prólogo para la explosión del porno chic. Aunque la rareza definitiva del sexo en 3D fue un experimento un poco anterior: The Bellboy and the Playgirls (1962), película que después se haría famosa por ser el debut en la dirección de Francis Ford Coppola. Sí, porque fue él quien filmó específicamente las escenas de mujeres desnudas en 3D para ser agregadas a una película alemana de 1958 que iba a ser redistribuida en Estados Unidos en el circuito de cine valijero, pero ahora en plan tecnología de punta, con anteojos bicolores especiales para ver los cuerpos refregarse en las narices voyeuristas.
Y si este incompleto y sesgado prólogo histórico sirve de algo, es para demostrar que la carne convertida en carnaval, en fiesta profana, es el móvil de la mirada del cine en tres dimensiones: sea la carne en éxtasis (la sexploitation) o la carne lacerada, destruida (el terror). Y Sangriento San Valentín vuelve a hacer rodar ese juego, con la gracia con que lo hizo su precursora Flesh for Frankenstein:
Patrick Lussier vuelve a poner toda la carne al asador. Parrillada completa, podríamos decir. Porque no falta ningún corte, en el sentido más gore del desparramo de carne roja, y además hay tripas para salpicar a quien entre en el chiste esquizoide de adivinar quién es el asesino del pico de minero. Pero también esta película parece confirmar una vuelta al exhibicionismo más sexploitation del cine de terror de décadas pasadas, que en los noventa se volvió pacato, y ahora arremete con más generosidad: en una secuencia hay desnudo frontal femenino (es decir, teta y concha) y desnudo de espaldas masculino (es decir, culo). Eso parecería que en épocas de consumo irrestricto de Xtube no le para los pelos a nadie, pero si piensan que es en 3D y pantalla gigante, la cosa tiene otro tamaño. Y, de alguna manera, Sangriento San Valentín se trata de eso, de agigantar el gesto histórico del cine en tres dimensiones: ahí está la masacre furiosa chorreando en nuestra cara, ahí está la carne exhibida tatuándose en nuestras retinas de tecno-voyeur. Claro que todo, como en la película de Morrissey, se hace en plan carnavalesco, pirotécnicamente risueño y con alma berreta. Porque ésta es una película que muestra sus dientes en la carcajada y en la furia irresponsable, tanto en el plano argumental como en el visual, y no importa que la carne en juego sea de cuarta categoría porque será multiplicada por tres dimensiones: no se trata de calidad del efecto sino de la cantidad. Y así, en este juego de la exageración, las cuentas cierran.

(Publicado en el número 208)

 
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FEBRERO 2010
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