Il conformista Italia/Francia, 1970, 111’, dirigida por Bernardo Bertolucci, con Jean-Louis Trintignant, Stefania Sandrelli, Dominique Sanda,
Gastone Moschin, Enzo Tarascio. (Renacimiento)
Podría decirse que El conformista,
basada en la novela de Alberto Moravia, es una de las mejores películas de
Bertolucci, y que además constituye un corte dentro de la filmografía del
director, un antes y un después en el que de a poco queda atrás la
experimentación y el ensayo (Partner,
Prima della rivoluzione) para salir a
la búsqueda de un espectador mayoritario. Qué gran año 1970 para Bertolucci: el
traidor y el héroe de Borges metaforizado en La estrategia de la araña y el texto de Moravia que bucea en los
pensamientos y la ideología (y también en sus miedos y traumas de la infancia)
de un fascista que debe asesinar a quien fuera su profesor marxista.
Hoy Bertolucci es un anacronismo como cineasta luego de que sus últimas
películas (Cautivos del amor, Refugio para el amor, Stealing Beauty, Los soñadores) fueran, de manera injusta, reprobadas por una buena
parte de la crítica y el público. A nadie le interesa el Bertolucci de los ochenta
hasta hoy, aun con sus desniveles y sus tardíos escándalos, y sí aquellos años
en que El conformista junto a las
películas de Pasolini, Fellini, Bellocchio, los Taviani conformarían un corpus
irrepetible para la historia del cine. En efecto, Bertolucci fue uno de los tantos
cineastas que se dio cuenta de la crisis ideológica de los sesenta y uno de los
primeros que abrió las puertas de un cine internacional, provocador y
talentoso, desmesurado y ciclotímico, destinado a la revisión de medio siglo de
Italia (Novecento), al ajuste de
cuentas con su compromiso político anterior (Último tango en París) y a desentrañar el tema del Edipo en clave
operística (La luna). Justamente, esa
gran década del director se abría con El
conformista y se cerraría con La luna,
en medio de escándalos, prohibiciones y cortes de la censura. Se recuerda que
en Argentina, durante la dictadura, La luna
se estrenó con 25 minutos menos…
Por ese motivo, tal vez sus películas posteriores (incluyendo al academicismo oscarizado
de El último emperador) resulten
menos interesantes que esos diez años en los que Bertolucci logró conjugar su
puesta en escena operística con los temas que más lo preocupaban: el sexo, la
política, el psicoanálisis.
Bajo estos códigos de identificación, El
conformista es una película de contrastes: la Italia fascista y el
marxismo francés, la sexualidad castrada y el sexo liberal, el psicoanálisis
como recuerdo del pasado y el psicoanálisis dialéctico, el nuevo mundo que
intenta sostenerse a través del asesinato y la delación y otro mundo diferente
que se aferra a las ideas en lugar de a la violencia y el crimen. Y allí está
Marcello Clerici (Jean-Louis Trintignant) dispuesto o no a cumplir la misión de
matar a su profesor marxista para eliminar todo rastro de un pasado que lo
llevó a sumergirse en dudas e incertidumbres (ideológicas, afectivas, morales).
Clerici es un fascista convencido de su rechazo a un mundo que empieza a
descubrir cuando viaja para cumplir el mandato fascista. No es un personaje
convencido por una actitud reflexiva sino por aquello que lo rodea: un mundo
feliz, sin ataduras sexuales, que baila festivo y vital a su alrededor mientras
no comprende de qué se trata semejante alegría. En ese sentido, la gran escena
que transcurre en elrestaurante, donde
cara a cara bailan las dos mujeres opuestas y complementarias (la ingenua novia
del protagonista y la desinhibida pareja del profesor), acaso sintetice el ideal
femenino de Clerici. Este extraordinario momento de El conformista, en el que confluyen los personajes principales y
secundarios de la película, también resume las virtudes de puesta en escena del
director, sus obsesiones temáticas y su pasión por el cine norteamericano
clásico: hasta puede verse una foto de Stan Laurel y Oliver Hardy sin que se
expliquen los motivos.
Sin embargo, sería una pena que esta escena sólo sea recordada por el baile
entre Dominique Sanda y Stefania Sandrelli, pleno de erotismo voyeurista
(Clerici mira sin entender, claro). Es en este punto donde el cine de
Bertolucci se transformaría en una pieza de museo cuyos responsables son el
mismo director y un público que sólo extraña sus películas por esas escenas
provocadoras. Es verdad: los años 70 en Italia, ya lejos de La dolce vita de Fellini y más cerca de
la fragmentación ideológica del PCI y de la aparición oficial de Las Brigadas
Rojas, necesitaban un cine que hiciera temblar la cúpula del Vaticano. Por eso,
mientras Pasolini estrenaba Saló o los
120 días de Sodoma para ser asesinado, poco más tarde, por un amante
ocasional (para la historia oficial), Bertolucci concebiría sus mejores
películas. Pero el tiempo también le hizo daño a su obra setentista: cuando se
habla de esos films, se recuerda ese baile de las dos mujeres en El conformista, la maratón sexual de
Brando y María Schneider en Último tango…,
la masturbación simultánea de la prostituta a los amigos (Depardieu y De Niro)
en Novecento y los encuentros íntimos
entre madre e hijo en La luna.
Lamentablemente es así y no debería serlo: estas películas de Bertolucci siguen
estando por encima de esas escenas que provocaron escándalo.
Pero hay otra escena en El conformista
que también sirve como recuerdo de aquel cine que empezaba a ser popular, y que
tiene relación con la forma en que el director presentaba su pensamiento
político. Antes de cumplir la misión y paseando con su objeto de deseo
incomprensible (la novia de su profesor), Clerici es cercado por una mujer y
sus dos chicos que venden flores. La mirada de Clerici es imperturbable frente
a semejante hecho mientras continúa su paso por la calle. La mujer se da cuenta
de quién es y qué representa como ícono de una ideología, razón por la cual comienza
a entonar “La
Internacional” a pocos metros del protagonista. ¿Qué ocurre
hoy con esta escena, en su momento potente y esclarecedora? ¿Es que el cine de
Bertolucci, incluyendo la gran película que sigue siendo El conformista, se ha transformado en algo solamente didáctico e
ingenuo? El año que viene Bertolucci cumple 70 años y estrenó El conformista cuando tenía 30. No tengo
otra respuesta. Gustavo J. Castagna