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Aquiles y la tortuga PDF Imprimir E-mail

Akires to kame
Japón, 2008, 119’, dirigida por Takeshi Kitano, con Takeshi Kitano, Kanako Higuchi, Kumiko Aso, Aya Enjôji, Masatô Ibu.

achilles-and-the-tortoise.jpgVaya uno a saber cuántos cineastas pueden largarse a hacer una película centrada en la pregunta “¿qué es el arte?” sin que les termine saliendo algo pomposo o pretencioso o ridículo (o las tres cosas a la vez). Kitano es uno de ellos: puede y lo hizo.
Aquiles y la tortuga sigue a Machisu, “un artista”, durante tres etapas de su vida: su infancia, su temprana adultez y su incipiente vejez.
La primera etapa es la más aparentemente seria. Hay un niño adusto que no puede dejar de pintar, hay enseñanzas de un maestro, hay decorados y vestuarios y ceremonias de época, hay una tragedia familiar. El arte aparece como el único escape posible. Uno teme lo peor: ¿Kitano está haciendo una película como Shine o qué? Rápidamente queda claro que no. En la excesiva reverencia e impostado respeto de la gente que rodea a Machisu empieza a vislumbrarse un algo: un tono farsesco, un aire paródico, un germen de anarquía... chispazos que van desestructurando sutilmente la seriedad reinante.
De todas formas, por si quedaban dudas, lo que había de seriedad en la primera etapa empieza a derrumbarse en la segunda y explota en mil millones de pedazos en la tercera. En ellas Kitano dispara contra toda la gente involucrada en “el mundo del arte”: curadores, dueños de galerías, profesores, alumnos, expertos y un largo etcétera. Lo hace con un nivel descontrolado de humor negro, pero también, curiosamente, con amabilidad y gracia, casi con cariño. Son muy pocos los personajes antipáticos que aparecen en la película.
En Aquiles y la tortuga, finalmente, se mezclan y confunden todas las definiciones de arte habidas y por haber: el arte es una forma de matar el tiempo, un modo de relacionarse con los otros, un juego, una tontería, una obsesión nociva, una compulsión, un misterio, un lujo de las clases pudientes, una serie de imposiciones y convenciones sociales, una gran mentira, un negocio, una moda, una nada. En última instancia, al igual que su protagonista, Kitano no quiere o no puede o no sabe responder a la pregunta del millón. Lo más cercano a una respuesta podría ser: no importa qué es el arte, hay que seguir haciéndolo hasta el final y punto. Ezequiel Schmoller (Publicado en El Amante número 199)

 
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