ROBERT
ALDRICH, ANTHONY MANN Y JEAN PIERRE MELVILLE EN EL MALBA (CASI NADA...). Recomendaciones de Jorge García.
Continuando con su tarea imperturbable de exhibir
títulos y ciclos de grandes directores en formato fílmico, el MALBA dedicará el
mes de enero a la exhibición de retrospectivas de tres grandes directores, muy
disímiles entre sí pero –más allá de las diferencias que puedan existir en su
valoración- enormemente atractivos. Las fechas y horarios de las proyecciones
pueden consultarse en www.malba.org.ar
Robert
Aldrich es, tal vez, el que más polémicas suscite entre la cinefilia (el
recordado Rodrigo Tarruella lo caracterizó alguna vez como un albatros por sus
presuntas dificultades para levantar vuelo). Sin embargo hay en sus películas
–aun en sus títulos menores- un poderoso estilo visual, que fusiona el
barroquismo y la violencia, construido a partir de un montaje crispado y de
cortes abruptos y una visión del mundo casi anárquica, perceptible en sus
héroes individualistas y muchas veces inadaptados. Podrá considerarse su obra despareja
pero hay en sus mejores películas una potencia visual y una intensidad
dramática que ya quisieran para sí muchos directores del Hollywood actual. En
el ciclo que se proyectaráse puede
lamentar la ausencia de algunas de sus obras mayores (Ultimo atardecer, La
leyenda de Lylah Clare, La pandilla Grissom, La venganza de
Ulzana)pero están otras que alcanzan y sobran para ofrecer un
panorama bastante completo de los rasgos principales de su cine.
Apache, 1954, basada en un hecho real,
es uno de los primeros films revisionistas sobre el rol de los indios en
Hollywood y muestra a Burt Lancaster en su versión más atlética en una guerra
de un hombre solo contra la caballería norteamericana en una película en la que
Aldrich se vio obligado a modificar el final.
Bésame
mortalmente, es
la obra maestra de Aldrich, adaptando –y enriqueciendo ostensiblemente- una
novela de Mickey Spillane, en un film que no solo es una de las cumbres del noir,
sino también una corrosivas mirada sobre la paranoia de la Guerra Fría. Las
secuencias inicial y final son antológicas.
Intimidad
de una estrella,
1955, traslación de una obra de Clifford Odets, es una ácida mirada sobre
Hollywood que hoy aparece algo fechada, pero mantiene su fuerza en varias
secuencias y cuenta con un excelente trabajo de sus intérpretes.
Diez
segundosalinfierno, 1959, es un trabajo muy poco visto del director, cuyos
protagonistas forman parte de un escuadrón alemán destinado a desactivar bombas
en la Berlín de posguerra. Una película políticamente incorrecta que valdrá la
pena ver, aun en su versión doblada, ya que no hay otra disponible.
Furia
en la montañas,
1959, otro título casi desconocido de Aldrich, ambientado en la Segunda Guerra,
con Robert Mitchum perseguido por los nazis para conseguir la valiosa
información que porta.
Cálmate,
dulce Carlota,
1964, rodada tras el inesperado éxito de ¿Qúe pasó con Baby Jane?,
carece del salvajismo granguiñolesco de su antecesora, pero es otro show
interpretativo de Bette Davis, aquí víctima de oscuros designios y tiene varios
momentos logrados.
El
vuelo del Fénix,
1965, narra la odisea de un grupo de tripulantes de un avión que debe aterrizar
imprevistamente en medio del desierto. Superando la estereotipia de algunos
personajes, Aldrich consigue un relato tenso y de sostenido y creciente
suspenso.
Muñecas
de California,
1980, es la última película y un brusco cambio de tono del director que -en
esta historia ligera y melancólica sobre un par de muchachas luchadoras y la
relación con su manager- nos ofrece una despedida relajada y distendida.
Anthony
Mann ha conseguido una justa fama a partir de su notable serie de westerns, que
lo convirtieron en uno de los maestros indiscutidos del género. En esos
trabajos se pueden apreciar las características fundamentales de su cine entre
las que se destacan a muy grandes rasgos un tono marcadamente dramático, la
presencia de héroes torturados por un turbio pasado (casi siempre interpretados
por Jimmy Stewart), en la búsqueda de una segunda oportunidad en la vida,
villanos de ambiguos comportamientos, generalmente los protagonistas
principales de sus films ya que son los que desencadenan las acciones
principales y una utilización de los paisajes integrándolos dramáticamente al
relato casi sin parangón en la historia del cine. Pero también en otros géneros
– particularmente elnoir-
Supermann dio muestras de su valía y esto podrá apreciarse en la muestra de
ocho films que se exhibirá en el MALBA.
Pasiones
de fuego, 1948 es
uno de los grandes films negros del director, centrado en un ex convicto que
busca venganza en el hombre que lo mandó a prisión ( una memorable
interpretación de Raymond Burr). Un relato con varias complejas ramificaciones,
potenciado por la excepcional iluminación de John Alton.
El
demonio de la noche
está firmada por el casi ignoto Alfred L. Werker pero se sabe que buena parte
del metraje lo dirigió Mann. Un film rodado en un estilo semidocumental, con
otro gran trabajo de Alton y una formidable caracterización de Richard Basehart
como el solitario asesino.
A la
sombra de la guillotina, es un relato ambientado en los años de la Revolución Francesa pero,
la estructura narrativa y, una vez más, la formidable iluminación de John Alton
lo convierten en un auténtico film noir, donde el Robespierre que
interpreta Basehart es unvillano
antológico.
Tierra
y esperanza,
1952, es un excelente western en el que James Stewart, intentando escapar de su
pasado, esel guía de una caravana de
colonos en la que también participa un viejo conocido, el villano de turno, con
el que el protagonista tiene más afinidades de las que suponía.
La
bahía del trueno,
1953, es un film posiblemente menor del director aunque muy entretenido,
narrando el enfrentamiento que se produce en una ciudad portuaria entre
empleados de una compañía petrolera y pescadores que viven en el lugar
Música
y lágrimas, 1954,
es un atractivo biopic sobre el músico Glenn Miller, sentimental sin ser
lacrimógeno y ofreciendo la posibilidad a los admiradores de su música de
disfrutar de buena parte de sus mayores éxitos.
El
hombre de Laramie,
1955, uno de los más grandes westerns del director, de tono marcadamente
trágico, con Stewart en la búsqueda del asesino de su hermano en uno de los
trabajos más complejos del director y en el que las relaciones familiares alcanzan
una dimensión casi shakesperiana.
Hombre
del Oeste, 1958,
otro gran western, aquí con Gary Cooper como un ex convicto enfrentado a una
pandilla con cuyo jefe el protagonista mantiene una ambigua relación. La
secuencia de la llegada al pueblo fantasma es absolutamente memorable.
Jean-Pierre
Grumbach admiraba tanto a Herman Melville que adoptó su nombre. Devoto
cinéfilo, incondicional del cine americano clásico, combatiente en los años de
la Resistencia a la ocupación nazi y considerado padre espiritual de la
Nouvelle Vague, más por sus métodos de producción y rodaje que por sus
temáticas, todos esos elementos confluyen para que hoy sea uno de los
directores más personales e influyentes del cine francés de posguerra. Si sus
primeras obras lo mostraban como un realizador bastante ecléctico, adaptador de
textos importantes, a partir de mediados de los 60 su obra se encauzó
haciarelatos policiales austeros y
descarnados, en los que la ética e los personajes estaba por encima del lugar
que ocupaban en la sociedad, y donde el rigor narrativo y el oscuro fatalismo
con que estaban construidos los convertía en auténticas tragedias modernas. El
ciclo que se ofrecerá en el Malba, similar al que se exhibió en el festival de
Mar del Plata consta de 11 de las 13 películas de Melville. Un verdadero
festín.
El
silencio del mar,
1948, su ópera prima, narra la resistencia pasiva de una familia que opta por
no dirigirle la palabra al oficial nazi que se ve obligado a alojar. Film
políticamente incorrecto (el nazi difiere mucho de las caracterizaciones que se
hacían en esos años) tiene un notable uso de los espacios interiores y la voz
en off.
Cuando
leas esta carta,
1953, es un trabajo de encargo y un film atípico en su filmografía ya que es un
melodrama con todas las de la ley en el que la musa existencialista Juliette
Greco presenta un look que la emparienta con Agnes Moorehead.
Bob,
el estafador,
1955, es uno de los grandes films de Melville, una obra con buena parte de su
rodaje en exteriores que anticipa en muchos aspectos a la Nouvelle Vague
(incluidala protagonista femenina que
tiene un comportamiento y un corte de pelo que la asemejan mucho a la Jean
Seberg de Sin aliento.
Dos
hombres en Manhattan,
1959, es un ejercicio policial en el que el director documenta su admiración
por Nueva York y el cine americano, música de jazz incluida,y que cuenta con
una secuencia “fulleriana” (el apriete de una mujer gravemente herida) y la
presencia de Melville como actor en su papel más importante.
Un
cura, 1961,
adaptación de una novela de Beatrice Beck, ambientada en un pequeño poblado
rural en los años de la ocupación nazi y narra la relación amorosa entre una
muchacha y un sacerdote (¡Jean Paul Belmondo!). El más “bressoniano” de los
films del realizador.
Morir
matando, 1962,
primera de las grandes tragedias policiales de Melville, es una profunda mirada
sobre el submundo parisino del delito, en el que la ética y la amistad están
por encima del lugar que cada uno ocupe en la sociedad.
El
último suspiro,
1966, es una de las grandes películas del director con un protagonista
inolvidable (el Gu Minda que interpreta Lino Ventura). Lamentablemente la copia
que se exhibe es la de distribución americana, con considerables mutilaciones,
algo que la convierte en los fastuosos restos de una obra maestra.
El
samurai, 1967, es
la obra dramáticamente más concentrada de Melville, en la que el realizador le
saca el jugo al máximo al hieratisno de Alain Delon para interpretar e un
asesino a sueldo solitario y silencioso sobre el que se cierne un destino tan
inexorable como fatal.
El
ejército de las sombras, 1969, cierre de la trilogía de Melville sobre la ocupación. Otro
film notable cuestionado en su momento por la aplicación del director de los
códigos de los films de gánsgters a los combatientes de la Resistencia. Varias
secuencias inolvidables, como la de la muerte de Simone Signoret.
El
círculo rojo,
1970, su film más abstracto y ritual, con personajes memorables como el del
solitario inspector que interpreta André Bourvil en un papel atípico o el
alcohólico jugado por Yves Montand y una secuencia, la del robo, en la que el
perfeccionismo del director aparece elevado a la enésima potencia.
Historia
de un policía,
1972, su último film, que tras su tono aparentemente paródico (Delon interpreta
aquí a un inepto policía) esconde algunas de las claves más secretas de su
obra.
Como adecuado complemento del ciclo se podrá ver Retrato
en nueve poses, 1971 mediometraje documental de la serie Cineastas de hoy
dirigido por André S. Labarthé en el que Melville “interpreta” diversos
personajes.